Juicios, infidelidades y femicidios: María Bjerg explora el lado oscuro de la inmigración en Argentina

Los que no lograron "hacer la América"

Según la narrativa oficial, a principios del 1900, españoles e italianos se adaptaron sin problemas a una nación llena de oportunidades. ¿Pero qué ocurrió con aquellos hombres que no lograron "hacer la América"? ¿Cómo resolvieron la nostalgia por el desarraigo, la lejanía de los afectos y la frustración laboral?

Hacia fines del siglo XIX y principios del XX, Argentina recibió aluviones de europeos. Los españoles y los italianos estuvieron a la cabeza del ranking, pero también –entre otros– pisaron fuerte los ucranianos, polacos y rusos. La historia oficial, la que cuentan los manuales escolares, describe que, por lo general, fueron los hombres –en algunos casos padres de familia– quienes primero cruzaban el charco en busca de buenas oportunidades laborales. Y luego, si todo iba bien, conseguían traer a sus parejas y al resto de la familia. En el fin del mundo, la movilidad ascendente era posible y Europa lo sabía.

Pero la inmigración también tuvo un costado menos feliz para los viajeros. Muchos no consiguieron hacer una diferencia económica y, para procrastinar la frustración que significaba el incumplimiento de sus promesas, dejaban de contestar a las cartas de sus esposas, cortaban el envío de remesas con dinero para la mantención de sus hijos y, de remate, inauguraban sus nuevas vidas. Trababan otros vínculos amorosos, tenían otros hijos y sepultaban su pasado –todavía vivo– a miles de kilómetros. Los rumores, no obstante, cruzaban el Atlántico más temprano que tarde y las mujeres, con mezcla de angustia y rabia, se embarcaban a constatar con sus propios ojos lo que ocurría. Iban a la Justicia, denunciaban la infidelidad y realizaban juicios por bigamia. El fenómeno escalaba más alto cuando en las comisarías ni siquiera registraban sus denuncias. El periplo llegaba a finalizar en lo que ahora se nombra como femicidio.

María Bjerg es doctora en Historia (UBA), docente e investigadora de la Universidad Nacional de Quilmes en el Centro de Estudios de Historia, Cultura y Memoria. Hace poco publicó Lazos rotos. Inmigración, matrimonio y emociones en la Argentina de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, por la editorial de la UNQ. En su investigación se introduce en los cruces entre inmigración y emociones. Así descubre historias insospechadas de un pasado que se escribe en tiempo presente. Su propio origen inmigrante (su apellido es danés, y quiere decir "montaña") y un viaje a Dinamarca, cuenta, dispararon parte de las reflexiones que vuelca en su trabajo. 

-¿Fue a Dinamarca por algo en especial? 

-Visité a familiares que viven muy cerca de Copenhague. Fui en busca de mis raíces y la estadía me vino muy bien para hacer mi tesis de doctorado. Investigué las colonias de inmigrantes danesas –súper conservadoras– que se alojaron en el sudeste de Buenos Aires hacia finales del siglo XIX y principios del XX. Si bien realicé un trabajo de historia bastante clásico, de corte socio económico, también sumé una última parte más cultural. Allí exhibía cómo estos daneses, a pesar del desarraigo, lograron mantener sus tradiciones culturales muy fuertes. Inclusive, manifestaron mucha retención del idioma. Hoy la colectividad es más abierta, pero hasta la generación de mis padres los casamientos eran mayoritariamente endogámicos. Mi papá quebró esa costumbre de conservación cultural porque se casó con una morocha argentina.

-Aquí ya se pueden ver los cruces entre sus temas principales de investigación: emociones e inmigraciones.

-Quizás un anticipo, porque en verdad comencé a interiorizarme en el campo de historia de las emociones a partir del libro El viaje de los niños. Infancia, inmigración en memoria en la Argentina de la segunda posguerra, de 2012. En este caso exploré la experiencia infantil durante la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Entrevisté a un grupo de adultos que habían viajado a Argentina hacia el principio de sus adolescencias y me relataron sus infancias atravesadas por estos dos acontecimientos que sacudieron a Europa. En aquel momento advertí el peso explicativo que las emociones tenían, podían ser comprendidas en su conjunto como una categoría analítica relevante. Fue muy inspiradora esta experiencia porque el libro es el fruto de un trabajo colectivo: cada vez que terminaba un capítulo se los ofrecía para que lo leyeran.

-¿En qué medida es posible confiar en sus memorias infantiles? ¿Cómo introducirlas en una investigación científica?

