La Wagner, o la desnudez como territorio de violencias

Sangre de valquirias

Cuatro bailarinas atraviesan las violencias en una coreografía de belleza impiadosa, y con el sello de Pablo Rotemberg. 

Bailar, a veces, tiene que ver con la violencia. No sólo con aquella que se ejerce sobre el otro sino con un modo de moverse, de ejecutar el propio cuerpo como si fuera una materia que habla, que escribe, que puede dejar una dramaturgia estampada en el aire. Así suelen ser las propuestas de Pablo Rotemberg, experiencias donde el cuerpo parece romperse. El valor dramático de sus bailarinas tiene que ver con acercarnos a un dolor físico que, en el caso de La Wagner, se vuelve más palpable porque las cuatro intérpretes están completamente desnudas. Rotemberg entra en una dimensión de lo pornográfico que aquí se vuelve política porque este trabajo opera como una reinterpretación de la obra de Richard Wagner. Bajo el impulso de su música que es siempre extrema, que invoca momentos indecibles, las cuatro bailarinas se internan en una coreografía que ellas mismas crearon como si entraran a un matadero donde la carne es sexual y donde la belleza de las imágenes no restituye la piedad.

La violación de Carla Rímola es realista en su mecánica pero en su composición, al ser realizada por un grupo de cuerpos femeninos, lo explícito se deja ganar por el registro de la narración. La escena no cede en su autoría estética y nos ofrece la oportunidad de asimilar todo lo que se le hace a un cuerpo, cómo el mal puede estar enlazado en esos movimientos físicos. En La Wagner lo que ocurre nos interpela sin respiro, Rotemberg no permite el clamor de una mirada que se engolosina con el virtuosismo. Lo que atrae de la escena lleva siempre a otra cosa, no pide la complicidad del público porque mirar, estar allí sosteniendo los hechos, no deja de tener la forma insondable de la complicidad.

El escenario parece inmenso. Ellas, Ayelén Clavin , Carla Di Grazia, Bárbara Alonso y Carla Rímola se acercan al micrófono para decir los títulos de cada escena en una alusión al teatro brechtiano. La Wagner podría ser un cabaret berlinés que ocurre detrás del alambrado de un centro de extermino, como en una reescritura de El Campo, de Griselda Gambaro. Pero en realidad las cuatro intérpretes nos llevan a territorios variados, hasta logramos ver el bosque donde ocurre la violación, esos lugares frondosos del paisaje alemán donde las personas parecen convertirse en lobos, en fieras de alguna mitología loca. Es que hay una animalidad en las cuatro bailarinas o, más precisamente, una discusión sobre lo humano bajo el trazo de los libros de Primo Levi, cuando la capacidad de ser inhumano es lo que define al sujeto.

El montaje que realiza Rotemberg hace del sonido y de la disposición del espacio una decisión ética. Que en la escena de la violación Carla Rímola no grite, implica dejar a un lado el hiperrealismo como ocurre cada vez que el arte transita lo pornográfico. Ese lugar de la mirada que no sabe muy bien hasta dónde llegar es la sensación que construye la ideología de La Wagner. Como ocurre en el film Irreversible, de Gaspar Noé, la escena se respalda en un punto de vista que queda fijo, que no busca el detalle.

La caída podría pensarse como una estructura dentro de la coreografía armada por Rotemberg y las cuatro bailarinas. Saltar y caer, golpear las rodillas contra el piso, un golpe sobredimensionado, jugado también como un efecto sonoro para que lxs espectadorxs lo sientan como si rebotara en su propio cuerpo. Esa destreza física que siempre está en función de una narración, se une a lo espasmódico, al gesto de tocarse como esos robots copulando a los que se refería Alejandra Pizarnik en uno de sus poemas, solo que aquí las cuatro intérpretes tienen un alma que puede verse en esa luz de Fernando Berreta, triste y magnífica.

 

La Wagner se presenta los domingos a las 21 en Espacio Callejón. Humahuaca 3759. CABA. 

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