Mañana en Tribunales

EL CUENTO POR SU AUTOR

Está comprobado, aunque no probado, que son las noticias policiales lo que primero se busca en la prensa gráfica, en cambio, hay quienes aseguran que ese privilegio lo sustentan las noticias deportivas; no vale la pena embarcase en una discusión, lo cierto es que tanto las policiales como las deportivas hasta comienzos del siglo XX carecían de interés general, era información confinada en las páginas menos importantes de los medios de la época. Este maltrato se acabó a mediados de 1913. El 15 de septiembre de ese año, Natalio Botana, un joven uruguayo con una especial visión del periodismo, presentó el primer número de Crítica, un tabloide que pondría del revés a la prensa de ese momento. Botana decidió que las noticias policiales, por su carga dramática y por su natural crueldad, ocupasen un sector importante de la primera plana del diario y además exigió que fuesen escritas por las mejores plumas de la redacción. En febrero de 1927, seis meses después de la publicación de El juguete rabioso, Roberto Arlt comenzó a trabajar en la sección policiales de Crítica. Cierta tarde le tocó cubrir el suicidio de una muchacha española, a partir de esa tragedia, Arlt escribiría una de sus más célebres piezas teatrales: Trescientos millones.

Las noticias policiales me interesan con especial cariño, convengamos que generalmente narran situaciones límites, asuntos que no imaginamos que fueran a suceder y, sin embargo, suceden. ¿Morbo? ¿Curiosidad por lo prohibido? No tengo respuestas para esas preguntas, lo cierto es que escribí más de un cuento gracias a esas noticias. “Mañana de Tribunales” es uno de ellos. En esta ocasión, el hecho me inquietó menos que el sitio en donde se había producido ese hecho. El final del cuento tiene un ligero cambio, un matiz con respecto a la historia real. Espero que el lector sepa comprenderme. “Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”: con estas palabras Borges cierra uno de sus cuentos memorables. Ahora que lo pienso, “Emma Zunz” bien pudo haber surgido de una noticia policial.  


MAÑANA DE TRIBUNALES

Que cara de infeliz, piensa aún dormido, y piensa que no es muy original en sus juicios: todas las mañanas a esa misma hora y frente a ese mismo espejo piensa lo mismo. Luego mojarse la cara, que ya no es tan de infeliz, afeitarse, y juzgarla otra vez. Mágicamente, ha dejado de ser de "infeliz" para convertirse en el triunfante rostro de Barragán, del señor Barragán, del hábil Barragán, del necesario Barragán, del estúpido Barragán que dejó hervir el café y paciencia, habrá que tomarlo así: hervido, aunque no le guste. Un segundo de indecisión: ¿de traje o de sport? Mejor de sport: saco de tweed y pantalón gris. Repetirse que primero el pantalón y luego los zapatos y maniobrar el pie para no arrugar los pantalones, pero no sacarse los zapatos. Una rápida mirada al departamento: todas las luces apagadas. Salir. Día de sol. Saludar al portero con una sonrisa. Caminar hacia el garaje. Detener la marcha: hoy no en coche, ha decidido ir a pie, casi como paseando ¿Y la entrevista con la gente de Tartaria? Sonríe: es una linda mañana y quién le impide caminar hacia el lado de Plaza Francia. 

