Los ladrones

Imagen: Selina Haberland

EL CUENTO POR SU AUTOR

Hay historias que aparecen en sus trazos gruesos y después no se dejan escribir. Durante años –deben haber sido diez– anduve con esta historia en la cabeza. Lo primero que apareció fue el título: quería que tuviera este título porque me gustaba, en algún sentido, jugar con la idea que Hemingway trabaja en “Los asesinos”: narrar sin narrarlo todo. Intenté escribirla tres veces, en tres momentos muy distintos; en contextos, también, muy opuestos. A veces pienso, como piensa el personaje del cuento, qué hubiera sido de esta historia si la escribía completamente en esos intentos que quedaron truncos. La escribí, finalmente, este año. Y siento que, además de ese vínculo que pensaba con “Los asesinos” de Hemingway, es una especie de homenaje a esos cuentos “para adultos” de Javier Villafañe en donde (con un toque de humor, con una fibra absurda y “economizando palabras”) pinta un mundo; esos cuentos, en definitiva, que tanto me marcaron.

LOS LADRONES

Ahora que está jubilado del banco, Tomaso piensa, en las noches de insomnio, cómo hubiera sido su vida si hacía algunas cosas que no hizo. Cuando terminó el secundario, por ejemplo, dejó la pequeña ciudad ribereña donde vivía para irse a estudiar medicina a La Plata. En la pensión que estaba cerca del bosque compartía pieza con un obrero de un frigorífico de Berisso, un tal Mejía. ¿Por qué lo mandaron a una pensión si los padres le podían pagar un departamento? Lo mandaron a la pensión para que se hiciera fuerte. Tomaso, que tenía una personalidad metódica y, por eso mismo, débil, se sintió agobiado. Le molestaba el olor de Mejía, los ronquidos, verlo en esa instancia de intimidad. Dormía pésimo y le resultaba imposible concentrarse en los estudios. Buscaba distraerse caminando por el bosque antes de que amaneciera. En uno de esos paseos conoció a Greta Larken, una alemana que hacía equitación en el club Hípico y que se sintió atraída por Tomaso. ¿Qué cosa le llamaba la atención a una alemana de Tomaso? Su silencio. Tomaso decía las palabras justas. Y eso a Greta la equilibraba, le despertaba una excitación fuera de lo normal. Caminaban por las diagonales, iban al cine, a las pizzerías de la avenida 7; completaban imaginariamente lo que faltaba de la catedral sentados en el mismo banco de la plaza Moreno. Ella odiaba los tilos, él se divertía secretamente con sus enojos. Una noche de verano que diluviaba se encerraron en la pieza de la pensión y, después de mostrarle la colección de figuritas de animales que Tomaso juntaba cuidadosamente desde los diez años, se apretaron entre las cobijas con una fuerza rara, maquinal. Hasta que entró Mejía borracho, se sacó los zapatos en la oscuridad y se derrumbó en su cama. Cuando empezó a roncar, Greta y Tomaso reanudaron la batalla. Esa, se podría decir, es la escena más osada en la vida de Tomaso: los gemidos de Greta en la pieza oscura, el cuerpo de Mejía hundido en su propio sueño y los truenos.

Una tarde fue a verla competir al club Hípico. Greta Larken apareció sobre la pista con un trajecito rojo, montada a un caballo zaino. Saltaba con delicadeza. Se movía con la gracia de una mascota. Pero Tomaso lo que vio en esa escena fue un reflejo de su vínculo con Greta; pensó que era Greta quien lo trataba, en verdad, a él como una mascota mansa. Y algo de esa idea lo espantó. Después de ese día Tomaso comenzó a evitarla. Ya había recibido la noticia. Tal vez eso había sido el motivo del alejamiento. Hasta que una tarde Greta le comunicó que se iba a competir a Europa por un tiempo pero él no le dijo nada. No le dijo que lo habían aceptado como cajero en la sucursal del banco de su ciudad. Esa noche se emborracharon, él habló mucho, rompía los silencios, quiso impostar ser otra cosa tal vez para espantarla pero igual lograron apretarse, ahora de un modo violento, contra un tilo del bosque.

