Giannuzzi en el tren  

Desde hace días vengo leyendo a Giannuzzi. Una aclaración, el “vengo” se refiere no sólo al tiempo, también al espacio, el itinerario de sus páginas, el “desde” que implica un hacia, el destino del poema, el del lector, y el de este tren que cruza la mañana, porque lo vengo leyendo en tren, viajando todos los días, desde el comienzo hasta el final de su obra completa publicada por Ediciones del Dock. Cada tanto, entre un poema y otro, subo la mirada y por la ventanilla contemplo casas suburbanas, techos, balcones, terrazas, macetas, árboles, pastizales junto a las vías. Entonces, desde Giannuzzi, al mirar a través de la ventanilla, pasa una reflexión tras otra, como estaciones sucesivas, fantasías diversas sobre quienes viven en esas casas, bajo esos techos, y me pregunto cómo serán sus vidas, las vidas de quienes riegan esas plantas que crecen en esas macetas en balcones y terrazas. Al volver a la lectura, al pasar de un poema a otro, como se pasa, digo, de una estación a otra, entonces me pregunto hasta dónde Giannuzzi (1924 – 2004) no será el hombre que escribe una metafísica de la observación doméstica y del cuerpo conectada con lo trascendental, el lugar que ocupamos en el cosmos, nuestra reducida dimensión, tan transitoria como una visión desde la ventanilla. El objeto de su poesía es el asedio minucioso de eso que damos por sentado y, sin embargo, no lo es, no pertenece a lo dado, al lenguaje, sino a lo construido, nuestros actos, lo que creemos haberle traído de nuevo al mundo y, sin embargo, es tan antiguo como la botánica. Por ejemplo, las dalias, flores sencillas que carecen del prestigio rilkeano de las rosas y sus espinas, pero representan la pasión y el impulso, crecen, estallan en primavera y una vez alcanzado su apogeo, en invierno se abandonan mustias al marchitamiento y la muerte. Pero esa muerte es aparente, la vida continúa, porque los tallos subterráneos se mantienen dispuestos a brotar otra vez cuando la estación le sea propicia. Podría pensarse en una metáfora inconsciente del peronismo y tal vez lo sea. Porque Giannuzzi lo es: peronista.

Habrá quizás quienes puedan suponerlo a Gannuzzi un vate aficionado, un sencillista cómodo entre cuatro paredes con florero, sin embargo ahí están, además de los versos que aluden al amor y su fugacidad, a la brevedad de nuestros días, esos otros, temblorosos, inesperados como un timbrazo en la madrugada, esos que pueden aludir, de improviso, al terror, el secuestro, un cuerpo en el baúl de un auto, la desaparición.

Volviendo, o mejor dicho, a lo que voy: sus poemas cobran otra dimensión si se los lee desde la luz que envuelve las dalias. “La dalia se ha inclinado/ desde su altura rota/ cargada de materia sobrepasada”, escribe Giannuzzi. Pero, cabe preguntarse, de qué y a quienes habla. A quienes viven bajo esos techos y azoteas con la ropa tendida en las terrazas les habla de la existencia de un ser, como ellos, cuya vida terminará por inclinarse cargada, como la dalia, de “materia sobrepasada”. Hasta que veo un gato que salta de un techo de chapa a un jardín y se pierde detrás de unos yuyos y una tapia. Algo en ese gato me deriva a otra parte. Y cambio de párrafo como paso de una estación a otra, de una dalia a otra.

Quiero detenerme ahora en dos poemas. Uno es “El puesto del gato en el cosmos” y el otro, “Un domingo de Fernando Pesoa”. En ambos, me gusta pensar, y aludo al gusto que da pensar a partir de la poesía, Giannuzzi dibuja con sutileza el misterio de su oficio. “Uno siempre se equivoca cuando habla del gato”. Y aproxima: “A uno se le ocurre que medita, espera o mira algo/ y el gato ni siquiera siente al gato que hay en él”. Giannuzzi advierte: “El gato es un acto gratuito del gato”. /El que aventure una definición debería/ posponer sucesivas negaciones al engaño del gato”. Quiero terminar la cita: “porque el gato, por lo menos el gato de la casa, /particular, privado e individuo hasta las uñas, /comprometido como está al vicio de nuestro pensamiento, /ni siquiera es un gato, estrictamente hablando”. Si el encare del gato puede aludir, sutil y esquivo, a una definición del oficio y la naturaleza de la escritura poética, el instante preciso de la observación se concentra en el realismo minimalista del poema a Pessoa: “Desde su ventana arroja hacia la calle/ una caja de fósforos vacía: es domingo/ y en el orden desierto cae tristemente/ como un sonido condenado/ a un significado secreto. La tarde que declina/ todo lo desampara. Nada es perpetuo/ en la escena. ¿Valía la pena/ recorrer los años para concluir/ con ese gesto que se cierra sobre sí mismo? / Pero los hechos no han concluido. Los días/ aún se repetirán. / Mientras tanto, en Lisboa,/ un fragmento de calle, una caja vacía/ son elementos mudables que sostiene”.

 

Ingresar en la “aventura de los objetos” exige adoptar una morosidad, una idea del ser y las cosas que no implica una actitud melancólica sino una reflexión contrincante del vértigo impuesto por la cultura capitalista, esa carrera ciega que nada tiene que ver con la responsabilidad del acto meditado, un modo de transformar lo existencial en escritura. Puede parecer arbitrario pasar de la dalia a un cuerpo secuestrado, del baúl de un auto al sigilo de un gato y del gato a la soledad del fumador. Sin embargo, nada de eso, ningún capricho: los hechos citados no son ni insignificantes ni arbitrarios, me digo mientras el tren se acerca a la terminal, nuestras vidas pueden leerse, como Giannuzzi las lee, en sus dalias: “Inclinadas hacia el alambre de la cerca/ las contemplo ávidamente/ esperando no sé qué lección/ de esas esferas frías y violáceas/ con un centro de oro/ donde espera una voluntad cumplida./ De pronto oscilan para crear el viento/ entre su propia muerte/ el deseo de estar ahí”.      

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