Durante el triunfo de Liverpool sobre Tottenham

El terrible yerro de Lo Celso que dejó a Mourinho de rodillas

Imagen: AFP

En un duelo entre dos formas opuestas de concebir el fútbol, la alegría fue para el alemán Jürgen Klopp y su Liverpool frente al Tottenham del portugués José Mourinho, que contó con las presencias argentinas de Paulo Gazzaniga en el arco, y los ingresos de Erik Lamela y Giovani Lo Celso, quien sería uno de los protagonistas de la jornada.

Con el triunfo 1-0 conseguido como visitante en Londres, el conjunto beatle llegó a los 61 puntos sobre 63 posibles en la Premier (20 triunfos y un empate), distanciándose a 15 de su seguidor Leicester City y marcando el mejor arranque en la historia de la liga, hasta ayer en poder del Manchester City  2017-2018 de Josep Guardiola, con 19 triunfos y dos igualdades.


El único gol del encuentro lo hizo el brasileño Roberto Firmino, a los 37 minutos del primer tiempo, para evitar que los ex dirigidos por Mauricio Pochettino y vigentes subcampeones de Europa se acerquen a puestos de clasificación a copas internacionales. Tottenham quedó así con 30 unidades, en la octavo posición.

El encuentro reflejo los estados de ánimo y los presentes de uno y otro entrenador en sus respectivos clubes. El alemán Klopp, distendido, pudo permitirse un disparo al palo de Alex Oxlade-Chamberlain en los primeros minutos o una salvada en la línea del joven Japhet Tanganga sin recurrir a la desesperación gestual para que la pelota vaya dentro. Mourinho, lo contrario. El portugués sabía que un disparo desde lejos o una pelota parada era lo más cercano al oro para su equipo: escaso, necesario y muy valioso.


A ocho minutos del final, con la historia 0-1, los locales tuvieron su mejor ocasión.
El marfileño Serge Aurier mandó un centro desde la derecha hacia el área, donde por detrás de todos apareció Lo Celso. El ex Rosario Central se lanzó hacia el aire para conectar el zurdazo que, frente a toda apariencia y ante un Alisson entregado, cruzó todo el arco y se fue bastante afuera.

Ante tal ocasión, Mourinho no pudo más que terminar de rodillas, casi aceptando el destino de su equipo. Aunque a la hora de levantarse, una picarona sonrisa dirigida a su banco dejaba entender que sólo se trata de un juego.


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