Tomaso, entonces, dejó medicina y volvió a vivir con sus padres a la ciudad ribereña. Trabajaba en el banco, por esos años en la caja 3, y no extrañaba nada de La Plata. Al año de haber regresado ocurrió el accidente. Sus padres se iban de vacaciones a Necochea en un ómnibus que cruzaba el país de Córdoba a la costa. Tomaso no quiso ir con ellos. Prefirió frecuentar la ribera de su ciudad en las tardecitas. El accidente ocurrió a la altura de Tandil. Una cosechadora sin luces se les cruzó en la ruta. Cuando supo la noticia se compró un traje azul para despedir los restos en la cochería Di Falco. Entonces se quedó solo, con el Gordini rojo, en ese chalecito amplio y con jardín. Por las noches comenzó a pensar en Greta Larken. Y decidió que no perdía nada con mandarle una esquela: Tengo casa, trabajo y un jardín para soñar juntos. Se quedó con una extraña ansiedad en el cuerpo después. Por eso, para evitar hundirse en la larga espera de una respuesta, una mañana de sábado decidió subirse al Gordini rojo y salir a la ruta. Mientras andaba y el paisaje se repetía y los nombres de los pueblos ganaderos conformaban una constelación decidió entrar a uno que se llamaba Ceres, preguntar por el burdel y acostarse con la primera mujer que apareciera. Lo hizo. No era alemana: era una rosarina bajita y de pelo canoso. Después de eso, una vez por mes, Tomaso aparecía en el mismo burdel y durante años, hasta que un día no la encontró más, se acostó con la misma rosarina.

Cuando cumplió treinta y cinco, ya habían pasado diez años del envío de la esquela, recibió una carta en la sucursal. Se la alcanzó Sergio Lovuolo, a quien Tomaso había recomendado y hecho todos los contactos posibles para que entrara al banco como encargado de mantenimiento y, por eso mismo, siempre sintió que Lovuolo le debía algo. Con la carta en sus manos pensó que el corazón le había dejado de latir al reconocer el sello postal. Se encerró en una oficina y leyó despacio lo que Greta Larken había escrito. Vivía en Ulm, un pueblo en el sur de Alemania, a orillas del Danubio; tenía una finca (usaba esa palabra) con caballos y cultivaba espárragos; le iba bien pero estaba muy sola. Tengo este río y este cielo para los dos pero necesito tus silencios, decía. Tomaso sintió una punzada profunda en el estómago –una sensación que nunca más volvió a sentir– y que lo hizo salir a tomar aire a la calle antes de que abrieran al público. Tomaso después quemó, en el baño del banco, la carta de Greta, su foto sonriendo a orillas del Danubio, el pasaje en avión, los quinientos marcos. Las cenizas tardaron varios días en desaparecer del inodoro.

                                                                        ***

Ahora que está jubilado del banco, por las tardecitas, Tomaso saca el Gordini a la vereda, le pasa un trapo, lo perfuma y sale despacio hacia la ribera. Hay algo en ese destino que le provoca una ilusión infantil. Una manera de renovarse en el día. Uno nunca es el mismo después de un paseo por la ribera, se dice cuando la luz del sol comienza a empinarse sobre los techos. Estaciona el Gordini debajo de un sauce apuntando al barranco, abre la reposera, prende la radio, se queda mirando el movimiento del agua mientras se toma una cerveza helada y piensa cómo hubiera sido su vida si hacía lo que no hizo.