-Ciertamente se trataba de memorias muy atravesadas por relatos que sus propios padres y abuelos les habían narrado. En sus discursos las cargas ideológicas estaban presentes, provenían de mundos completamente fragmentados por grietas muy potentes. Pero, ojo, conmigo pasaba algo similar en cierto punto: los investigadores no estamos exentos de nuestras propias subjetividades. Cuando les ofrecí que leyeran algún fragmento de los que había escrito sobre ellos y sus trayectorias familiares, me planteaban que utilizaba el lenguaje de los vencedores y no el de los vencidos. Según sus puntos de vista, empleaba un recorte bibliográfico que no incorporaba el modo en que ellos pensaban sobre sus propias historias. Se trata de individuos que tuvieron que dejar todo y vivir refugiados en distintas partes del mundo, con la opción clausurada de volver a sus países. Uno de mis entrevistados describe muy bien cómo su padre, al no poder superar la tristeza que arrastraba, “no vino a vivir, sino a morir a Argentina”. La melancolía lo mató al cabo de seis o siete años de llegar.

-Es que las emociones están muy imbricadas con los procesos de migración.

-Por eso la nostalgia es un sentimiento central en un país como Argentina que, a principios del siglo XX, estaba colmado de gente sola y desarraigada. Inmigrantes que hacían esfuerzos enormes de adaptación y que añoraban el pasado y sus seres queridos que habitaban una tierra a miles de kilómetros. Investigar en el campo de historia de las emociones permite advertir que no solo éstas se modifican con el tiempo, sino que también se transforman los lenguajes por intermedio del cual se expresan. Aquí radica la virtud del historiador para desentrañar a qué emoción se refieren los sujetos cuando se intercambian correspondencia a principios de 1900. Muchas veces, podemos hallarla en el subtexto y no en el texto.

-¿A qué se refiere?

-Cuando escribí Lazos rotos recurrí a expedientes judiciales que llevaban cartas adjuntas. En general, el hombre español o italiano que había viajado a Argentina a probar suerte, se carteaba con su esposa que había quedado en Europa. En estos casos es muy raro encontrar la palabra “amor” para definir el vínculo unía un matrimonio. En cambio, se hablaba de “cariño”. Tener una relación amorosa comprendía algunas premisas que se repetían en casi todos los casos: de parte de la mujer, se expresaba en una demostración de obediencia con el marido; el hombre debía exhibir una responsabilidad de cuidado.

-¿Cómo se expresaba el cuidado a kilómetros de distancia?

-En el envío regular de remesas de dinero a Europa, que no siempre llegaban. También existe un costado oscuro de las inmigraciones que constituyen y dieron forma a la cultura de nuestro país. Además del inmigrante más o menos exitoso y de la movilidad social ascendente que ofrecía Argentina, había otras realidades. Esa figura del marido yendo a buscar a su esposa al puerto y, tras décadas de no verse, reanudan el vínculo amoroso como si el tiempo no hubiese transcurrido, es un poco idílica. Sabemos que las cosas no funcionan así en la vida. Para la investigación accedí, precisamente, a esos casos que no terminaron con final feliz, y que fueron llevados a la justicia.

-¿Por qué iban a la justicia?

-Porque las migraciones a esa distancia y con tal grado de incomunicación –como sucedía a principios del siglo XX– modificaban de forma drástica las subjetividades del hombre que emigraba, y de la mujer que se quedaba en Europa. Algunos de los matrimonios que relevé eran parejas que llevaban muy poco tiempo de casados cuando se separaron. Las mujeres habían quedado embarazadas y los hombres ni siquiera conocían a sus hijos, una vez que los veían, tenían 10 años quizás. Madres que criaron solas a sus bebés, mientras los padres asistían a otro mundo: en Argentina se encontraban con una sociedad cosmopolita llena de ofertas. Una realidad diferente que, a menudo, no tenía nada que ver con la pobreza de sus aldeas.

-Existe la distancia para el amor entonces.

-Es que muchas veces los inmigrantes tenían otra vida formada con familia y amigos nuevos que habían adquirido aquí. Entonces, cuando sus esposas viajaban desde Europa, lo hacían con los papeles que certificaban su casamiento previo para, directamente, acusarlos ante la justicia de infidelidad. Algunos hombres fueron presos por bígamos. Y, cuando no habían formado otra familia, la relación quedaba muy deteriorada. También hay casos de hombres que, como extrañaban y no podían cumplir con la promesa de traer a sus parejas e hijos a Argentina, retornaban rápidamente a su país de origen. Los índices de retorno son muy altos.

-¿Cómo investigó todo esto?

-Las cartas que utilicé como fuente venían con los expedientes, operaban como materia probatoria que las mujeres aportaban en los casos de bigamia para afirmar, ante la justicia, que los acusados, oficialmente, eran también sus esposos. La violencia de género en muchos casos culminaba en homicidios, o bien, en agresiones corporales muy severas, con las mujeres que se salvaban de casualidad. Una de las cuestiones más sensibles que despertaba el conflicto matrimonial era el fracaso económico del hombre.

-Hombres que desde Argentina prometían un progreso que luego no se cumplía…

-Las mujeres reclamaban: “Me hiciste venir hasta acá, en las cartas me contabas lo bien que te iba y resulta que es todo mentira. Aquí no hay dinero ni prosperidad”. Muchos hombres, heridos en su honor y en su condición varonil, reaccionaban de las maneras más violentas. Durante ese tiempo de separación, las mujeres se hacían cargo de la crianza de los hijos y de la administración de los pocos bienes que quedaban en sus casas, mientras que los hombres hacían una vida casi de solteros del otro lado del océano. Muchos se volvieron alcohólicos, de hecho, se convirtió en un problema muy severo entre los inmigrantes de principio de siglo.

