La Ventana
Entre nosotros y ellos
Diego Ramírez y Analía Bracamonte analizan el debate presidencial , sostienen que Macri basó su discurso en la idea de amigo-enemigo y advierten que se trata de un espectáculo televisivo que no influye decisivamente en los votantes. Néstor Piccone repasa los logros surgidos a partir de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual aún a pesar de los recortes sufridos en los últimos años y replantea la necesidad de fijar nuevos horizontes para la política y la comunicación. 

El teórico político del nazismo, Carl Schmitt, decía que la principal especificidad de la política era la distinción entre “amigo-enemigo”. Desde su visión, esta era la mejor forma para la construcción del poder. Son ellos o nosotros. Numerosas teorías, ideas y debates emergieron discutiendo con esa manera de entender la política y, aún hoy, muchos dirigentes políticos y consultores siguen viendo en ella la única maniobra viable para ganar una elección. Jaime Durán Barba es uno de ellos. Las estrategias discursivas de Cambiemos en 2015, 2017 y 2019 se vinculan, casi exclusivamente, con la construcción de un enemigo político. Propios y ajenos evidencian la utilización de “la grieta” como la principal arma política del gobierno. Sin un Ellos, una frase tan repetida en el discurso del debate del último domingo, no existiría jamás un Nosotros.

La segunda edición del Debate Presidencial estuvo caracterizada por una fuerte polarización. Con un Alberto Fernández más defensivo, un Mauricio Macri desafiante, un José Espert afilado, un Roberto Lavagna lento, un Juan Gómez Centurión rígido y un Nicolás Del Caño por momentos desordenado, transcurrieron las dos horas de un debate estrictamente cronometrado. AF y MM polarizaron la discusión. Se alcanzaron momentos de tensión cuando los oradores interpelaban de manera directa a un oponente, ya sea nombrándolo o dirigiéndole alguna gestualidad concreta. A diferencia del debate anterior, se notó más seguro al Presidente, volvió a plantear la pesada herencia, la corrupción y un fuerte acting de indignación (muy similar a 2015). Fernández, incisivo, propuso, en respuesta a la cobertura mediática de su dedo índice, prestar atención a los índices de pobreza, desocupación y actividad económica.

Un debate presidencial no lo “gana” quien tenga la mayor capacidad de gestionar el Estado, ni aquel que proponga las medidas económicas más adecuadas. Los debates presidenciales, en Argentina y el mundo, son un espectáculo mediático y, por lo tanto, las dinámicas de “ganar o perder”, “quedar mejor o quedar peor” están subordinadas a la opinión individual y al tratamiento de algunos “líderes de opinión” con los cuales podemos estar de acuerdo o no. "Ganar un debate” tiene más que ver con el desarrollo de una performance televisiva y con manejar datos verosímiles vinculados con propuestas concretas, que con saber de política o administración pública. La realidad es una percepción que se construye y se interpreta, y en esa decodificación intervienen nuestras creencias, valores y deseos.

Los estudios sobre los debates electorales, describen la poca incidencia de estos en las decisiones de voto. Sin embargo, destacan su importancia en afirmar creencias previas y representaciones sociales de los candidatos. Con su radicalización en temas como el aborto, la política de mano dura y la lucha contra la corrupción Macri intentó reposicionarse como el líder político del movimiento de centro derecha que se manifiesta en la sociedad argentina y no a revertir una muy difícil situación electoral.

Vimos un debate en el que primó, como en 2015, la construcción de un enemigo político como responsable de todos los males, frente a una propuesta de síntesis y reivindicación de lo mejor de nuestra historia. Ahora solo resta esperar a que los argentinos decidan entre cual propuesta de sociedad desean que alcance la Casa Rosada, una vez más, entre nosotros y ellos.

* Lic. en Ciencias Sociales (UNQ), Doctorando en Comunicación (UNLP)

 

**Lic. en Comunicación Social (UNQ), Maestranda en Análisis Político (UNTREF)

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