Blanca Lovuolo, la hermana de Sergio, cuando sale de la Lancaster, la textil en donde trabaja de toda la vida, lo reconoce abajo del sauce y entonces le gusta pensarlo, desde la ventanilla del 428 que toma para volver a su casa, como una acuarela un poco desdibujada pero colorida. Blanca Lovuolo pesa cerca de ciento cincuenta kilos y usa siempre ropa oscura. Una tardecita lo ve a Tomaso sentado en la reposera y se anima. Se baja del colectivo y se le acerca. Buenas, le dice. Tomaso, entre dormido, la mira con desconfianza hasta que la reconoce. Qué tal, responde. Lo veo siempre acá y pasé a saludarlo, me enteré que se jubiló. Sí, ya era hora, ¿cómo está su hermano? Ahí anda, gracias. Tomaso le convida una cerveza helada y le abre una reposera. Blanca acepta, gustosa. Pero cuando intenta sentarse, Tomaso se da cuenta de que no fue una buena idea. Blanca insiste pero no entra. Entonces Tomaso propone, mejor, que se sienten en el pasto. Les cuesta a los dos pero lo hacen. Blanca tiene arriba de la ropa oscura la camisa de la Lancaster –celeste con ribetes violetas– y un suave perfume en las manos. Ya era hora, repite Tomaso y abre una nueva cerveza para cada uno. ¿Le gusta acá?, pregunta ella. Tiene algo que me ilusiona, dice Tomaso. Blanca sonríe mirando el río, el sol cayendo en el fondo del río. Cuando oscurece, Tomaso ofrece llevarla en el Gordini. Por suerte, Blanca entra aguantando un poco el aire y hasta logra cerrar la puerta. Pero a lo largo de todo el viaje, Tomaso no puede evitar rozarle la pierna al meter los cambios. Esa repetición, esa insistencia –la mano tocando un pedazo de piel de otro cuerpo– los va macerando secretamente. Antes de llegar, Blanca Lovuolo se tira encima de Tomaso y busca besarlo. Tomaso, sorprendido, pega un volantazo que lo lleva a subirse a la vereda. Por suerte a esa hora no hay nadie. Y si bien piensa en el Gordini –en que no haya tenido ningún raspón– se deja llevar por la euforia de Blanca. Después de esa noche, la gorda Lovuolo, así la conocen todos en la ciudad ribereña, se incorpora al sistema metódico de Tomaso como un satélite que orbita.

Tomaso la espera en las tardecitas abajo del sauce. Cuando Blanca sale de la Lancaster se toman una cerveza y parten en el Gordini para el chalecito. Blanca le cocina, le ordena la ropa. Tomaso la deja ocupar los espacios, las habitaciones, le muestra su colección de figuritas de animales que junta cuidadosamente desde los diez años, pero no quiere ni que se meta en el galponcito del fondo ni que se quede a dormir. Eso lo deja claro. Los sábados desayunan en el salón del Regatas: las primeras veces que entraron juntos un silencio se impuso. La gorda Lovuolo y Tomaso: siempre hay un roto para un descocido, es lo que se oía, ¿no? Pero la repetición le quita el brillo a la novedad y verlos charlar periódicamente en la mesa junto al ventanal dejó de ser llamativo. Los domingos, sí, Blanca se queda a dormir. Si bien Tomaso ya no siente el cuerpo como antes, se la rebusca para hundirse entre las piernas gordas –ese mundo vibrante y estremecedor – y, también, se deja atrapar por la voracidad de esa mujer. Después de la batalla, cuando el cuerpo de Blanca queda exhausto y la respiración se empieza a confundir con un ronquido de asmático, Tomaso sabe que el tiempo ha pasado y que la pasión que sintió en aquellos días por Greta Larken no volverá.

