Ahí ya no hay nada

Imagen: Natalia Fanucchi

EL CUENTO POR SU AUTOR

La muerte no siempre llega de forma solemne y con aviso. Tampoco se comporta siempre como una dama arrebatada, pero digna. Y no es su culpa, es que a veces propiciamos su llegada por estupidez, total estupidez. Los torpes, los distraídos, los que andamos por ahí con la cabeza en las nubes y en el vértigo de nuestros propios dilemas, varias veces vimos un segundo hacia atrás y pudimos mirarla a los ojos, casi sonriente, como diciéndonos “te la dejé pasar”. Yo vi su sombra justo después de que un auto me pasara demasiado cerca porque crucé la calle atenta a una pavada hermosa como las risas de un chico que perseguía un globo por la vereda de enfrente y no al cambio de semáforo. Soy torpe y vivo con un gato más torpe que yo, así que en mi casa bajar escaleras y llegar a salvo es un acto de supervivencia accidental. También puedo prestar mucha atención a la torre de mesitas, sillas y bancos que necesito armar para cambiar una bombita en estos techos demasiado altos, pero nunca pensar en que también sería una buena idea comprar una escalera o cortar la luz antes de agarrar el portalámparas… Cuando escucho música mientras me baño, nunca jamás escuché que al mismo tiempo una voz racional en mi cabeza dijera “no, no, no bailes en el piso jabonoso, no”. Si algo huele a quemado, seguramente fui yo, que olvidé apagar la vela perfumada antes de irme de casa. Y si alguno de ustedes llega a verme asomada a un balcón de un onceavo piso intentando descubrir de dónde vienen esos gritos, atájenme, por favor.

Por cosas como estas, vivo convencida de que existen muchas chances de que mi final llegue por alguna estupidez evitable y brutal, y no me parece tan terrible. Lo que sí me asusta es el loop en el que una persona podría quedar encerrada si la muerte llegara de esa forma para cobrarse la vida de un ser querido, y algo, alguna pequeña cosa, hubiera podido evitarse. Pensando en eso mientras sostenía la llama de un fósforo no lo suficientemente cerca de una hornalla prendida por demasiado tiempo, empecé a rondar la idea de este cuento. Porque a veces las ideas tampoco se presentan con pompa y dignidad, sino de una manera bastante inesperada y algo tonta. 


AHÍ YA NO HAY NADA

Su marido murió en un accidente estúpido. Resbaló al salir de la bañera y se rompió la cabeza contra el piso.

Él le había pedido mil veces que comprara una alfombrita. Odiaba pisar los azulejos fríos con los pies mojados. Pero el baño era muy chico y no había forma de poner una al lado de la bañera sin pisarla todo el tiempo. A ella lo de la alfombrita le parecía un asco. Apoyar sus pies limpios ahí le resultaba igual a caminar descalza por la calle, o en la peluquería donde trabajaba, o en el supermercado, o en el colectivo. Pero habría alcanzado con una alfombrita para que su marido nunca hubiera resbalado porque no sólo sirven para no pisar los azulejos fríos al salir de la ducha, sino que en especial previenen resbalones fatales.

Cuando llegaron los de la ambulancia, cuando después tuvo que hablar con el médico y los peritos para que firmaran todos los certificados y le entregaran el cuerpo, cuando hizo los trámites en la funeraria y al comunicar la noticia a amigos y familiares, ella siempre describió el accidente con la palabra “resbaló”. Dijo muchas veces “resbaló” (le habría gustado contar cuántas veces tuvo que decirla en esas horas), pero ni una vez mencionó la cuestión de la alfombrita. Sin embargo, sólo podía pensar en eso.

Durante el velorio, mientras una de las hermanas de su marido cortaba al medio los sándwiches de miga y los acomodaba en una bandeja para que parecieran más, ella aprovechó para sentarse un momento a solas en uno de los patiecitos de la sala principal. Necesitaba volver a repasar cada rincón del baño hasta asegurarse de que había tenido razón, de que no había forma de poner ahí una alfombrita sin pisarla constantemente (si hasta hubieran tenido que pararse encima para lavarse los dientes o las manos), llenándola de bacterias y gérmenes que ni con el lavado más a fondo podría eliminar. Por supuesto que no estaba pensando que prevenir bacterias fuera más importante que evitar la muerte por de un resbalón, pero entendía que habría sido imposible imaginar un accidente como aquel, y lo que necesitaba era la tranquilidad de saber que, dentro de los pros y contra que era lógico sopesar antes de la muerte de su marido, sus argumentos habían sido sabios y prudentes y no hijos de un simple capricho.

