Luis Ziembrowski elige su película favorita
"El acorazado Potemkin" de Sergei Einsenstein

Nunca creí en Dios, ni en Cristo, ni los reyes magos. Ni en la Virgen. ¡Menos en un embarazo de costilla! Nunca creí en Moisés, ni en Abraham, ni en Mahoma. Ni en Jehová, ni Buda. Ni Semana Santa, ni Peisaj. ¿Por qué?

Porque fui un niño comunista. *

De chico vivencié la influencia del arte soviético en mi casa. El cine heroico y de vanguardia de principios del siglo xx, la danza clásica y las danzas folklóricas -que incluían los cosacos y caballos- ¡y el circo de Moscú!

La biblioteca de la casa familiar incluía literatura latinoamericana, algunos títulos españoles de poetas y escritores republicanos, pero eran más y más visibles, los libros de la epopeya soviética revolucionaria y de la resistencia contra el ejército nazi. “Los hombres de Panfilov “ de Alexandr Bek creaba capas épicas en mi cuerpo de púber. También se veían algunos lomos de libros de Marx y la gran colección completa de V.I. Lenin, padre de la Revolución Rusa.

La “mercadería cultural” incluía el cine checo, soviético, el neorrealismo italiano y ¡el camarada Chaplin! Antes de abandonar las filas del Ejército Rojo quiero hablar de una película que marcó un sendero que se bifurcó hace tiempo…

El acorazado Potemkin corre el velo de la intimidad y agiganta estos mismos valores en la gran pantalla, la preparación del “guerrero” que todos queríamos ser. La vi varias veces. Pero la primera es la primera y esta fue muy particular.

Fue en un acto en el local del PC (y no de una pc...) de la calle Bahía Blanca, una proyección en 35mm, con mi mamá. El sonido del proyector que carreteaba el fílmico comenzó a sonar y mi mamá tomó la decisión de relatarme sottovoce, al oído, distintos momentos de la película como si fuera una película en otro idioma. No me traducía si no que empujaba la alegoría de lo que significaba esta película muda, en blanco y negro y heroica, de un barco y una ciudad que se levantan contra el opresor…

Que estaba dividida en actos. Que el motín del barco (Acorazado) empezaba porque la carne estaba podrida. “Entendés, durante el zarismo comían comida podrida en los barcos”, agregaba susurrante y enojada por lo bajo. “La clandestinidad de los marineros que se van a sublevar es una forma eficaz para buscar la liberación del yugo zarista...”

Este recurso de mi madre relatora y la definición tan contundente de la clandestinidad fueron dos elementos que usé cuando dirigí la película Lumpen, que ocurría durante una crisis social (la del 2001 sin nombrarla) y había un canal de tv clandestino, y la “conductora”, militante y lisiada (dando a entender que en los 70 había participado de la lucha armada), relataba con vehemencia la película El Acorazado Potemkin , sobre los acordes de "La Internacional". En los 90 privatizadores había una canal clandestino que funcionaba en el canal 6, de ahí la inspiración. Me disgregué, perdón…

También había elogios al talento del director, al manejo de las masas de extras, cuando los habitantes de la ciudad de Odessa (la ciudad donde nació mi abuela materna, mi babe) indignada por la muerte del marinero Vakulinchuk, el primero en sublevarse y “caer por un balazo del verdugo”. En más de una ocasión nos sentenciaban silenciándonos de alrededor. Le decían susurrando: “Más bajo, camarada”.

En algunas partes ella lloraba y yo le preguntaba si estaba bien. Y me decía que sí, que lloraba de emoción. Después al conocer lados ocultos familiares me di cuenta que me había mentido. Pero no voy a disgregarme más. ¡No hace al buen pionero!

También deschavaba algunas partes. Spoilear no era un término existente y si lo hubiera escuchado de mi boca se volvería a morir. “El inglés es el idioma imperialista”, decía didácticamente.

“Ahí entran los cosacos a caballo…" Ella se anticipaba al cartel que anunciaba lo mismo. “Si, estoy leyendo, mamá”. “¡Si, pero eran los más sanguinarios!!”, casi le salía un grito ahogado. “SHHHHHH…”, la callaban.

