Aviones


EL CUENTO POR SU AUTOR

El cuento “Aviones” formar parte de un libro que acaba de salir, cuyo nombre es –justamente- Kamikaze. Es apenas mi segundo libro de cuentos, veintipico de años después del primero, pero no es que haya dejado de escribirlos sino apenas de terminarlos, en principio, y luego de publicarlos. Y no se trata de que no los terminara por falta de rigurosidad o disciplina; lo primero que busco al escribir un cuento suele ser un tono, o mejor dicho el tono aparece y trato de atraparlo, darle entidad y luego materializarlo en una historia. Pero muchas veces descubro que las distintas piezas no se llevan bien; o lo hacen, pero el que ya no quiere ser parte de ese vínculo soy yo mismo, o mi escritura. No es que me arrepienta: todo en el trabajo del escritor es aprendizaje, y acaso una de sus prácticas fundamentales sea la de aprender a desconfiar sistemáticamente de sí mismo.

Kamikaze reúne entonces algunos de los cuentos que escribí durante los últimos quince años; pese a ciertas recurrencias, todos ellos tenían como objetivo algún –o más de uno- procedimiento formal que me interesaba abordar en particular. A veces remitía a una serie de modelos, y otras veces eran aspectos menos reconocibles o rastreables. En ese sentido, “Aviones” –que además es uno de los más recientes- es acaso uno de los dos o tres que más se despegan del resto. Es evidente que su tempo, su cadencia, su trabajo sobre los silencios, así como también su tema y su punto de vista, tienen poco o nada que ver con sus compañeros.

No importa demasiado qué es lo que uno quiso hacer, sino lo que en definitiva hizo, pero podría decirse que es un cuento en el que intenté llevar a cierto extremo la contención, y al mismo tiempo trabajar no con una tensión creciente sino con la idea de inevitabilidad. Como si la realidad fuese eso que sucede cada vez más lejos.


AVIONES

Llegan y se desploman.

Diciembre es interminable para ellos: todavía se prolonga en enero, cuando para nosotras ya no hay nada. Laura se pasa días y días en casa, sin calzarse. Yo ando casi siempre a medio vestir. A mamá no le gusta: dice que ya estoy grande. Lo cierto es que nos aburrimos. Laura durmió en casa las últimas dos noches. Con esta van a ser tres. Pero estar juntas, la mayor parte del tiempo, solo potencia nuestro aburrimiento. Ni siquiera aprovechamos que mamá y Jorge no estaban para buscar unas cervezas o un Gancia. Llevamos casi tres días, en realidad, sin salir a la calle.

“¿Qué hicieron?”, pregunta alguno de los dos. Lo único que varía es quién la hace, pero la pregunta es siempre la misma. Esta noche es una voz susurrada, una voz que sale de un suspiro. Aunque suelen llegar a casa un poco tocados, creo que esta noche se les fue la mano.

“No mucho”, respondo. “Apenas mojamos un poco las patas”.

Era la frase que le gustaba decir a Papá. Jorge no tiene idea, así que no es una revancha; solo me gusta decirla y recordarlo secretamente.

“Las patas…” dice mamá, como chistando, como si amagara censurar la palabra. Es el tipo de palabras que mamá odia. Prefiero no sacar conclusiones.

Hace no muchos años la piscina era una piscina: todavía podía sumergirme y dar unas brazadas. Ahora estoy grande, como dice mamá. Ahora solo alcanza para mojar las patas. Las patas, los pies, lo que sea. Lo que sí me gusta hacer es meterme desnuda, cuando no hay nadie. Apoyarme contra el borde y sacar los brazos, como hago en la bañera, mirándome la punta de los pies, que salen a respirar. Imaginar los pájaros que no hay, imaginar que estoy rodeada de gente que no conozco, ni conoceré.

Pasaron siglos, pienso, desde que papá y yo hacíamos la plancha y mirábamos durante un rato larguísimo el pedazo de cielo que asoma al costado de la higuera.