Adentro, los familiares, amigos, compañeros de trabajo, conocidos de la infancia de su marido entraban y salían, se daban abrazos, aceptaban o rechazaban los bocaditos que sus cuñadas hacían circular. Era mucha gente. Ella los veía a la distancia con cierta felicidad: era bueno repasar de un vistazo a todas las personas que habían formado parte de la vida de su marido y que a partir de entonces pensarían en él con cariño. Eran muchos para recordarlo y eso la hacía sentir menos sola. Ella sólo tenía a una madre muy anciana que vivía en Concordia y que de ninguna manera habría podido viajar hasta la Capital para acompañarla. Y su única hermana hacía dos años que se había mudado a una pequeña ciudad al sur de China con sus tres hijos y su marido, persiguiendo un progreso económico que nunca terminaba de llegarles. Trataban de mantenerse en contacto, pero la diferencia horaria se los hacía muy difícil y con el tiempo habían ido perdiendo la naturalidad para mantener viva cualquier conversación. No le quedó más opción que contactarse con la dueña de la peluquería para resolver el tema de la licencia por unos días, pero a sus compañeras las había evitado a conciencia. No terminaban de gustarle, cada una por motivos distintos, aunque las pensara como un único grupo, y ese no era un día para repetir el esfuerzo de sonreírles que debía hacer a diario. Recibió las condolencias y respondió con sincero agradecimiento el llamado de cada una de ellas, pero cuidándose de no decir que iba a haber un velorio ni la dirección de la casa funeraria: no quería que se le aparecieran de improviso ni que se pusieran en gastos con flores. Ya bastante difícil le resultaba ver el nombre de su hermana en el lazo que rodeaba la corona que ella había decidido colocar en un lugar privilegiado junto al cajón: esa corona y ese nombre solo reavivaban la sensación de ausencia y distancia.

Ella la hubiera necesitado ahí, de carne y hueso, sentada a su lado, porque su hermana la conocía mejor que nadie y con ella sí se habría animado a hablar del tema de la alfombrita. Incluso habrían podido revisar el baño para que la ayudara a confirmar sus cálculos. Sin embargo, imaginar la conversación con su hermana la llevó a una nueva dimensión del problema, una en la que el problema dejaba de ser un problema, porque su hermana era una mujer extremadamente pragmática. Por un momento cerró los ojos y pudo verla, elegantemente sentada sobre la tapa del inodoro, repasando el espacio a su alrededor y mirándola después a ella como solía hacerlo cuando no podía ocultar cuánto la frustraba que fuera tan poco creativa. La imaginó y enseguida pudo ver su mueca de desprecio, su mano estirándose hacia el borde de la bañera para decirle “podrías haberla colgado ahí cuando no la estaban usando y listo”. Y era cierto. Claro y sencillo. Contundente. La alfombrita no tenía por qué haber estado todo el tiempo en el piso sino sólo cuando fuera necesario, es decir, al salir de la ducha. Habría sido cuestión de ponerla y sacarla. Así de fácil.

Se llevó una mano a la frente. Sintió el ardor de las lágrimas cuando se acumulan como si estuvieran juntando coraje para salir. No podía creer que su marido hubiera muerto de una forma tan estúpida porque ella no se había tomado el tiempo necesario para encontrar una solución que ahora le parecía tan obvia. Y todo eso lo había llevado a una muerte degradante. Ahora ella tendría para siempre la imagen de ese hombre fuerte y saludable desnudo sobre el piso del baño, la cara arrebatada por un gesto que sólo podía significar muerte, el pene flácido casi escondido entre las piernas, el abundante cabello oscuro que a ella tanto le gustaba humedecido y aún creciendo (porque ella sabía que el pelo y las uñas seguirían creciendo, aunque ya no quedara nada más de él). Había sido necia. Necia y egoísta. Hubiera querido decírselo y que él la escuchara, que supiera que se había dado cuenta de su error.

Caminó entre la gente hasta la sala donde estaba el cajón sin ver a nadie, ni siquiera a su suegra, que intentó rozarle la mano cuando pasó junto a ella. Se asomó al cajón y se inclinó sobre el rostro maquillado de su marido muerto para darle un beso en la frente y decirle:

–Perdón.

