Temas de debate: Estrategias para potenciar el comercio exterior

Cómo favorecer la inserción internacional

La alianza con Brasil y otros países cercanos parece un paso necesario para competir desde una posición de poder regional. Sin embargo, las diferencias se imponen y frenar oportunidades.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, junto al canciller argentino, Felipe Solá.El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, junto al canciller argentino, Felipe Solá.El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, junto al canciller argentino, Felipe Solá.El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, junto al canciller argentino, Felipe Solá.El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, junto al canciller argentino, Felipe Solá.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, junto al canciller argentino, Felipe Solá. 
Imagen: Télam

Producción: Florencia Barragan


Potenciar al Mercosur

Por María Sol Pasqualini *

La reciente reunión en Brasilia entre el canciller argentino Felipe Solá con su par brasileño y el presidente Jair Bolsonaro abre una serie de expectativas sobre el futuro de la relación bilateral con nuestro principal socio comercial. El vínculo entre Argentina y Brasil –más allá de las diferencias ideológicas– se encuentra atravesado por las tensiones recientes para consensuar estrategias relacionadas a los acuerdos comerciales. La postura brasileña se centra en la liberación del comercio en forma indiscriminada, en contraposición al gobierno argentino signado por el estrés financiero y la caída de la actividad –que han generado el cierre de industrias y la caída del empleo.

En este escenario, la implementación del acuerdo con la Unión Europea generaría serios problemas para diversos sectores industriales. Como consecuencia del tratado se requeriría un esfuerzo muy importante para fomentar inversiones de largo plazo, y también de políticas compensatorias a los sectores perjudicados, ambas necesarias para no ser desplazados por los productos europeos y sostener la competitividad en el mercado de Brasil.

Otro elemento determinante en la relación bilateral, pero que se amplía a los miembros del Mercosur, es el arancel externo común (AEC). Este conflicto cruza las posiciones entre el nuevo gobierno argentino y sus socios del bloque, ya que no hay acuerdo sobre cuál debería ser el valor de dicho arancel. El AEC es una tarifa que abonan todos los productos que ingresan al Mercosur y se utiliza para compensar las diferencias de productividades en las distintas partes del mundo. De esta manera, se potencian sectores sensibles generadores de empleo de calidad y productos de mayor valor agregado que, por características de la región, y ante la falta de una estrategia integral de desarrollo, no podrían competir o existir.

Pero no todo en el vínculo argentino-brasileño es negativo. Ambos mantienen una alta interdependencia comercial y productiva. El intercambio entre ambos promueve mayor participación de las pymes y posee una composición más diversificada que se ve reflejada en la preponderancia del comercio de manufacturas. La necesidad de establecer una estrategia que potencie el progreso de ambos países queda en evidencia cuando consideramos que por cada punto que crece la economía de Brasil, la nuestra lo hace en 0,25.

En la última década el comercio global se ha desacelerado y los países líderes han tenido desempeños económicos magros, en la misma línea, nuestro comercio bilateral con Brasil alcanzó su máximo en 2011. Desde ese entonces, se redujo un 48 por ciento implicando una pérdida de 4.800 millones de dólares por caída de exportaciones industriales a Brasil. Si a los resultados económicos le sumamos la baja institucionalidad y las diferencias ideológicas antes señaladas se reducen progresivamente las posibilidades de nuestro bloque.

¿Cuáles son los desafíos más importantes en los que deberíamos enfocarnos? En primer lugar, replicar la lógica del comercio intramercosur hacia fuera del bloque. Dentro del Mercosur, el intercambio comercial se compone principalmente de exportaciones industriales –70 por ciento de acuerdo a CEPAL. En Argentina, el 43 por ciento de las exportaciones manufactureras tienen al bloque como destino. Estas exportaciones con mayor valor agregado generan efectos positivos sobre el crecimiento, el empleo y los salarios en comparación con las ventas a otros destinos. Lo que sucede en relación con las exportaciones fuera del bloque es muy diferente. Ese intercambio está mayormente representado por productos de soja y derivados, mineral de hierro, petróleo, biodiesel y carnes. Es decir, productos con menor grado de elaboración.

En segundo lugar, el gran desafío del Mercosur es cómo consolidar un mercado regional que sirva de plataforma para escalar en las cadenas globales de valor con productos que incluyan el desarrollo de marca, diseño y tecnología regional. Y que, por sobre todo, garanticen la complementación y especialización de los socios. Para que la competitividad de la región se vuelva un activo del Mercosur necesitamos profundizar la unión aduanera, avanzando en la convergencia regulatoria y la eliminación de barreras al interior del bloque que dificultan la integración y encarecen los procesos. Además, facilitaría las inversiones, el trabajo conjunto en áreas de servicios y el desarrollo de nuevas tecnologías.

El mundo en el que se proyecta el futuro del Mercosur está cambiando. Las principales potencias disputan una territorialidad en crisis donde las nuevas tecnologías protagonizan el vértigo de la competencia. No participar de esa carrera agranda las brechas, alejándonos del desarrollo y la innovación. Es en esa trama donde el Mercosur deberá insertarse con su propia lógica, y para ello será central el rol que puedan tomar instituciones de la sociedad civil como las universidades, los empresarios y los trabajadores para mejorar y profundizar la relación estratégica entre los Estados Parte.