“Qué más”, pregunta Jorge.

Laura y yo lo miramos sin entender. Sin tomarnos la molestia de intentarlo.

“Qué más hicieron, digo”, dice, mientras se saca los zapatos y los tira contra el rincón.

“Ah”, contesta Laura, “sí. Vimos una película”.

Jorge asiente. Pero su mirada está en otra parte.

“¿Buena?”, pregunta de todos modos, retomando lo que nunca empezó.

“Más o menos”, contesta Laura. “Una de suspenso. Pero la dejamos”.

Y ella sabe, como lo sé yo, que esa no es toda la verdad.

No es que haya pasado mucho. Pero parece como si algo, en ambas, se hubiese movido. Algo se salió de lugar.

Primero fueron los gritos. Salimos al jardín. Eran esporádicos, pero fuertísimos. Laura decía que a veces venían acompañados de una risa, pero yo creo que fue su imaginación, o los nervios. De vez en cuando llegaban también algunos golpes. Eran golpes secos, como si alguien cerrara con fuerza un cajón. Muchos cajones, o el mismo insistentemente. Ahora que lo pienso, no creo que fueran cajones, es absurdo. Pero no se me ocurre ninguna otra cosa.

Cuando salimos a oír, la casa de al lado se mantuvo unos minutos en silencio. Ya nos dábamos por vencidas, y entonces se escuchó otro grito tremendo, aislado. “Deben estar viendo una película”, dijo Laura. Fue un comentario estúpido. Después dijo que iba a buscar la escalera, pero yo la retuve. “No podemos quedarnos así, sin hacer nada”, dijo.

“Sí podemos”.

Al rato, lo que escuchamos ya no nos dejó dudas. Eran gemidos. Se escuchaban tan claros y fuertes que me extrañó que los vecinos de las otras casas no se asomaran, al menos para disfrutar un poco del espectáculo. Olvidaba que es enero, y esto es un desierto. Laura insistía con lo de la escalera, ahora divertida, pero a mí, por alguna razón, no me causaba gracia. Lo último que quería era verlos.

Poco después subimos a la habitación de mamá a ver un poco de tele. De camino, pasamos por el estudio de Jorge. Tiene dos repisas enteras repletas de aviones, barcos y hasta helicópteros armados por él. En los últimos tiempos le dio por observar el universo, también. Se compró no sé cuántos telescopios. El último es enorme. Dice que se pueden ver unas cuantas galaxias. Nunca me interesó comprobarlo; Laura, en cambio, miraba todo como si estuviésemos en Disney. Le pedí una vez más que no tocara nada, que Jorge se volvía loco, aunque no es cierto. Nada más quería pasar de largo y tirarme en la cama con el aire. En ese momento Laura agarró un avioncito, probablemente el más frágil de todos, y lo hizo planear solo para provocarme. Después me guiñó el ojo como una tonta y lo dejó donde estaba, con un cuidado ceremonioso.

Daban una película con un actor que a las dos nos encanta, pero cuyo nombre ninguna de las dos recordaba. La vimos un rato, distraídas. Y ahí comenzó el ruidito. Un ruido mecánico de golpes contra la pared. Duró mucho tiempo, media hora o más. Prestamos atención, pegándonos a la pared. Pero no se oía nada. Las dos nos quedamos inmóviles, boca arriba, como buscando respuesta a preguntas que ni siquiera existían.

Ahora mamá se recuesta sobre el regazo de Laura. Laura empieza a acariciarle la cabeza, pero mamá le agarra la mano, la besa y la deposita cariñosamente a un lado. Es como si intentara decirle que no está borracha, que todavía mantiene el control. Mamá repliega las piernas, que ahora quedan en escuadra, totalmente a la vista. Tiene unas piernas hermosas, las piernas de una mujer de quince o veinte años menos. Pienso en que si llegara a tener sus piernas, a esa edad, me la pasaría mostrándolas. A cualquier edad, en verdad. Jorge mismo, que debe conocerlas de memoria, no puede evitar que sus ojos se desvíen de pronto hacia ella. Se gustan. Eso es indudable. Pero también hay, entre ellos, algo así como un vacío, algo que nunca termino de entender.