No lloró. No podía. Todas esas lágrimas en su cabeza hacían presión y le provocaban un intenso dolor, pero no caía ninguna, ni siquiera le hacían ver los ojos más brillantes. Su voz también sonó limpia y clara, aunque ella ni siquiera se dio cuenta de que lo había dicho tan alto. Tampoco se dio cuenta de que su suegra la escuchó perfectamente pedir perdón y que esa palabrita la sacudió como un pinchazo, haciéndola retroceder.

Ella se quedó un rato junto al cajón, tratando de encontrar a su marido en lo que había ahí de su marido. Ni siquiera la alcanzó el murmullo que había empezado a desparramarse por el salón principal después de que su suegra contara lo del pedido de perdón y tejiera las primeras conjeturas a las que la había llevado ese gesto.

Demasiado lejos de todo, ella había caminado alrededor del cajón hasta ver que las bocamangas del pantalón del traje de su marido muerto estaban dobladas hacia afuera. No había mucho en ese cuerpo que realmente la hiciera pensar en él, pero definitivamente terminaba de alejarla el hecho de que le hubieran doblado los pantalones de esa manera que no era para nada su estilo. Y al hacerlo se dio cuenta de que los zapatos que estaba usando no eran los suyos. Él tenía un solo par de zapatos de vestir, marrones, porque odiaba los zapatos negros. Ella se había ocupado del tema de la ropa, como se había ocupado de los trámites y de todo lo demás, y no podía recordar un solo momento en que no hubiera estado a unos pocos metros del cuerpo de su marido como para que alguien se hubiera ocupado del cambio. Porque era cierto que con ese traje los zapatos marrones no combinaban, ella se lo había dicho mil veces, pero también era cierto que cada una de esas mil veces él se había defendido diciendo que él los prefería así y punto. Las discusiones con su marido podían ser eternas sobre casi cualquier asunto, pero cuando se trataba de lo que él debía o no hacer, eran brevísimas. Y siempre terminaban igual, con un punto y aparte. Lo pensó mejor y sólo habrían podido cambiarle los zapatos durante la hora y media en que ella estuvo haciendo las compras para tener algo que servir a las personas que fueran al velatorio. No era posible que los de la funeraria le hubieran puesto otros zapatos. Era absurdo pensar que tendrían varios pares en caso de que un muerto les llegara con las prendas mal combinadas. Lo más probable es que lo hubiera hecho su suegra, o alguna de sus cuñadas, aunque le resultaba difícil creer que podrían haber hecho algo así sin consultárselo. Levantó la vista para repasar a los amigos y familiares que deambulaban por la sala y se encontró con que la mayoría la estaba mirando. No supo leer en sus gestos lo que pensaban ni mucho menos pudo imaginar que para esa altura estaban suponiendo cosas terribles sobre ella y los motivos que la habrían llevado a pedirle perdón al muerto sin derramar una sola lágrima. Lo que supuso, en cambio, fue que estaban pendientes de ella con preocupación y afecto, como ella lo hubiera estado si cualquiera de ellos estuviera pasando por una situación igual de dolorosa. Por eso decidió hacer a un lado el tema de los zapatos, no mencionarlo nunca a nadie, porque de todas formas también podía ver una buena intención en el hecho de que hubieran deseado que su marido fuera enterrado luciendo de la mejor forma posible. ¿Cómo iban a saber que él odiaba los zapatos negros? Hay tantas cosas que nadie sabe de una persona a menos que comparta con ella aunque sea unos años de su vida adulta. Por todo eso, miró a los que la miraban y levantó una mano para hacerles saber que ella estaba bien, que no debían preocuparse también por ella.

Cuando unos minutos más tarde llegó la hora de subir al auto principal del cortejo, el primero de la caravana, justo detrás del que llevaba el cajón con el cuerpo, a ella le extrañó que su suegra hubiera decidido cambiarse de auto. Durante los arreglos, le habían hecho sentir que todo el asunto de quién iba en qué auto era muy importante, pero enseguida se explicó el cambio al ver que su suegra subía al segundo auto, donde viajaban el hijo mayor con la esposa y la madrina del hijo muerto, vecina de su suegra y amiga de toda la vida. A ella tampoco le importaba viajar en el primero, el segundo o el último auto del cortejo sino la compañía, y su hermana, que era la única persona con la que hubiera necesitado compartir ese viaje, no era una opción.

