Entre el estupor y la condena, los vecinos intentan entender

Zárate, la ciudad conmovida por el crimen de Villa Gesell 

El asesinato de Fernando Báez Sosa a manos de un grupo de rugbiers de la ciudad socavó los cimientos en los que la sociedad zarateña descansaba
Imagen: Bernardino Avila

Zárate es una ciudad de calles angostas diseñada en 1827. Verde y arbolada, se recuesta sobre la rivera del Paraná. Con más de cien mil habitantes, posee el rasgo cosmopolita de toda ciudad portuaria, y el ritmo secuenciado de una ciudad del interior. Se duerme siesta en Zárate, el café de la plaza abre bien temprano y los boliches de la costanera cierran tarde.

Su matriz industrial se debe al puerto. A los puertos. Hay cuatro en actividad. Los utilizan las cerealeras agroexportadoras o firmas como Toyota y Honda. “Siempre se concesionaron, son privados”, explica Sergio Robles, historiador y director del Museo Histórico Municipal. Son puertos naturales de aguas profundas. Sirven a la logística de las grandes compañías asentadas en la zona desde el principio de su historia: los frigoríficos, las papeleras, la industria química, luego la automotriz.

Esta raigambre industrial forjó su identidad asociada a la calma de provincia y al trabajo, “al esfuerzo” dicen los vecinos. Pero esa calma era aparente, y este verano estalló.

Zárate hoy es una ciudad conmovida. Se reconoce como la cuna de los diez rugbiers que de vacaciones en Gesell tuvieron la demencial ocurrencia de matar a patadas a Fernando Báez Sosa , a la salida de un boliche. La ocurrencia los transformó en homicidas, y provocó un sismo en la ciudad. Socavó sus cimientos. Y el chistecito de acusar a Pablo Ventura, un joven que practica remo en el Club Náutico Zárate, desbordó la capacidad de asombro de una sociedad acostumbrada al dinamismo de lo comercial. Hay alerta y sospecha en Zárate. Hay miedo. Y también una red desde la cual los vecinos se plantan y sostienen: “No toda la juventud de Zarate es así”.

La sociedad está repudiando el crimen. Al punto de exigir la intervención del intendente Osvaldo Caffaro, y de impulsar la renuncia de la secretaria de Obras Publica, Rosalía Zárate, madre de uno de los implicados, Máximo Thomsen --concretada este viernes, en paralelo a una marcha de protesta que los vecinos realizaron en la ciuda--d. Pero no alcanza para menguar la tragedia. La sociedad zarateña se debate entre la historia y el presente para orquestar una explicación, y “para que no vuelva a ocurrir esto”, sostienen.

Nadie puede explicarse el suceso. No se entiende el porqué de “una cosa así”. Y no se habla de otra cosa en ningún lugar. En el bar, en las casas, en el club. Allí, el punto neurálgico de buena parte de esta locura homicida.

Hay dos grandes clubes en la costanera. En el Náutico Zárate se practica remo, canotaje, vela. En el Náutico Arsenal, hay una escuela de rubgy. Allí se formó este grupo de jóvenes, educados en colegios privados, que van al mismo gimnasio desde siempre y a los mismos boliches. Curiosamente, no provienen de las clases altas, sino de las clases media y media alta.

Esto sorprendió a los vecinos que los conocen o conocen a sus familias, porque todos se conocen en Zárate: “Son familias de trabajo, hay profesionales y los chicos tenían su actividad”, explican. No se refieren al deporte sino al plano laboral. Porque no todos son rugbiers en actividad. Sin embargo “son violentos --dicen--, varios tiene causas que van mas allá de inconvenientes disciplinarios en el club”.

Algunos son hijos de rugbiers y sostienen la tradición. El rugby propone “mucha fuerza y poca cabeza”, dicen. Y mucho alcohol. Aunque los peritajes indican que no lo hubo la noche del crimen. “El tiempo que media entre el boliche y la prueba puede ser suficiente para metabolizar alcohol y drogas en cuerpos jóvenes”, dice un especialista. Se refiere al amanecer en que son detenidos y se permiten una bravuconada: “Fue Pablo Ventura”, acusan.

Esa gota rebasó el vaso al que caían las lágrimas de las familias hostigadas por estos y otros jóvenes, involucrados en otras tragedias que hacen a la historia cruenta de la ciudad. Porque en la noche del crimen, Pablo fue a cenar con sus padres a La Querencia, un lugar de la costanera que aportó la prueba necesaria: los videos de seguridad del local confirman su coartada.

