Jorge Sagaute Herrera fue asesinado en Flores

El equipo Argentino de Antropología forense identificó los restos de un desaparecido chileno

Dejó su país para acompañar a sus hijos en el exilio y terminó asesinado y enterrado como NN por la dictadura argentina. El trabajo del EAAF le permitió a la familia recuperar sus restos, que ahora serán repatriados. 
Después de 42 años, Patricia Sagaute pudo dar con los restos de su padre.Después de 42 años, Patricia Sagaute pudo dar con los restos de su padre.Después de 42 años, Patricia Sagaute pudo dar con los restos de su padre.Después de 42 años, Patricia Sagaute pudo dar con los restos de su padre.Después de 42 años, Patricia Sagaute pudo dar con los restos de su padre.
Después de 42 años, Patricia Sagaute pudo dar con los restos de su padre. 
Imagen: Alejandro Leiva

Jubilado y con un pasado lejano como militar, el chileno Jorge Sagaute Herrera llegó al país con su familia a mediados de los ‘70 para acompañar a sus hijos, perseguidos por la dictadura de Augusto Pinochet. Cuando la Argentina se tornó irrespirable logró sacarlos como refugiados políticos y siguió en contacto con quienes asumieron esa misión para salvar a los perseguidos por el Estado terrorista. El 6 de abril de 1977, en el marco del Plan Cóndor y tras una serie de caídas de compañeros en Paraguay, un grupo de tareas lo asesinó en el departamento del barrio de Flores. Su cuerpo fue enterrado como NN en el cementerio de Lomas de Zamora, de donde lo exhumó el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que con muestras de sangre de sus hijos logró identificarlo. “Es importante que otras familias puedan animarse a dar ese paso”, reflexiona Patricia Sagaute, que luego de 42 años de incertidumbre pudo tomar contacto con los restos de su padre. “También necesitamos una colaboración más expedita” del Estado chileno, destaca luego de confirmar que los perfiles genéticos tomados en el marco de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas no llegaron a la Argentina hasta que el EAAF los pidió expresamente.

Sagaute Herrera entró a la marina de guerra en su adolescencia. En 1945, antes de cumplir veinte años, integró la tripulación de un buque escuela que los nazis le habían donado a Chile y que se incendió frente al Puerto del Callao, en Perú, cuando trasladaba 7000 toneladas de salitre a los Estados Unidos. “A los 24 o 25 años, con una pensión como sobreviviente, dejó la marina de guerra y entró como civil a la dirección de aeronáutica de Chile, donde se jubiló como jefe de un departamento de logística”, recuerda su hija en diálogo con Página/12.

El golpe contra Salvador Allende condenó al exilio a miles de chilenos, incluidos dos de los cinco hijos de Sagaute Herrera, que buscaron refugio en la Argentina. Cuando el Cóndor dejó ver sus garras y entendieron que debían buscar un país más seguro “mi mamá propuso que nos viniéramos a vivir acá para ayudarlos”, recuerda Patricia. “Uno de mis hermanos se fue a Inglaterra y otro a Noruega como refugiados políticos patrocinados por ACNUR. Como la situación seguía empeorando, mis padres decidieron que también mi hermana mayor y mi cuarto hermano salieran para Oslo, aunque en forma privada”, relata. “Papá quería ser marino mercante en la Argentina. Mamá y yo se suponía que íbamos a tratar de unirnos a mi hermano en Inglaterra. Como yo era menor, papá le otorgó un permiso para que pudiera salir del país conmigo. Todavía tengo ese documento”, agrega.

El informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación de Chile que encabezó el jurista Raúl Rettig, ex embajador de Allende en Brasil, apuntó que Sagaute Herrera “fue detenido por fuerzas de seguridad argentinas en el domicilio de un amigo suyo en Buenos Aires” y “lo hicieron desaparecer” tras “encontrársele durante el allanamiento un listado de presos políticos chilenos”. Si bien “no consta la responsabilidad de agentes del Estado chileno”, la Comisión no dudó en enmarcar el caso dentro de las acciones contra refugiados chilenos en un contexto de “alto grado de cooperación” entre organismos militares de ambos países.