Subió entonces al primer auto junto a una prima de su marido, con la que nunca había tenido demasiada relación y que en ese viaje en especial apenas levantó la vista de su teléfono. Para ella, esa compañía sin acompañamiento fue lo mejor. Bajó unos centímetros el vidrio polarizado del auto y sintió la brisa en la cara. Haberle pedido perdón a su marido había aflojado un poco la angustia que sentía como un gran nudo en la boca del estómago, y ese pequeño alivio la hizo sonreír. Fue una sonrisa mínima, de esas que desaparecen enseguida porque no son del todo oportunas y el resto de la cara las resiste.

El nicho de la familia de su marido estaba en la tercera hilera, a unos cuatro metros del piso. Ella jamás había estado ahí. En los ocho años que estuvieron casados, no murió ningún familiar y no hubo excusas para visitar el cementerio. Podrían haber ido en alguno de los aniversarios de la muerte del padre de él. Pero a su marido no le gustaban esas cosas. Para él los muertos estaban muertos y punto final, así se lo había dicho siempre, y así terminaba siempre esa charla, como con lo de los zapatos, punto y aparte. Él sí llevaba a su madre todos los años, pero simplemente porque por esos extraños mecanismos con los que una familia adjudica ciertos roles a sus miembros a él le había tocado ese: llevar a su madre al cementerio cada 5 de agosto.

El 5 de agosto también era un día de rutinas para ella. Debía escuchar las protestas de su marido durante todo el desayuno, verlo regresar al mediodía aún de peor humor y, después de una tarde de silencio y televisión encendida, anticipar el encuentro de la noche conteniendo la ansiedad. Porque todas las noches del 5 de agosto, él la cogía como un animal. Después se quedaban un rato despiertos, sonrientes y agitados, charlando bajito de pavadas hasta que él en algún momento encontraba la forma de volver a lo del cementerio y su padre muerto para terminar diciendo “ahí ya no hay nada”. Y se dio cuenta de que recordar esos 5 de agosto podría ser una forma de recordar todos los estados de ánimo de su marido muerto, cada uno de los humores que eran tan suyos y que tanto le gustaban.

Para ella, que en ese momento estaba parada frente a la grúa con la que dos operarios estaban subiendo el cajón hasta el nicho, recordarlo así fue como tenerlo al lado, diciéndole al oído, una vez más, “ahí ya no hay nada”. No se dio cuenta de que no había nadie junto a ella. Los familiares y amigos se habían ido alejando de su lado para agruparse en apretados ramilletes y alternar la vigilancia entre ella y la grúa, que ya había llegado a lo más alto. Fue al recordarlo tan vivo y fuerte que se dio cuenta de que necesitaba hacer algo por él, algo más que pedirle perdón, y sacó el celular de la cartera para tomar una foto del nicho y de esa parte del cementerio. Acababa de decidir que no volvería nunca. Que jamás visitaría su tumba ni le llevaría flores. Sería un homenaje a su marido no hacer lo mismo que su madre, no recordarlo en aniversarios ni rehacer jamás ese camino hasta la puerta del nicho. Ella quería estar de acuerdo con él y pensar “ahí ya no hay nada”. Pero se conocía bien y sabía que llegar a pensar eso podría llevarle algún tiempo. Que para asimilar la idea de su ausencia definitiva iba a necesitar recordatorios. Esas fotos podrían ayudarla. Después, cuando estuviera lista, las borraría. Le parecía una buena negociación, una especie de punto medio entre las ideas de él y sus propias necesidades. Y pensó que era exactamente eso lo que tendría que haber hecho con el tema de la alfombrita. Tomarse un tiempo para pensarlo desde los dos puntos de vista y encontrar un centro. Si hubiera estado dispuesta a salir de sus propias razones y entender las de él, jamás hubiera ocurrido ese estúpido accidente y ahora él estaría parado junto a ella, pasándole uno de sus pesados brazos sobre los hombros y haciéndole ese chiste que tanto le gustaba de meterle una mano dentro del pantalón para tocarle el culo frente a todos, aunque sin que nadie los viera. Su pereza lo mató. Y necesitó decirlo una vez más, ahora para ella misma:

–Perdón.

Porque ella seguiría entera y bien viva por un buen rato, y algún día también tendría que perdonarse.


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