El cinco por ciento

EL CUENTO POR SU AUTOR

El estrago siempre es materno, aunque pueda haber intensidades. Arrasar como un tsunami o en el mejor de los casos, apenas una ola que revuelca. Lo cierto es que la relación madre-hija, como todo drama universal, ha causado la mejor literatura. El aliento del cielo, de Carson McCullers; Cómo hablar con tu madre, de Lorrie Moore; El sueño de mi madre, de Alice Munro; La crueldad de la vida de Liliana Heker; El baile, de Irene Nemirovsky. Son algunos de mis favoritos. Y seguro cada uno de ustedes tiene los propios, porque la literatura en torno a la madre es frondosa.

La carpeta “Cuentos sin terminar” está clasificada por año en mi computadora. De vez en cuando repaso los archivos, y aunque la mayoría mueren ahí, boqueando como los peces fuera del agua, puede que rescate alguno y me lleve una sorpresa. La ventaja es que pasado el tiempo, esos retazos de texto, algunos de pocos renglones, me resultan tan ajenos que ni siquiera recuerdo haberlos escrito.

En este caso, lo que tenía era una voz. Una depiladora quejándose de su madre. La dificultad estaba en que el punto de vista era el de la clienta, y de ella no se sabía nada. El cuento no podía funcionar así. Tenía que descubrir qué le sucedía a la narradora mientas se depilaba.

Los textos deben hablar por sí solos. Pero si tuviera que dar cuenta de lo que terminé escribiendo y van a leer a continuación, elegiría como referencia el cuento “Mamá” de Lucia Berlin. Otro de mis favoritos, con ese núcleo oculto pero potente que determina casi todo lo que sucede en la superficie entre madres e hijas: la culpa. Esa que no se extingue ni con la muerte.

“-Mamá lo sabía todo – dijo mi hermana Sally – era bruja. Incluso ahora que está muerta me da miedo que pueda verme.

– A mí también. Me preocupo sobre todo cuando meto la pata hasta el fondo. Lo más triste es que cuando hago algo bien me gustaría que me viera. ‘Eh, mamá, fijáte en esto’. ¿Y si los muertos andan a su antojo mirándonos a todos, descostillándose de risa? Dios, Sally, eso suena como una de las cosas que diría mamá. ¿Y si resulta que soy igual que ella?”

El estrago siempre es materno, aunque pueda haber intensidades. Arrasar como un tsunami o en el mejor de los casos, apenas una ola que revuelca. Lo cierto es que la relación madre-hija, como todo drama universal, ha causado la mejor literatura. El aliento del cielo, de Carson McCullers; Cómo hablar con tu madre, de Lorrie Moore; El sueño de mi madre, de Alice Munro; La crueldad de la vida de Liliana Heker; El baile, de Irene Nemirovsky. Son algunos de mis favoritos. Y seguro cada uno de ustedes tiene los propios, porque la literatura en torno a la madre es frondosa.

La carpeta “Cuentos sin terminar” está clasificada por año en mi computadora. De vez en cuando repaso los archivos, y aunque la mayoría mueren ahí, boqueando como los peces fuera del agua, puede que rescate alguno y me lleve una sorpresa. La ventaja es que pasado el tiempo, esos retazos de texto, algunos de pocos renglones, me resultan tan ajenos que ni siquiera recuerdo haberlos escrito.

En este caso, lo que tenía era una voz. Una depiladora quejándose de su madre. La dificultad estaba en que el punto de vista era el de la clienta, y de ella no se sabía nada. El cuento no podía funcionar así. Tenía que descubrir qué le sucedía a la narradora mientas se depilaba.

Los textos deben hablar por sí solos. Pero si tuviera que dar cuenta de lo que terminé escribiendo y van a leer a continuación, elegiría como referencia el cuento “Mamá” de Lucia Berlin. Otro de mis favoritos, con ese núcleo oculto pero potente que determina casi todo lo que sucede en la superficie entre madres e hijas: la culpa. Esa que no se extingue ni con la muerte.

“-Mamá lo sabía todo – dijo mi hermana Sally – era bruja. Incluso ahora que está muerta me da miedo que pueda verme.

– A mí también. Me preocupo sobre todo cuando meto la pata hasta el fondo. Lo más triste es que cuando hago algo bien me gustaría que me viera. ‘Eh, mamá, fijáte en esto’. ¿Y si los muertos andan a su antojo mirándonos a todos, descostillándose de risa? Dios, Sally, eso suena como una de las cosas que diría mamá. ¿Y si resulta que soy igual que ella?”