Jorge enciende la tele. Al revés de lo que sucede en otros casos, ellos tienen la tele buena, la más grande y que mejor se ve, en su cuarto, incluidos unos parlantes absurdos que al diez por ciento de su potencia ya hacen vibrar el piso. A veces se encierran la tarde entera, a ver una película tras otra. O se encierra mamá, y Jorge se va a su estudio y tal vez se pasa tres o cuatro horas armando únicamente la cola de un avión. A veces mamá sale del cuarto, entre película y película, a buscarse algo de tomar, o simplemente a respirar un poco. ¿Lloraste?, le pregunta Jorge. Sabe que ella aprovecha sus ausencias para ver esas películas insoportables, que yo también detesto, y que por lo general podrían resumirse: ella lo quiere, él ya no tanto. De vez en cuando ocurre al revés. Casi siempre son francesas, o cuando tienen un toque más de comedia, norteamericanas. Cuando por alguna razón Jorge y yo nos quedamos solos, buscamos alguna página y vemos una de suspenso, o cine oriental. Pero no esas películas en las que alguien contempla durante veinte minutos un rosal. No: películas de ahora, japonesas o coreanas, o de Hong Kong, en las que cualquiera mata a cualquiera sin ninguna razón. Los japoneses, todos los de ojos rasgados excepto los chinos (que atrasan cien años), tienen el cerebro destruido.

En la tele, una mujer le ruega a la cámara, al periodista, que encuentren a su hijo. El chico tiene seis años, y en el zócalo dice: “Tiene seis años y se lo tragó la tierra”. Lleva cinco días desaparecido, y como cualquiera sabe, las esperanzas son pocas.

“¿Podés sacar eso, Jorge?”, dice mamá, que de pronto vuelve de su letargo. “Sabés que no puedo ver esas cosas”. Es cierto. Quizá mamá sea consciente de lo frágil que es todo, de hasta qué punto todo puede desmoronarse con el mínimo movimiento. De pronto un trueno sacude la casa entera, y a los cuatro casi nos da un paro. “La puta madre”, dice ahora mamá, poniendo una mano en el lugar aproximado en que debe esconderse el corazón. “La puta madre, ¿dónde carajo decía que iba a llover?” No termina de decirlo que se larga. “Sacá, dale”, insiste señalando la tele. “Sacá eso”.

Jorge pasa de canal en canal. Es horrible haciendo zapping: necesita ver un minuto de todo, entender qué pasa. En otro noticiero hay una pelea de vecinos. Después los canales de deportes. Todo me da lo mismo. En algún momento me doy cuenta de que ya no miro; ni siquiera podría decir si le pegan a la pelotita con la mano, o con el pie. Ahora, sí, hay coches de carrera. Laura me mira, está mirándome justo en el momento en que busco su mirada. Algo de eso me pone nerviosa, o incómoda. Pienso que a ella también, porque alza las cejas sin ninguna razón. Un gesto que podría querer decir muchas cosas, pero no dice nada. Después hace un leve movimiento con la cabeza, hacia el jardín. Pero es lo mismo, pienso. Ahora soy yo la que alza los hombros. Todo me da lo mismo.

Mamá se harta y se va. Cumple con el ritual y nos da un beso en la frente, a Laura y a mí. A Jorge lo saluda con la mano, en retirada; un saludo interrumpido, como si buscara entrelazar la mano con la de él pero le quedara demasiado lejos.

