Su primera temporada recibió los elogios de Stephen King
Marianne, la serie francesa de terror de Netflix
Brujas, una escritora que quiere salir de las publicaciones comerciales para dedicarse a su novela prestigiosa, posesiones, la siempre temible fan número uno: Marianne combina los relatos medievales con la literatura de terror contemporánea. Y, además, echa mano de los cuentos de hadas y una puesta ominosa apoyada en la dualidad temporal y así se convierte en uno de los escasos éxitos del horror en formato serie.
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Marianne, la serie de Netflix 

Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, H.P. Lovecraft, Arthur Machen, Henry James. Los nombres de célebres escritores desfilan uno a uno por las citas que presentan a Marianne, la serie francesa de terror con la que Netflix ha conseguido sorprender a más de uno. Los ecos del fantástico se anuncian en su estética, los ritmos del horror asoman en su narrativa, pero Marianne va un paso más allá y celebra la pureza de los cuentos de brujas y fantasmas, la oscuridad de las canciones infantiles, los mitos de posesiones demoníacas y mundos ancestrales, para contar su regreso en la era contemporánea, en la vida de una joven y rebelde escritora cuyo pasado regresa con el velo de los más espeluznantes cuentos de hadas.

Emma Larsimon (Victoire Du Bois) ha tenido pesadillas desde su infancia. Un agujero negro e interminable se hunde en la tierra de sus sueños. Desde allí emergen las sórdidas aventuras de la bruja Marianne que ella plasmó en años de best sellers y regalías. Su heroína, Lizzie Larck, es una especie de alter ego capaz de luchar contra las fuerzas malignas y conquistar el fervor de los lectores más devotos. Pero, pese al éxito, Emma ha decidido dar vuelta la página, dedicarse a escribir una novela “en serio”, de esas que respetan los críticos y consiguen premios prestigiosos. La presentación del cierre de esa saga que ha definido su carrera literaria está teñida de despedida y liberación. Emma se viste de ironía para combatir la adulación y las expectativas de sus seguidores, al igual que las presiones de su editorial. Pero lejos de esa París de librerías coquetas, alguien le reclama que siga escribiendo, alguien que ha leído con sangrienta concentración cada una de sus páginas, que ha venerado cada uno de esos crímenes de sádica venganza. Alguien que viene desde Elden, su pueblo natal, el territorio misterioso que dio vida a su imaginación.

Samuel Bodin, creador de Marianne y guionista de todos los episodios de la primera temporada junto a Quoc Dang Tran, elige la estructura literaria como hilo conductor, desde las páginas que pasan una y otra vez entre el pasado y el presente de Emma, que guían su viaje hacia el origen, hasta aquellas que ensayan desvíos y senderos que se bifurcan, que encuentran en la letra escarlata que signó a las brujas el trazo que determinó su regreso. Marianne es sinuosa y está llena de pequeños trucos, trampas escondidas como los juegos de un perverso bromista. Por eso la inclusión del humor desajustado es una gran hallazgo, porque se desprende de los chistes previsibles de estudiantina para hacerse retorcido, sexual, irreverente. Las prohibiciones de la infancia, la dualidad del deseo, la escatología infantil son las claves con las que Bodin puntea un territorio que resulta tan real como imaginario. Como en Otra vuelta de tuerca de Henry James, el enclave de miedos y secretos está más allá de la representación, irresistible a la letra y voraz de toda conciliación.

El primer anuncio de que el mundo de la bruja Marianne todavía se encuentra viva tiene la forma de una muerte. Una muerte horrible y silenciosa, colgante entre libros nuevitos y copas de fiesta de presentación. A través de ese mensaje macabro, de señuelos de magia negra y recuerdos de adolescencia, Emma decide el regreso a Elden, a la casa de sus padres, a los tiempos del colegio. La acompaña Camille (Lucie Boujenah), su tímida asistente, contrapunto perfecto al errante humor de Emma, a su androginia irreverente, a su rebeldía algo impostada. Camille es seria y de una cortesía de admirable tolerancia, que secunda ese viaje como un anclaje a tierra, como vago recuerdo de alguna normalidad posible. Porque es allí en Elden donde habita Madame Daugeron, la admiradora incondicional de ese horror indecible, la que dice ser Marianne, la que escenifica la locura con un dejo de absurda fascinación. El mérito de su efectividad es tanto de Bodin en la gestación del personaje como de la excelente actriz que es Mireille Herbstmeyer, que hace de su rostro una máscara, de su voz un dictamen, de su presencia la más inquietante de las apariciones.

El terror que propone Bodin subvierte los espacios cotidianos desde los márgenes más impensados. Emma llega a casa de sus padres, preocupada por las maquinaciones de la anciana y ciertos signos de que algo no está bien, para asistir a una escena de sexo al borde de una escalera. El fanatismo de Madame Daugeron adquiere su mejor expresión en el orín derramado en el living como forma de desacato. Las estrofas de una canción infantil evocan el calvario de una mujer condenada a la hoguera por una maternidad negada y un sexo mal habido. Todo se despliega en esos dobleces con los que lo conocido se contagia de extrañeza, los recuerdos de adolescencia se irrigan de rencor, los amores frustrados de olvido e indiferencia. Marianne combina los relatos medievales de arrogantes hechiceras con la literatura de terror contemporánea, de autores como Stephen King que hace poco celebró la serie en Twitter. Ese ejercicio de vivificar lo imaginario, de hacer temibles a los niños, de convertir al hogar en el seno de los escándalos, es lo que permite la emancipación de la metáfora, la libertad de la ficción.

 

“Escribe, Emma, escribe”. Esa frase de ultratumba persigue a Emma una y otra vez. Esa voz de pesadilla que parece enarbolada por un estricto editor asume distintos cuerpos, difusos, intangibles, evanescentes. Al igual que el territorio circular de Elden, delimitado por la luz del faro, gobernado por la iglesia de cura boxeador y el perro enfurecido, el presente de Emma se enreda en los rastros de su infancia, en las amistades traicionadas, los romances interrumpidos, los pecados no confesados. Bodin combina con astucia los tópicos literarios del género con una puesta ominosa, impregnada de una constante dualidad temporal, con guiños de humor absurdo y heredero del slapstick, deudora de los juegos de espejos y la estudiada exposición de la monstruosidad. Pero, al mismo tiempo, se aventura a un estudio del interior de la creación literaria, al complejo peso de lo inconfesable en la gestación de esos mundos incandescentes que animaron el fantástico literario desde su origen, y que en tiempos como hoy se encuentran en pleno apogeo. 

 

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