EL CINCO POR CIENTO

Bety lleva puestas las Crocs que le traje la última vez para sus sobrinos. A veces le paso ropa que a mi hijo le queda chica. Mirá, me las quedé yo, perfectas, dice levantando el pie como una modelo. Su monoambiente dividido por un biombo huele a cera y desodorante. Una vez arriba de la camilla, le pregunto por su madre que tiene noventa y vive en un pueblo de Paraguay. Bety va cada verano a verla, limpia a fondo la casa, le cocina y al mes, vuelve cansada. Pero este año, después de que su madre la acusara de robarle, Bety decidió no ir.

Mirá a vos te lo puedo decir, estoy tan aliviada. Viste que hay cosas que no se pueden hablar con todo el mundo. Cambié, antes dejaba que ella comande, estaba entregada, ahora se acabó, nena. Bety hunde la paleta de madera en la cera parecida a las que uso para cocinar y hace un movimiento envolvente como mezclando un bizcochuelo, después sopla encima y unta mis piernas. Me depilo desde los doce años así que no me parece insólito que ese chicle marrón, hirviendo, se endurezca sobre mi piel y después alguien tire y me haga ver las estrellas. La primera vez fue para mi confirmación. Mamá me llevó a lo de esa vecina que depilaba sobre la mesa de su cocina y hervía la cera en un jarro de aluminio sin colar, así que en cada pasada se veían los pelos como si la cera fuese papel de calcar. Cuando a los dieciocho llegué a la capital para estudiar en la universidad, me parecía increíble que existieran locales con boxes, depiladoras con delantal y cera cocinándose en aparatos con botonera. En uno de esos locales, conocí a Bety, hasta que años después ella empezó a depilar en su casa y se llevó a todas sus clientas, como hace la mayoría en algún momento porque en esos lugares las tienen en negro, a comisión y trabajan doce horas paradas.

A vos te lo puedo decir y sé que me vas a entender, nena. Siento alivio de no tener que ver a mi mamá. Encima que voy a ese pueblo de mala muerte con un calor de novela, me acusa de que le robo. Aflojate. Respirá hondo. Ya está. El médico dice que es de vieja, que no le irriga bien el cerebro pero yo la conozco y sé que se hace. Porque si fuera así ¿por qué no se la agarra con mi hermano? Con él es una seda. Conmigo la envidia la carcome porque yo me vine a Buenos Aires y compré mi departamentito haciendo esto. Bety se detiene, hace un medio círculo en el aire con la paleta paralela al piso, la otra mano en la cintura, su piel brillante por la traspiración. Un héroe, pienso. Nunca me había permitido tener malos pensamientos con mi mamá pero ahora es como si me hubieran abierto una canilla acá. Bety se toca la sien. Después hace un gesto de vuelo de pájaro con la mano indicándome que me saque la bombacha. Porque desde que nació mi hija, Bety me depila toda. Nena a la sala de partos se va con la zona liberada, sino te rasuran y después andá a aguantarte la picazón cuando te crecen los pelos. Además a tu marido le va a gustar, los hombres quieren así despejado, algunas se dejan un bigotito a lo Hitler otras me piden una copa, un corazón. Y aunque de eso ya hace diez años todavía es Bety la que tiene que separarme las piernas porque yo las cierro por instinto. Quieta, no te muevas, respirá, dice cuando avanza sobre los labios. Aquella vez la vecina le pidió a mi mamá que me trabara los brazos antes de untarme por primera vez. Ahora soy capaz de hacerlo sola. De contenerme para no gritar.

Desparramó entre los vecinos que yo le quise robar y la gente qué sabe si es verdad. Imaginate la vergüenza. ¿Qué necesidad voy a tener yo si a mí no me falta nada? Cuando Bety hace silencio el ventilador zumba sobre nosotras, mueve la humedad condensada. En el local, si yo hubiese querido sabés qué, podía decir que era pierna entera cuando era media y quedarme con la diferencia. Pero no, hice pesito sobre pesito. Yo le dije al médico, usted porque no la conoce, ella no está loca ni caduca. Si no, decime por qué a mí me manda a hacer una pila de milanesas a las once de la mañana cuando mi hermano no sabe lo que es una cocina. Él sale todas las noches, en cambio yo me tengo que quedar como una presa, porque la señora cena, se acuesta y vos no tenés más vida, a dormir también por más que sea la hora del vermú. No, si es lo que yo digo, nos va a terminar enterrando ella a nosotros.

La voz de Bety se evapora y estoy con mamá en la cama grande. Es de madrugada. La tengo agarrada de esa mano que tenía al final, un paquetito de huesos que yo envolvía con la mía cuando la expectoración no la dejaba dormir y a cada rato se sentaba en la cama, me pedía un pañuelo, tosía y yo enseguida se lo sacaba de las manos para que no viera. Pero ella sabía. Por eso empezó a regalarme cosas, anillos, pulseras. “Total yo no las voy a usar”.