Poco después, cuando mamá ya debe estar hundida en el sueño gracias a las pastillas, Jorge se levanta y va hasta la cocina. Escucho el sonido, suave, pero lo escucho: el sonido de una cubetera contra la mesada, vaciándose. En seguida aparece Jorge y nos pregunta, susurrando, si queremos algo. “Un trago para las dos”, dice. “Se los preparo bien ligero”. Yo no tengo ganas; ya estoy para irme a la cama, pero acepto para no dejarla sola a Laura. Estoy segura de que ella va a decir que sí, y odio esa complicidad que a veces tienen con Jorge. Jorge nos trata, a veces, como si fuésemos más grandes. Las dos lo sabemos, pero ella hace como si no se diera cuenta. Otras veces, en cambio, se hace la nena. Lo hace de aburrida, pienso.

Cuando Jorge vuelve con los tragos, Laura está con el control en la mano. Se detiene en un documental, sobre alguna guerra. Las imágenes parecen viejísimas, como del siglo XIX, y los soldados se mueven como en una película de Buster Keaton.

“¿Qué tiene?”, le pregunto a Jorge después de un sorbo sin ganas.

“Nada. Hesperidina, nomás. Jugo, soda. Si no, tu vieja me mata”. Dice tu vieja porque ella no está, de lo contrario sabe que lo ahorcaría. Mamá empieza a ponerse un poco sensible con eso. Pero a mí me parece que no debería molestarle, porque él lo dice de otro modo, de un modo que a cualquiera le gustaría escuchar.

Sigue un documental de animales, invariablemente, y después otro, pero no tengo idea de qué. Hay imágenes de paisajes, uno bien diferente del otro. Podría tratarse de cualquier cosa. Laura vuelve a cambiar, y ahora son aviones: una suerte de escuadra, o como se llame, planeando o a punto de atacar. Son imágenes viejísimas, también. En blanco y negro, pero a diferencia de las otras estas no aceleran ridículamente sino que parecen en cámara lenta. Aunque es posible que solo sea el efecto de los aviones suspendidos en el aire, dando la sensación de que apenas se mueven. Es tarde y estoy demasiado cansada, y es como si cada cosa tuviese un significado pero yo ya no tuviese energía para comprenderlo.

En eso Laura dice “Ey, Ey. ¡Jorge, son los tuyos!”

“¿Qué cosa?”

“Los aviones. Son iguales a los tuyos. A ese que estás armando, en realidad…”

“¿Y vos cómo sabés? ¿Cómo saben?”

Pero no es un reto, ni mucho menos. Yo levanto las manos, reclamando mi inocencia.

“No, el que estoy terminando es uno muy distinto”, dice, “pero de estos tengo unos cuantos. Son Mitsubishi, de la Segunda Guerra. Los Aliados los llamaban Zik, con zeta, pero en realidad se llamaban Zero”.

La mira a Laura cuando da los detalles, quizá porque sabe perfectamente que no me interesan para nada. Y ahí está otra vez esa complicidad que odio, aunque el odio me dure un instante.

“¿Quieren que se los muestre?”, dice. Yo frunzo la entreceja, niego con la cabeza mientras mastico un hielo, señalo la escalera con la palma de la mano abierta invitándolos solemnemente a que hagan lo que quieran.

“Vamos”, dice Laura, y se pone de pie de un salto. Cuando pasa a mi lado, antes de subir, me roba el trago y me da un beso en la frente, idéntico al que me dio mamá hace un rato.

Escucho voces: las escucho a medias, susurradas o lejanas. Estoy más dormida que despierta, así que lo primero que pienso es que vienen de la tele. Las voces de la tele siempre se me cuelan en el sueño. Pero no: es evidente que Mussolini habla a los gritos, aunque esté sin sonido. Busco, entonces, y enseguida los veo: están en la otra punta del jardín, a oscuras. El jardín húmedo. Ambos tienen las piernas encima de la mesa. Si me acercara un poco podría verle todo a Laura, pienso. Debe vérsele todo. Las voces son un susurro agradable, más agradable incluso que el silencio. Estoy transpirada, pegajosa. Debería irme a la cama, poner el aire a tope, o al menos darme un chapuzón en la piscina. Pero estoy tan cansada que ni siquiera soy capaz de moverme.


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