La Querencia mantiene la fachada de la fonda que supo ser, en tiempos en que el río se cruzaba en balsa, y servía de cobijo cuando en noches de neblina los pasajeros debían esperar 12 o 14 horas para cruzar. Con la inauguración del puente la actividad mutó, muchos edificios dejaron de utilizarse hasta que una obra de remodelación los recupera. Hoy son buenos sitios para disfrutar el aire del río. “Es un lugar centenario --cuenta su dueño, Osvaldo Fiore-- por eso al remodelarlo decidimos mantener la fachada original”, agrega. La costanera ha crecido. “Pero no me gusta tanto crecimiento, prefiero algo más tranquilo, somos una sociedad tranquila, contra todo lo que se está diciendo estos días”, explica. Y se reserva de comentarios sobre el caso que conmueve a la opinión pública de la ciudad.

Cuánto de responsabilidad les cabe a los clubes, al rugby, y a la exigencia de ser macho. Se esbozan respuestas. La necesidad de impostar una pose dominante es una. Ligada al deseo de pertenecer a las clases altas donde el rugby permite lucirse frente a las jóvenes adineradas que suspiran por los jugadores, a cual más rudo y más macho. Pero no hay explicación aspiracional que aminore la falta, son culpables. “Hay frustración en ese crimen, hay una violencia que indica otras faltas, le estaban pegando a algo que les falto o que les sobra”, propone Milagros Sauter profesora en secundarios públicos. “Es bronca traducida en violencia y no tiene una sola explicación, es multifactorial”, sostiene. Recuerda a alumnos que se duermen en clase porque no han comido la noche anterior o porque trabajan. Recuerda peleas en la cotidianidad de los estudiantes. “En algunos casos incluso se promocionaban en redes sociales”, cuenta. Se refiere a espacios como la cuenta de Instagram que llamaron “Peleas del Indu” (colegio Industrial) por caso, donde promocionaban las grescas hasta que los colegios, advertidos, obligaron a eliminarlas.

La ciudad tiene una tradición de peleas y es histórica. Fue desde principios del XX un lugar receptivo de olas migratorias y a las familias criollas les llegaban vecinos de a montones: italianos, españoles, belgas, croatas, irlandeses, junto a migrantes de la Mesopotamia y de países vecinos.

La sociedad zarateña conforma un crisol de razas tan argentino como ecléctico. Allí, la fisonomía, inicialmente vinculada a los frigoríficos, acuña la pelea como marca de origen. Entre 1920 y 1930 comenzaron a registrarse episodios de violencia cotidiana, permanentes. “Por un cruce de miradas se podía enfrentar alguien con un cuchillo a otro con un revólver --explica Robles--, y también se registra gran cantidad de suicidios. Entonces surgen instituciones tendientes a superar estas situaciones producto del analfabetismo y los intereses políticos. Porque en la mayoría de los casos, el antagonismo entre conservadores y radicales se dirimía a duelo”. Surgen los gremios. “Llega la doctrina social de la Iglesia, quizá para contrarrestar a los grupos de izquierda y anarquistas, y se forman bibliotecas populares y obreras, como herramientas de cambio social”, detalla el historiador.

Hoy las peleas trascienden estos márgenes. Y el caso reviste un perfil criminal. El porqué sucedió atañe a más de uno y excede al grupo familiar. Para Sauter, la explicación es social, y puntualiza: “Un Estado ausente propicia esto. En estos últimos cuatro años en los colegios se desmantelaron los gabinetes psicológicos. La oferta laboral es escasa. Esas cosas determinan conductas. El Estado tiene que promover un futuro atractivo y posible”, concluye. También gestionar herramientas para que nunca más lo inhumano se haga presente. Algo que desde el municipio se refuerza a través de programas destinados a la convivencia y el respeto. Entre otros, Costa Joven, donde participan unos tres mil chicos cada verano, y Noche Joven, destinadas a las actividades de la nocturnidad.

LA BANDA 38

Cuenta la leyenda que existió en Zárate un grupo de rugbiers llamado “La Banda 38”. Una patota pesada que llegó a ser el soporte de seguridad de grandes recitales de rock, y es señalada como los perseguidores de los remeros asociados al Náutico Zárate. Los rugbiers claro, son del Náutico Arsenal. Pero esto sería historia antigua. Y la trasmisión generacional del mandato de manada habría encarnado en “La Perrada”, otra banda que también intimidaba, hostigaba, salían a patotear o barrían las calles con vehículos a toda velocidad. Y como también crecieron, su relevo toma el nombre de “La Perradita”. Estos últimos, cuentan, se fueron más en bravuconadas que en bravuras y esto diluyó el espíritu de una rivalidad histórica entre los clubes. Aunque hay quienes sostienen que esta rivalidad es el origen del bullying al que sometían a Pablo Ventura, al que por ser “remero del Zarate” acusaban de cualquier cosa, en cualquier lugar.     

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