Cuando cumple los setenta, Blanca le hace una torta y le regala una acuarela que preparó en las clases que toma en el sindicato de la Lancaster. Es un retrato tuyo, le dice con los labios pintados. Lo que se ve es una figura alargada, debajo de un sauce, mirando un paisaje desdibujado pero colorido. Tomaso se emociona genuinamente y, a pesar de ser un miércoles, le pide que se quede a dormir y cuelga la acuarela arriba de la cama. Esa noche llueve mucho y el agua se filtra por los techos. Se le inunda el garaje, el Gordini se moja. Entonces piensa que ya es el momento; que ya es el momento de cobrarse aquel favor que viene arrastrando desde hace tiempo. Es ingrata la vida de un metódico, ¿no? En el desayuno le dice a Blanca que le pida a su hermano Sergio si no puede venir a arreglar el techo de la casa. Le sorprende que Blanca postergue o evada la posibilidad durante algunos días. Lo que ella no quiere decirle es que a Sergio no le gusta nada la relación que mantiene con Tomaso; le parece un viejo peligroso; hay que desconfiar de alguien que no tiene amigos y que se la pasó toda la vida solo, es lo que dice Sergio, ¿no? Pero Sergio acepta el trabajo porque también siempre le intrigó la vida de Tomaso. Y poder meterse en su casa es algo que, en algún sentido, lo excita.

El día que Sergio Lovuolo llega, para evitar cualquier pregunta del viejo sobre cómo está la cosa en la sucursal, impone una distancia que resulta violenta; llega con una garrafa, unas cajas metálicas, algunas herramientas pesadas y con su hijo Pitu, un muchacho silencioso y con una sonrisa irónica permanente. Tomaso se inquieta ante esa sonrisa, no sabe si se ríe de él o es una mueca estúpida y congelada. Pitu no habla y cuando habla es para cagada; siempre tiene algo en la boca, siempre muerde algo. Agacha la cabeza y acata el maltrato de su padre. A ver si servís para algo y me traés el martillo, le dice; o, en voz baja, le murmura: Vos sí que tenés la conchita fresca, pendejo. Tomaso escucha eso mirando por la ventana que da al patio; mira los árboles que van perdiendo algunas hojas. Le da miedo que la haya maltratado a Blanca. Le da miedo que Sergio la haya maltratado igual que maltrata a su hijo.

Entonces Tomaso le propone a Blanca que se fuera a vivir con él al chalecito, que dejara esa pieza que le alquila al hermano, esa pieza que le levantaron atrás, en un pedazo del patio y le propone que se traiga las cosas. Puede ser después de que terminen de arreglar el techo. A Blanca se le humedecen los ojos y se entrega a los brazos de Tomaso. Esa noche, recostados en la cama grande que van a compartir, se cuentan cosas que nunca antes le contaron a nadie. Blanca dice que le tiene terror a los aviones, que se ahoga en los sueños cuando viaja en un avión porque, siempre se le presenta así, ella sube al avión muy feliz y cuando está por sentarse advierte que no entra en el asiento, la gente se empieza a incomodar, le piden que se baje para no atrasar el vuelo y ella no sabe qué hacer. ¿Cuándo viajaste en avión?, le pregunta Tomaso. Nunca, dice ella, pero me da terror. Tomaso, en cambio, cuenta algo que no está muy seguro de contar pero si tomó la decisión más importante de su vida, convivir con una mujer, tiene que contarlo y espera que Blanca lo entienda. Dice que, además de su colección de figuritas de animales que junta cuidadosamente desde niño, durante casi veintiocho años, en sus visitas a la ribera, fue cazando sapos, al menos, uno por día. Y los fue guardando en un lugar especial que preparó, allá, en el fondo, abajo del galponcito de las herramientas. ¿Un sapo por día durante veintiocho años?, pregunta Blanca con una voz fría pero controlada. Sí, dice Tomaso.

Unos días antes de terminar el trabajo, Sergio le pide plata a Tomaso para comprar unos materiales imprevistos que necesita y para que le adelante parte del pago total. Tomaso lo mira con una ingenuidad sorprendente y le pregunta: ¿Cómo? Sergio no dice nada, también lo mira encendiendo la llama de la soldadora. Yo no te voy a pagar nada, le dice Tomaso, si yo te hice entrar al banco cuando vos estabas muerto de hambre. Viejo de mierda, si no me pagás te quemo la casa, le grita y, por un impulso infantil, deja las herramientas tiradas y se va dando un portazo. Pitu no sabe qué hacer, lo mira a Tomaso con esa sonrisa estúpida. Y Tomaso siente que es el momento de sacarse de encima esa incomodidad. A ver usted: mándese a mudar de acá, le dice.