Patricia explica que “papá era amigo del padre de José Luis Nell”, el mítico oficial montonero proveniente de Tacuara que se quitó la vida luego de quedar postrado en la Masacre de Ezeiza. “Este caballero estaba ayudando a alguna gente, junto con dos uruguayos, a salir del país para Europa vía Paraguay, comprando documentación falsa por supuesto. Lo habían logrado meses antes con una mujer embarazada de siete meses, que se fue a Suecia”, recuerda.

Nell junto con los uruguayos Gustavo Inzaurralde y Nelson Santana Scotto y los argentinos Marta Landi y Alejandro Logoluso, todos desaparecidos, fueron secuestrados en Asunción el 28 de marzo de 1977. En documentos del Archivo del Horror paraguayos consta que a partir del 5 de abril fueron interrogados en la Dirección de Investigaciones de la policía de Alfredo Stroessner por un “grupo de trabajo” (sic) que incluyó a militares argentinos y agentes de la SIDE.

En la madrugada del 6 de abril fue el operativo en el departamento de Nell, en Domingo Portela 123, barrio de Flores, donde se encontraba Sagaute Herrera. Lo torturaron allí mismo, lo asesinaron de un disparo a quemarropa y se lo llevaron en un Torino blanco. “Estaban de civil y se identificaron como ‘fuerzas conjuntas’. Tenemos entendido que al menos uno era chileno, eso contó un testigo, porque al matarlo dijo ‘un mirista menos’ y esa forma de referirse (léase a los militantes del MIR) es una forma de expresarse de los chilenos”, reflexiona la hija de Sagaute Herrera.

La familia hizo infinitas gestiones, pasó por el calvario de todos los familiares de desaparecidos pero “nunca supimos más nada”, recuerda Patricia, quien tres meses después de la desaparición fue enviada a Noruega por ACNUR junto con su madre. Allí transcurrió un largo exilio marcado por el dolor y la esperanza remota. “Al no tener certeza de lo que le había pasado siempre pensábamos que podía estar vivo. Esa incertidumbre es lo que finalmente va minando tu capacidad de poder hacer una vida ‘normal’”, explica la mujer que en 1977 tenía 19 años y que volvió a Chile en 1992 tras el final de la dictadura de Pinochet.

Durante el primer mandato de Michelle Bachelet como presidenta, en el marco de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas, Patricia y uno de sus hermanos aportaron muestras de sangre en Chile. Años más tarde, al visitar el EAAF, supo que nunca habían llegado y le hicieron una nueva extracción. En mayo último, luego de lograr que el servicio médico legal chileno enviara el perfil genético de su hermano, los antropólogos le confirmaron “un 99,99 por ciento de coincidencia con los restos que tenía el Equipo”, recuerda.

El cuerpo de Sagaute Herrera había sido enterrado en una fosa individual del cementerio de Lomas de Zamora, de donde el EAAF exhumó entre 2004 y 2010 todos los restos no identificados. En su caso lo habían registrado como “NN con herida traumática”. El dictamen de los antropólogos precisa que murió por un “disparo de proyectil de arma de fuego en cráneo” y que los restos tenían “signos de alteración térmica”, es decir que fue quemado.

El mes pasado Patricia pudo reencontrarse finalmente con los restos de su padre, que permanecen en una urna en el EAAF a la espera de las gestiones diplomáticas que permitan repatriarlos. Esa emoción indescriptible convive en su caso con cierta “rabia” por la demora en el envío de los perfiles genéticos desde Chile y la consecuente prolongación de la incertidumbre, que sólo concluye con la identificación. “Entiendo que hay toda una burocracia porque se trata de un perfil genético, que no se le puede dar a cualquiera, que hay cadenas de custodia, pero también que tiene que haber una colaboración más expedita entre ambos países, porque todavía hay detenidos desaparecidos chilenos en la Argentina y eso puede ayudar a que haya más identificaciones”, reflexiona.

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