“Ahí viene la famosa escena del cochecito de bebé que cae por las escalinatas. La mamá muere y… ¡ves ahí está el bebé!!”, decía saltando de la silla.

"¡SSHHHHHHH!!! Después de esto casi nos echan.

Al tiempo volví a verla y entendí algunos signos de grandiosidad cinematográfica. La puesta, el uso de los primeros planos, los travellings cortos pero alocados en la famosa escalinata con grúa siguiendo a personajes que escapaban horrorizados de las balas del ejército.

¡La filmación del mar y los despliegues de los barcos y barcazas!

El montaje de choque, que a través de pegar secuencias en un vendaval rítmico, nos llevaba a emociones e ideas que fueron imborrables.

Y el protagonista es el Pueblo como personaje colectivo. El antagonista, los soldados. La actuación expresionista y acróbatica. TODOS PARA UNO Y UNO PARA TODOS se lee en un momento de la película…

El constructivismo en Eisenstein, en Meyerhold, el teatro total, los maestros de actuación, enterarse de lo que pasaba durante el stalinismo, del suicidio de Maiacovski, del mismo Meyerhold, el asesinato de Trotski, el trigo que compraba la URSS a la dictadura de Videla, la opresión, el deseo de consumo, la caída del muro… Mi yenga ideológico se desmoronó definitivamente cuando viajé a Europa con Aeroflot en el comienzo de 1991. Los indultos a los dictadores por parte de Menem y la vida misma me llevaron a viajar a Europa, haciendo base en la casa de una hermana. La compañía llegaba hasta la Unión Soviética, a punto de caer, luego de 24 horas de viaje, parando en todas.

Al llegar te llevaban dos noches a un hotel a las puertas de Moscú y en la mañana del tercer día salían los aviones a distintos lados de Europa. Mi escala era Milán.

Pero con 24 horas de vuelo se arman, no digo amistades, pero sí pequeños grupos por afinidades. El grupo se componía de dos italianos, una pareja uruguaya, un peruano, una pareja de argentinos y yo. Al otro día el grupo recorrió las calles alteradas de la ciudad . Manifestaciones de maestros, de médicos, de obreros. La gente en las calles discutiendo acerca de la continuidad del gobierno, “arbolitos” con hombreras milanesas cambiando dólares a ningún precio, el Dom Perignon a ¡1 dólar! y el desmoronamiento soviético fue transitado con una borrachera de champán que me hizo perder el vuelo a Italia.

Cuando quise comunicarme con Italia desde el aeropuerto de Moscú, me encontré en El gabinete del Dr. Caligari: después que el operador manipuló palancas y botones, jamás pude comunicarme con Occidente. Finalmente esperé en el aeropuerto 10 horas con destino a Roma.

De ahí en tren para encontrarme con mi hermana querida, ¡y desesperada! El “guerrero rojo” finalmente descansó…

* Aunque soy de origen judío- es un pueblo y no una religión y bla bla bla- aprendí que La religión es el opio de los pueblos.

-Si no creemos, entonces..!¿ Porque me hicieron la circuncisión?!

Eeehh- nadie sabía que decir.. -¡¡Por qué es más higiénico!!! Gritaba algún zeide para zafar.

Cualquiera… ¡Aparición con vida de los prepucios herejes!).


Luis Ziembrowski es actor de teatro, cine y televisión. Empezó en los 80 formando parte del grupo de teatro de creación colectiva La pista 4, viajando a innumerables festivales internacionales. En TV, tuvo una labor destacada por la que ganó un Martín Fierro en la tira Lalola. En cine trabajó en mas de cuarenta películas. En la actualidad se lo puede ver en dos películas estrenadas: Los sonámbulos de Paula Hernández y Ciegos de Fernando Zuber. La semana próxima también en la película La sabiduría de Eduardo Pinto. En teatro, a partir de febrero, vuelve a la puesta de Hamlet en el TGSM, dirigido por Rubén Szuchmacher y también en la obra Encuentros breves con hombres repulsivos sobre textos de Foster Wallace dirigida por Daniel Veronesse en Timbre 4.

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