Esa noche, Blanca trata de calmar al hermano y le cuenta lo que Tomaso le contó. Le dice que Tomaso durante veintiocho años fue cazando de la ribera un sapo por día. Y los fue guardando en un sótano que tiene debajo del galponcito de las herramientas. Blanca dice que eso le da demasiado asco, que le repugna. Blanca no dice nada de la propuesta de irse a vivir con el viejo, no dice nada porque empieza a dudar. Viejo miserable, junta bichos, dice Sergio. Bichos verdes, agrega entonces el Pitu, que nunca habla. Pero cuando Sergio escucha esa palabra comprende algo, comprende algo bien profundo. Comprende algo que durante años, como un rumor subterráneo, lo fue interrogando. Su hijo Pitu, que nunca habla, y cuando habla es para cagada, ahora, en cambio, acaba de poner una pieza clave, la pieza que faltaba en el rompecabezas de Sergio. Está, como se dice, ante una verdadera revelación.

Durante una semana Tomaso no sabe nada de Blanca y mucho menos de Sergio y de Pitu. Las herramientas están tiradas por toda la casa. Y cuando pregunta en la puerta de la Lancaster por Blanca Lovuolo, le dicen que está con permiso médico. Tampoco encuentra a Sergio en el banco. Vuelve a entrar a la sucursal después de años, después de haberse prometido no entrar nunca más, y un empleado que no lo conoce, que no había nacido incluso cuando él empezó a trabajar en esa sucursal, le dice que no puede darle información sobre el personal del banco. No quiere ir a la casa de los Lovuolo. Prefiere esperar.

El que guarda tiene, ¿no?, eso dice todo angurriento. Y el viejo es un angurriento. Basta con hacer bien la cuenta, con sumar despacito y hacer un cálculo más o menos estimativo. Ese es el punto. El viejo la hizo bien. Porque, ¿cómo se hace para comprobar una filtración chiquita? Una pérdida grande es fácil de detectar pero una filtración chiquita no. ¿Cómo carajo se hace? Uno por día, y de los grandes, durante cerca de veintiocho años. Por eso es importante contar bien. Si son veinte días por mes, sin tomar en cuenta los fines de semana, al año da doscientos cuarenta. En diez años son dos mil cuatrocientos. En veintiocho años, pongamos que sea veintiocho para redondear, son seis mil setecientos veinte bichos verdes. De los grandes. Es decir, de los de cien. Ningún gerente puede controlar semejante filtración. No hay nada más absurdo que la vida de un metódico que no hace nada con su método, ¿no? En suma, el viejo tiene en el sótano del galponcito de las herramientas de su casa más de seiscientos mil dólares, ¿qué tal?, le dice Sergio, con cierta euforia, a su hermana Blanca y a su hijo Pitu.

La madrugada planeada por Sergio Lovuolo para entrar a la casa del viejo (cuando, incluso, están arriba del auto, los tres, esperando el momento oportuno) se pone a llover, otra vez, torrencialmente. El agua se mete con mucha más fuerza en el chalecito de Tomaso. No sólo moja el Gordini rojo, moja los muebles, los pisos de madera, las herramientas de Sergio, la acuarela que cuelga encima de la cama donde Tomaso está acostado con los ojos bien abiertos. Como un náufrago que se aferra a un pedazo de madera en el mar, Tomaso se abraza, esa madrugada, al recuerdo de Greta Larken, siempre luminosa, cultivando espárragos en su finca alemana o andando, por ejemplo, encima de un caballo zaino a orillas del Danubio. 

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