Una enumeración exquisita de transformaciones, militancias feministas, poetas adoradas, rockstars, amores y amistades.

"Transgénica", la obra reunida de Gabby De Cicco: el magma desobediente

En su último trabajo, Gabby De Cicco subvierte sentidos y descubre las trayectorias de deconstrucción y regeneración de un cuerpo pizarnikeano, de la subjetividad y la propia voz. Libro de sobrevivencia, dirá la autora, escrito en clave íntima y política para volver a nombrar el mundo.
Imagen: Andres Macera

“Hacer preguntas, hablar de flores/ me fue dado después de la tormenta/ donde creí haber perdido/ mi voz”, escribe Gabby De Cicco en uno de los poemas iniciales de Transgénica. Este es su libro más reciente. Y además, abre la obra reunida de Gabby, con el mismo nombre, que acaba de ser editada por Baltasara. Si lo transgénico es aquel organismo modificado por ingeniería genética, aquí lx poeta subvierte el cientificismo, toma las riendas, decide ellx mismx convertirse en su mejor obra: deconstrucción que atraviesa su cuerpo, su subjetividad y por lo tanto, sus palabras. A partir de allí, nacen las preguntas y la voz recobrada. Estos tránsitos recorren Transgénica, la obra reunida, compilando siete libros escritos por De Cicco –que nació en Rosario en 1965 y allí es donde vive– desde mitad de los ochenta hasta ahora: Bebo de mis manos el delirio (1987), Jazz me blues (1989), La duración (1994), Diario de estos días (1998), Queerland (2011) La tierra de los mil caballos (2016), además del nuevo poemario. La enumeración no es azarosa: está vinculada a ese magma de transformaciones internas, militancias feministas, poetas descubiertas a lo largo del camino, amores y amistades mencionadxs en las dedicatorias de estos textos. A la vez, el discurso poético articula en un mismo espacio a rockstars como Patti Smith, Laurie Anderson o Joe Strummer (el mismo que dijo “el futuro no está escrito”) junto a poetas como Adrienne Rich, Mirta Rosenberg o Diana Bellessi, entre otrxs. De hecho, el libro incluye un “Bonus track” (Gabby los llamó así) con textos de contratapas, referencias bibliográficas y otras cartografías donde rock y poesía devienen fronteras porosas.

¿Cómo surgió la posibilidad de reunir tu obra poética?

–Mucha gente me decía que mis libros anteriores a Queerland y La tierra de los mil caballos, no se conseguían. Esa fue la primera motivación. A la vez, en 2017 se cumplieron 30 años de la publicación del primer libro. Me parecía que era un buen número. La experiencia de armar Transgénica me recuerda a esos cuadros de Remedios Varo de un largo pasillo con distintas puertas. Le comenté esta posibilidad a Liliana Ruiz, responsable de Baltasara, y se entusiasmó. Así que salió La tierra de los mil caballos en 2016 y luego empezamos a trabajar la obra reunida. Mientras tanto, seguí escribiendo otros poemas que terminaron configurando Transgénica, el libro per se. Me preguntabas además por la idea de “bonus track”… Bueno, yo trabajo conceptualmente. Para mí, escribir un libro es como hacer un disco o al menos, hacerlo al modo de ciertxs artistas que me gustan.

La poeta Claudia Masin dice en la introducción: “En el núcleo de este libro hay un cuerpo. Un cuerpo con lo que han hecho de él, un cuerpo deshecho, un cuerpo desecho. Pero también está el trabajo paciente de reconstituirlo”. En ese sentido, veo este libro como un doble movimiento, en clave íntima y política a la vez.

Transgénica da cuenta del punto hasta el cual llegué ahora. Sobre todo, haber podido traer un cuerpo intersex a la poesía. Eso que marca Claudia es la experiencia de un cuerpo desobediente de distintas normas, de ese cuerpo que ha pasado por el abuso, que está regenerándose por dentro. En ese sentido, este es un libro de sobrevivencia. Desde el primer libro está ese cuerpo melancólico, pizarnikeano. Y a la vez empiezan a aparecer otras autoras que me ayudaron a reformular a Pizarnik: las poetas feministas, las poetas tortas. Celebro por ejemplo la reciente reedición de Contéstame, baila mi danza, la compilación de poetas norteamericanas hecha por Diana Bellessi allá en los ochenta. Por entonces yo indagaba mi cuerpo lesbiano, a través de los textos de Hélène Cixous que aparecían en la revista Feminaria, la misma donde leí a Judith Butler por primera vez. A lo largo de mi poesía hay un cuerpo que se piensa con singularidades en cada momento.

¿Te referís a hacerse preguntas donde creíste haber perdido la voz, como decís en tu poema?

–Sí, reorganizarme como poeta lesbo feminista intersex no binarie. Cuando unx puede decir “soy”, “estoy”, el cuerpo puede preguntar. Para eso fue necesario leer a otras poetas, feministas, lesbianas y últimamente a autoras trans como Susy Shock y Camila Sosa Villada. A la vez, la impronta del feminismo me hizo hacerme otras preguntas que desde la poesía no nos terminábamos de hacer en torno a la enunciación de nuestro ser y nuestro deseo.