* Coordinadora Departamento Comercio y Negociaciones Internacionales en UIA.


Los ganadores de siempre

Por Pablo Kornblum **

La Europa renaciente de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial era el futuro. La Unión Europea iba a ser la consolidación de un mundo homogéneo y pujante, bajo la lógica capitalista, occidental y democrática. El tratado de Maastricht de 1992, junto con la creación y puesta en circulación del euro en los albores de este siglo, eran la culminación de un proceso virtuoso, acordado, prácticamente sin fisuras. Una Europa potencia dispuesta a demostrar que, bajo el halo de un desarrollo socio-económico y productivo común, podrían aventajar como modelo de vida al imperio estadounidense, al alicaído pero siempre vanguardista Japón, a la transicional Rusia, y a la consolidación del ‘Socialismo de Mercado’ chino.

¿Qué Europa tenemos hoy, pasadas nada más que dos décadas de aquel momento cumbre? Un pedido de clemencia para que los Estados Unidos vuelva al dialogo con Irán por el acuerdo nuclear; una Irlanda que hace caso omiso a la legislación laboral o medioambiental comunitaria para incentivar inversiones a como dé lugar; una Francia que aplica una tasa de digitalización que impacta a propios y extraños, agudizando la guerra comercial global; o los mismos británicos, que a días de pegar un portazo denostando a sus otrora ex socios, festejan un convenio con China/Huawei por la tecnología 5-G en todo el Reino Unido.

El complemento macro se nutre además de las políticas que impactan en el entramado socio-económico: los países nórdicos desmantelando lentamente el Estado de Bienestar en nombre del ‘empoderamiento del individuo’; una reconversión productiva que transfirió el valor agregado a las industrias de los países emergentes, equiparando tecnología pero con menores salarios; el pedido de ajuste fiscal a los ‘ineficientes griegos’ por parte de la propia Bruselas, que solo le interesa recuperar lo prestado a un país inviable post-crisis del año 2010, a sabiendas que las ganancias se habían concentrado en una elite política y financiera corrupta, mientras las pérdidas se terminarían socializando a través de fuertes medidas de austeridad.

Evidentemente, hay 3 ejes que mellan contra lo lógica de poder europeísta: por un lado, los resquebrajamientos intra-nacionales (inmigración, pérdida de las capacidades de los Estados de generar desarrollo socio-económico) propias de un capitalismo cada día más agresivo y desigual; por otro lado, la grave equivocación (bajo la típica dialéctica de los Organismos Internacionales) de homogeneizar las políticas inter-estatales de la Unión Europea; y finalmente, no alcanza la cooperación y las buenas voluntades para construir poder cohesionado en base a una fortaleza política y militar.

En contraposición, Estados Unidos, China y Rusia, en ese orden, si han logrado mantener o incrementar sus cuotas de poder global. Poseen claramente en su haber los puntos dos y tres. Y cuando miran hacia adentro, las debilidades generadas inherentes al sistema se las contrarresta con poder de coerción.

¿Tenemos desde nuestros lares una lógica de poder regional? En términos políticos-militares, totalmente descartado. A la pulverización de la Unasur bajo la dinámica de izquierda versus derecha que prima en nuestra región – trasvasadas por la histórica Doctrina Monroe estadounidense, se le adiciona un Mercosur que claramente nunca funcionó en plenitud. El consenso de las políticas macroeconómicas, tanto domésticas como mirando hacia afuera, quedaron siempre en el debe.

Como no hemos estado a la altura de construir poder regional, menos aún de avanzar hacia un estatus de potencia media en soledad bajo un escenario intrínseco altamente desfavorable. Las enormes problemáticas argentinas de tinte institucional, enraizadas en la corrupción y la mala praxis, han sido la norma y no la excepción en el último medio siglo. Solo existen soluciones con beneficios individuales y parciales, no para el conjunto de la sociedad. Ello se observa en el propio Tratado de Libre Comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, donde los grandes grupos agroexportadores sacarán provecho una vez más de nuestras abundantes y preciadas materias primas; siempre a cambio de la compra de productos de mediana y alta tecnología, la extensión en la vigencia de patentes (especialmente las industrias farmacéuticas y la electrónica), o la posibilidad de adquirir sin obstáculos los denominados ‘metales raros’. Podemos disentir si económicamente el acuerdo será favorable para nuestra frágil macroeconomía. Lo que es seguro es que no nos servirá para construir poder real en términos de proyección global.

Pero además, las voces de los ganadores de siempre ya comenzaron a pedir cambios que impliquen la reducción de la presión impositiva y la reforma de los convenios laborales. Bajo la bien conocida doctrina del ‘esfuerzo permanente’, estos grupos explicitan, una vez más, la urgente necesidad de ser más competitivos. Salarios africanos y 50% de los niños bajo la línea de la pobreza multidimensional – sin una educación y salubridad de calidad que nos permita desarrollar un capital humano superador para el futuro -, es un cóctel perverso y explosivo que no podemos permitirnos. Pero no solo porque es inmoral para con nuestros conciudadanos: sino porque este eje socio-económico solo ayuda a sostener el círculo vicioso de la dependencia productiva, sin crear un ápice de verdadero poder económico, tecnológico y militar que nos genere, al menos, cierto respeto a nivel internacional.

** Economista y doctor en Relaciones Internacionales. Autor del Libro “La Sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana.”

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