-Se sentían heridos en su honor en un marco social completamente machista.

-Imaginemos la situación: las esposas viajaban llenas de ansiedad para toparse con una situación idílica narrada por correspondencia, y se encontraban con maridos alcohólicos que no habían podido avanzar un paso económicamente. Había paisanos de la colectividad a los que les iba muy bien en una sociedad en pleno crecimiento, mientras que ellos veían que no movían ni un centímetro la aguja de su progreso social. Retratar esta situación en las cartas hubo de ser muy frustrante y motivo de vergüenza, por eso no lo contaban.

-Además de las cartas, usted destaca la función de los objetos materiales. A veces, quien viajaba dejaba una cadenita o un anillo que los hacía sentir más cerca a pesar de la distancia.

-Existe una interrelación emocional entre los objetos y los sujetos. No obstante, no siempre las cosas transmitían emociones positivas. Guardarse un relicario o una foto podía ser romántico, pero después de una década de separación, ya no se le asignaban los mismos sentidos que al comienzo. Algunas cartas de las que exploré llevan acompañados retratos. Hay uno que le manda a su mujer que es muy divertido, le dice algo así como: “Me disculpo por la imagen, sé que no es tan buena. Cuando me tomé la foto estaba un poco sucio”. Entonces, cuando su esposa viaja a Argentina con su hija ya grande, el marido ya había realizado una vida paralela con otra familia. De modo que se presenta ante la Justicia con la partida de casamiento, las cartas que se enviaban periódicamente y el retrato como prueba de infidelidad y bigamia.

-¿Las mujeres eran escuchadas cuando iban a la justicia?

-Como sucede en la actualidad, era un camino difícil de transitar. Seguramente hubo muchos intentos que se quedaron en ello y no me pude enterar. El denominador común en los casos que analicé es que ellas no se presentaban solas sino acompañadas por alguien más: los sacerdotes de las iglesias a las que recurrían para solicitar ayuda una vez que estaban en Argentina, algún hermano que había viajado previamente, un vecino que conocía de su país de origen. Los fiscales, contrariamente a lo que esperaba por el machismo reinante en sociedades como éstas, podían llegar a ser bastante severos con los hombres acusados de bigamia, violencia u homicidio. 

-Hoy también hay inmigrantes, amor y emociones. ¿Podría realizar su investigación en la actualidad?

-Ya no tenemos las cartas, pero tenemos emails. Existen muchos trabajos para inmigrantes contemporáneos desde la sociología y la antropología de las emociones. Loretta Baldassar, por caso, analiza qué ocurre con los padres (adultos mayores) cuando los jóvenes italianos migran a Australia. Examina cómo la migración quiebra la relación de cuidado de los hijos y cómo afecta la emocionalidad de los que se van y de los que se quedan. La presión y el reclamo paternal generan culpa en los pibes, una emoción que termina por articular el vínculo. Las estrategias para revertir esta situación insisten en reconstruir la copresencia a partir de comunicaciones virtuales. Rituales de llamadas en días y horarios fijos, envío de regalos, visitas navideñas, intercambios por Skype. Baldassar señala, además, que la mayor carga recae sobre las mujeres.

-Migrantes, madres y esposas que cargan con la herencia culpógena de los padres.

-Deben hacerse cargo de adaptarse ellas mismas a su nueva realidad, cuidar a sus familias en Australia, pero también a sus padres mayores en Italia. Cuando los hermanos son del mismo sexo, la autora muestra cómo la responsabilidad recae en el menor. Finalmente, esas cosas se compensan porque quienes se encargan de los últimos cuidados, por lo general, acceden a mayores beneficios, herencias y cesiones de patrimonio.

 

¿Por qué María Bjerg?

María Bjerg nació en Juan N. Fernández, un pequeño pueblo rural bonaerense de chacareros, a 80 kilómetros de Necochea. Quiso ser periodista y comenzó a estudiar Comunicación y Periodismo en La Plata. "Pero no me convenció y me anoté en Historia en Tandil, esta vez en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires", cuenta.

"Cuando ingresé, con la reapertura democrática, fue el gran esplendor de la institución. Tras el exilio, volvieron grandes profesores como Juan Carlos Garavaglia, Raúl Mandrini y Eduardo Míguez. Ellos fundaron el Instituto de Estudios Históricos Sociales y tuve la suerte de formarme como investigadora allí", recuerda. 

Tras un viaje a Dinamarca y una beca del gobierno sueco, volvió a Buenos Aires para realizar su doctorado en la UBA, y desde hace veinte años trabaja en la Universidad Nacional de Quilmes. Desde entonces puso el foco de su trabajo en investigar los cruces entre inmigración y emociones.

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