Date la vuelta nena, que ya estamos. Vos tendrías que depilarte la espalda, no querés, es una nada que ni te cobro, sólo por gusto, porque te hace una sombrita en este hueco que vos no te ves. El dedo de Bety baila en mi espalda. Mi nariz contra la almohada que huele a la clienta anterior. Digo bueno a pesar de que sé que ya no habrá vuelta atrás, a partir de hoy tendré que depilarme también la espalda por el resto de mi vida.

Dormía la siesta en el sillón del living el día que mamá murió. Ella no alcanzó a accionar el timbre que sonaba como un pájaro desde el bolsillo de su piyama. Cuando me desperté y fui a verla a su habitación, ese barro negro que aspiraba la sonda desde su estómago, salía por la nariz hasta una bolsita tipo Ziploc que un enfermero vaciaba en el inodoro cada tarde, salía a borbotones por su boca. Ella todavía respiraba con los ojos en blanco.

Tenete vos. Bety me pide que la ayude, que yo misma mantenga los cachetes de mi cola bien separados así puede pasar ahora ese palito un poco más largo que un escarbadientes, untado, bien al fondo. Y después sopla ahí para ayudar a que la cera se endurezca. Por eso la poca inteligencia que dios me dio la usé para no casarme ni tener hijos, nena. Nunca te conté me parece, pero mi papá tenía otra familia y cuando mi mamá y la otra, se enteraron, se mudaron juntas y criaron entre las dos a los hijos. Éramos nueve hermanos. No me cierres, hondo, ya falta poco. Papá se borró y mamá empezó a prestarle plata a los capataces de la zona y a cobrar intereses, rápida con los números, así tuvimos lo que tuvimos. Ella llevaba la batuta. Hasta que la otra esposa se murió en dos días de una infección después de que la pateó una vaca. Eso nos dijeron. Pero para mí fue un golpe de mi papá, porque ella era hermosa, rubia, llamaba la atención. Te digo, en el campo puede pasar cualquier cosa que nadie se entera. A mí el Pombero me tiró de las patas pero yo pude escapar. Sabíamos que si escuchábamos su silbido no había que hacer caso porque podía hipnotizarte, perderte en el monte y quedar loca. Pero yo no hice caso. Esperá, no te me muevas, ahora te paso alcohol y te va a refrescar.

“Existe un mínimo porcentaje de posibilidad”, dijo el médico cuando le pregunté si mamá había tenido conciencia de que se moría. “Qué porcentaje”, insistí. “No más de un cinco por ciento”, dijo el médico, “pero haceme caso y tratá de no pensar en eso”.

Siento unos golpecitos en la cabeza. Listo, ya estás. Te vas más liviana. Cuando bajo de la camilla haciendo pie en un banquito, Bety se agarra la cabeza. Ay pero nena, qué tarada yo, hablando así y vos con lo de tu mamá hace tan poquito. Bety apoya sus manos sobre mis hombros. Perdoname, soy tan bruta. Un calor se me desparrama adentro como una caricia tibia y sin poder dominarme, me abrazo a Bety y lloro. Debajo de mis pies hay un vacío, un pozo profundo que nace en ese séptimo piso y llega hasta la calle. Si no me agarro de Bety, puedo caer y caer. Cuando me separo, mis mocos quedan suspendidos en el aire. Un puente colgante entre ella y yo. Mojé su remera. Entonces mis palabras salen disparadas de tanto que estuvieron ahí. Que no dejo de pensar en ese cinco por ciento que dijo el médico. Lo suficiente para que mamá se diera cuenta de que se moría sola. ¿Cómo pude quedarme dormida? Bety se me borronea por las lágrimas. Ay nena, hermosa, ella no murió, sólo cambió de estado. Esperá que te traigo un vasito de agua. Y tomala pensando en purificarte, pedí que te limpie la pena.

Una vez abajo, Bety sostiene la puerta de calle con el pie y quedamos en ese limbo entre afuera y adentro. El sol busca meterse en la oscuridad del palier. No la mentalices nena, haceme caso. Así la ayudás a que se eleve. Tu mami tiene que atravesar siete cielos, es importante que haga el viaje y no se distraiga. Bety apoya su mano sobre mi cara. Cierro los ojos y me imagino a mamá volando, con tules de colores y los brazos en ve por encima de su cabeza, impulsándose lejos. Los abro cuando Bety me da unas palmaditas igual a cuando me avisa que ya terminó. Sé que espera a la próxima clienta; todavía tiene que colar mis pelos nadando en la cera y sacudir los que quedaron sobre la camilla. 


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