En el “Manifiesto Post-Apocalíptico Punk (Que explote)” ya no hay dudas del pasaje a lo político. ¿Cómo es la deriva que te lleva a denunciar el hétero(cis)patriarcado de esa manera?

–Nació de un lugar de mucho cansancio, de enojo que a la vez está alimentado por la fuerza activista: exigir que no se metan con las niñeces intersex, que no nos maten más a ninguna de las identidades, que no maten a ninguna mujer cis o trans. Este texto sale en un momento con un pico de femicidios, escrito con ese enojo, con varias versiones. Podría haber sido mucho más largo.

¿Cómo es la experiencia de usar lenguaje inclusivo en tu poesía?

–Si la poesía intenta ser un modo de volver a nombrar el mundo, entonces sentí la necesidad de avanzar en la utilización de un lenguaje no excluyente, que intenta nombrar eso que el lenguaje binario acota. En la práctica es un desafío y es un trabajo súper interesante. Una corrección ínfima te lleva a corregir todo porque contenido y forma están muy vinculados. La “x” que uso tiene que ver con una pronunciación que sería cercana a la “i”. Cuando digo “nuestras muertas” y luego aparece una enumeración con “x” y con “a” tiene que ver, por ejemplo, con que me estoy refiriendo a que no todas las travas quieren ser nombradas con “x” sino también con “a”. Siempre hay restricciones, esto es el planeta tierra, en este momento, en este lugar. Pero con esa intervención lingüística, se plantea un quiebre en el binarismo. Me han preguntado qué hacer con los poemas viejos donde me refiero a mí mismx con “a”. Yo no tengo problemas de leerlo así. Porque ese uso del lenguaje va marcando los mojones del viaje.

La tierra de los mil caballos explora la vida y la obra de Patti Smith, una cita recurrente en tu poesía. ¿Qué te interesa de ella?

–Hay una palabra básica: libertad. Leyéndola a ella, sus canciones, sus poemas, sus prosas, aprendí que se puede enunciar desde una zona que trascienda el hecho de si lo que decís cae bien o no, si tu palabra es aceptado o no, si te compran libros o no. Eso es decir de forma poética y digna. Patti es libre y me interesa reconocer en sus textos los patios de la bastardía, esa rebeldía que retumba en sus canciones y su capacidad literaria.

¿Y Adrienne Rich? Ella también es una gran referencia para vos.

–La Tata, como le digo, nos enseñó la importancia del cuerpo lésbico, desde una forma de decir que no elude pensar el lenguaje, la maternidad, el deseo, el activismo, el feminismo. Lo que tiene la poesía de Rich es que te va mostrando su propio proceso de descubrimiento. No te muestra el resultado de su transformación sino la transformación misma. Junto con June Jordan, que Flor Codagnone tradujo en un libro que publicó Bajo la luna y Audrey Lorde, entre otras, Adrienne abre el juego a una poesía que no se queda sólo en lo íntimo, eso que ella enuncia a partir de El sueño de una lengua común, que escribió en los setenta. Ahí puedo rastrear la razón por la que no publiqué en trece años.

¿Por qué?

–Porque estaba en la calle, participando de las primeras marchas para legalizar el aborto, creando iniciativas como RIMA, la Red Informativa de Mujeres de Argentina, que con la tecnología existente hace unos quince años puso en diálogo inquietudes feministas comunes a través del debate y el intercambio. En algún momento, aunque tenemos poetas como Bellessi o Mirta Rosenberg, el feminismo no prestaba atención a la poesía y viceversa. Pero yo sabía que ambos eran necesarios. Así que el activismo también fue tomando su forma poética. Me fui encontrando con activistas trans y aparecen Lohana Berkins, Mauro Cabral, Fabi Tron, incluso mi amistad imperecedera como Macky Corbalán. Ellxs, como Joe Strummer, también apuestan a que el futuro no está escrito y que podemos transformarlo. Todo eso fue dejando una huella que me llevó de vuelta a la poesía. Y a los poemas de Queerland, el nexo con los últimos libros, con las formas poéticas en las que me encuentro a gusto ahora.

El gran tema que recorre estos poemas, creo, es el amor en sus múltiples posibilidades, capaz de reunir a todas las pasiones, personales y políticas. ¿Qué opinás de esto?

–Si no hay amor, no habría poesía. Y es que unx aprende que la revolución no es solitaria. Para hacer la revolución tenés que confiar en quienes tenés al lado. Rich habla de las “revoluciones” con erre minúscula, las primeras, ésas que te pasan a vos y que luego empezás a compartir. No podés ir solx por el mundo. La escritura tiene esa instancia de soledad pero también tiene el encuentro con otrxs como correlato. Los feminismos nos enseñaron a tener el corazón empático. Intento no dejar de escuchar ese latido.

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