Una hipótesis sobre el futuro político

Otra semana roja. Bien argentina. Y no de trapo rojo, como desde hace décadas gustan apostrofar los fachos criollos, sino de aguas rojas en las fuentes de Plaza de Mayo teñidas por grupetes del vulgo macrista reaccionario. Y rojo sangre, también, como la del chico que en Villa Gesell fue víctima de la renovada brutalidad de jóvenes energúmenos que, en manada de chetitos, lo asesinó cobardemente a golpes y patadas.

Semana brava, se diría, además, porque la vida nacional exige en estos días y hora a hora los esfuerzos y la imaginación constantes del Presidente, de su gabinete y del pueblo todo para contrarrestar, aminorar y neutralizar la ringlera de incendios y canalladas que dejó el macrismo ­–el hambre y la salud en primer lugar– y los cuales no cesan de mostrar signos que amenazan la recuperación y sobre todo la estabilidad institucional.

Por un lado la cuestión agraria, que mostró los dientes desde el minuto uno del nuevo gobierno, y que desde entonces no deja de mentirle a la población en base a "datos" y macaneos de los grandes diarios que insisten en presentar a la oligarquía agropecuaria como "pobres y esforzados campesinos", que es precisamente lo que no son.

Y por otro lado hay que anotar el absurdo odio antiperonista de los sectores más retardatarios de las burguesías urbanas (la porteña en particular), que confunden e inficionan a tantos necios e ignorantes que se tragan todas las afirmaciones y prédicas engañosas amplificadas mentimediáticamente.

Pero además hay otros asuntos que, igual o más inquietantes, están llamados a fijar las agendas políticas del futuro inmediato. Sobre todo la cuestión ambiental, que no es comprendida por las clases dirigentes. Y no, no lo es aunque algunos discursos aparenten que sí, y aunque se noten los esfuerzos de algunos políticos por actualizar sus pronunciamientos. Lo que puede no estar mal pero es pura cosmética, y se les nota, porque discurso no significa comprensión.

Y es que el problema fundamental del mundo de hoy, y obvio que de nuestro país, es el desastre ambiental.

Días atrás, en amable charla circunstancial con un ascendente político con aspiraciones presidenciales para próximos turnos electorales, fue evidente su sorpresa ante la afirmación de que las dos grandes mutaciones de la sociedad argentina de la última década –sin cuya comprensión será imposible gobernar en el futuro– son el feminismo y la cuestión de género que llegaron para quedarse, es decir para revolucionar todos los comportamientos sociales y políticos, por un lado; y la urgente y sobre todo sincera conciencia ambiental por el otro. Y a su vez ambas revoluciones –que lo son y lo serán de modo irrefrenable– indisolublemente vinculadas a la educación, que ahora empieza a enderezarse de la mano del ministro Nicolás Trotta y de la secretaria de educación Adriana Puiggrós, cuya autoridad es reconocida mundialmente, quienes ya están reorganizando la educación argentina en los tres niveles clásicos que destruyó el macrismo: inicial, primario y secundario.

Ese tripié conceptual (feminismo-ambientalismo-educación) es la base misma de la recuperación moral y espiritual que se necesita para cambiar la política en esta república, debió escuchar el aludido dirigente, quien como cualquiera de sus colegas es de esperar que desarrolle una sincera conciencia, convicción y práctica tanto en materia de género como ambiental, y no pour la galerie. Porque de lo contrario a él y a cualquier [email protected] dirigente, en el futuro inmediato y de ahora en más, les será absolutamente imposible gobernar en democracia.

Así, y acaso por lo mismo, mientras el pueblo argentino sigue pagando las ominosas consecuencias del mafioso gobierno macrista, las dirigencias en general empiezan a toparse con despertares populares que, si no los atienden con sinceridad y verdad, van a terminar por arrasarlos. Ahí está como prueba la impactante pueblada mendocina de hace un par de semanas. No eran peronistas ni radicales, ni burgueses ni de izquierdas [email protected] que se plantaron ante todos los poderes políticos para defender el agua y oponerse a la bestialidad antinatural de la minería a cielo abierto.

Ahí está ya en marcha una nueva conciencia nacional en contra de todo delirio macroeconómico que no respete el medio ambiente, es decir el aire y el agua que son la fuente de vida de los pueblos.

Y ahí están también, ya en alerta amarilla y no amenazantes pero sí en actitud de clara advertencia popular, los movimientos contra el fracking que desde Vaca Muerta y otros emprendimientos y delirios hiperempresariales ya pervierten la naturaleza patagónica, como en todo el país crecen la resistencia al glifosato y a la sarta de venenos agrotóxicos que desde el menemismo tienen las puertas abiertas en la Argentina, y sin control.

Y es que los pueblos pueden equivocarse al votar, como pueden amar lo que los daña o aplaudir a sus verdugos económicos, pero es absolutamente improbable que acepten respirar o beber veneno.

Seguramente [email protected] polí[email protected] que no se den cuenta de esto, verán enterrarse sus sueños. Y a quienes alcancen el poder les será imposible gobernar en paz las sociedades venideras, si no se ponen, [email protected] mismos, a la cabeza de sus pueblos en cuestiones de género y ambientales, pero con sinceridad y convicciones. *

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