De paso, pensar un poco en los contratos de Tartaria. No perdonarse el error cometido. Sentarse en un banco para pensar de nuevo en el error, sacar un lápiz dispuesto a hacer los cálculos del caso y de golpe medir la distancia con el lápiz, como cuando dibujaba. Pensar en la maldita cláusula que omitió en el contrato de Tartaria, que el dibujo lo abandonó hace tiempo. Sonríe otra vez: apenas dibujante de publicidad; no exageremos, curso por correspondencia que garantizaba un brillante futuro: en un cuadrito el triunfador frente a su mesa de trabajo, de camisa sport y despeinado, observando feliz su obra casi terminada; tenía un vaso de whisky en la mano. En el otro cuadrito de nuevo el triunfador, ahora vestido de noche, en una elegante reunión, también con el vaso de whisky en la mano y rodeado de tres bellas muchachas que lo escuchaban admiradas. "Un trabajo independiente, lleno de futuro". Mande cupón. Y mandó cupón. Había sido muy fácil terminar el curso. Nunca hubo mesa de trabajo o vaso de whisky o reuniones elegantes o tres muchachas que lo escucharan admiradas. Nunca como dibujante, claro. Que si bien las muchachas no abundan, hay y habrá muchísimas reuniones elegantes y muchísimos litros de whisky. Así lo requiere la Empresa y, no olvidemos, Barragán es una figura clave en la Empresa, clave aunque omita el inciso "B" de la cláusula quinta del contrato de Tartaria. Entonces por qué pensar en el frustrado (¿frustrado?) porvenir de dibujante y por qué Plaza Francia, si la propuesta era caminar como si fuera domingo, sin apuro, no hay nada importante que hacer y uno es chico y llega hasta la Torre de los Ingleses y le pregunta a papá, que está al lado de uno, cómo diablos hacen para darle cuerda al reloj, allá arriba, y papá explica y lo lleva, sin apuro, hasta allá arriba y desde allí todo es diferente: de un lado, un rompecabezas de vías y trenes que llegan o se van; del otro lado, los juegos del Parque Retiro. Ya no están. Han construido el Sheraton Hotel. El progreso, piensa, y cruza la plaza buscando una librería. Compra papel y sobre. Ahora a un bar pues, si omitimos el café hervido que tomó en su casa, todavía no ha desayunado. Dos medialunas y un té y antes de escribir la carta entretenerse haciendo algunos dibujitos, como en sus buenos viejos tiempos, cuando soñaba con ser un triunfador del mañana. Por fin la carta y, después, carta y dibujos al bolsillo del saco. Las medialunas sabrosas, el té malo, pagar y caminar hasta el edificio de Tribunales que eso estaba decidido desde hacía rato y no hay por qué demorarse. Un nuevo interrogante en la esquina de Leandro Alem y Córdoba: ¿seguir por Alem o subir por 25 de Mayo? Le gusta 25 de Mayo, por ahí habían andado una noche Jorge y él, adolescentes y curiosos, con algo de plata en el bolsillo, Jorge y él dueños del mundo y las coperas como esperándolos a él y a Jorge, que lo fue a ver el otro día, seguramente después de pedir entrevista, porque al señor Barragán hay que solicitarle entrevista, habrá explicado su eficiente secretaria y en la agenda anotó fecha y hora y anotó Jorge y, entre paréntesis, anotó "amigo" y "amigo" quedaba como el nombre de una empresa comercial que le pedía una cita al importante Barragán, que se recuerda sonriendo por todo eso, que se recuerda abrazando a Jorge, que cuanto tiempo, que te acordás de aquella época, que en qué andás, pero che lo bien que se te ve. Y era mentira, nomás por la ropa se notaba que Jorge no andaba bien, por la ropa y esa cara de no entender nada, de encontrar a su amigo, el dibujante, ahí metido, en semejante despacho, viste che, y con tantos teléfonos y hasta pantallas de TV, circuito cerrado para controlar la producción sin moverse del escritorio, explicó y las hizo funcionar para asombro de Jorge, que preguntó si no se aburría de todo eso y con la mano hizo un gesto y "todo eso" de pronto se extendió mas allá de la oficina y de la fábrica. "No hay tiempo para aburrirse", le explicó. Y, efectivamente, no había tiempo, que casi no queda para seguir atendiéndolo, y mirá, llamame o te llamo, que ahora tengo que resolver el problema de unos contratos, dijo sonriendo y ya no recuerda a qué había ido su amigo, pero recuerda que rompió el papel en donde Jorge le había anotado su dirección y su teléfono, que ni tarjeta tenía. Y dónde andará ahora, que hoy podrían encontrarse, en La Taza de Oro, por ejemplo. Aunque esa confitería no es de los tiempos de Jorge sino de Noemí. Feo nombre, recuerda y también recuerda que con su nombre dibujó una cabaña y eso a ella le gustaba y él le habló de su soledad y eso le gusta a todas las mujeres y por un tiempo Noemí fue maravillosa e irremplazable y sonetos con Noemí y planes con Noemí y todo para Noemí, hasta que el propio Presidente del Directorio le hizo la advertencia: amigo Barragán (para reprenderlo siempre lo llamaba "amigo"), usted ocupa un alto cargo en la Empresa y desde ese cargo, usted entienda, un hombre casado, no puede mantener relaciones, por lo menos relaciones tan evidentes —agregó, sonrisita burlona— con una empleada de la casa. Usted me entiende, Barragán. Y claro que entendió, como los muñequitos que venden por Florida: ante nosotros el maravilloso Carlitos que obedece todo lo que le ordenan. En aquel costado, el que le da órdenes a Carlitos. En este otro, disimulado entre la gente, el que mueve los hilos para que Carlitos cumpla y, por fin, en el centro: ¡Barragán! ¡Salude Barragán!, ¡Baile Barragán!, ¡Hágase el muerto Barragán!, ¡Salte Barragán!, llévelo para alegría de sus chicos. Entienda Barragán. Quien no entendió fue Noemí. Decisión de "Sistemas", dijo él, y "Sistemas" comunicó a "Recursos Humanos" y "Recursos Humanos" resolvió. Él no podía hacer nada, ¿acaso desautorizar a "Sistemas" y a "Recursos Humanos"? Que no se preocupase, dijo, que le iba a conseguir un trabajo digno de ella, una empresa mejor que ésta, que después del viaje al Paraguay, sorpresivo, apenas unos días, después del viaje hablarían de eso. Y por tres veces se negó, luego del viaje que no hizo. Noemí no llamó más, supo comprender. Los de Tartaria no iban a comprender. Mira la hora y se divierte imaginando los gestos de tan altas autoridades. Y sus preguntas. Y sus gestos y sus preguntas más tarde, cuando ni su secretaria pudiese explicar semejante decisión. Su vieja, fea y eficiente secretaria que todavía logra justificar la demora con una sonrisa, que aunque no es normal que el señor Barragán se retrase, hoy quizá tropezó con algún inconveniente y las tres caras de las tres altas personalidades aprobando en silencio, sin imaginar que el inconveniente es llegar hasta los Tribunales después de desayunar en un bar de Retiro y ahí mismo, sobre la mesa de ese bar, hacer unos dibujitos, escribir una carta en la que explica todo, hasta lo del contrato, porque incluso al borde de esta absurda muerte, Barragán no dejó de pensar en la Empresa, dirá el Presidente del Directorio. Guardar carta y dibujos en unos de sus bolsillos y comprobar que todavía están ahí en el preciso momento en que entra a Tribunales y es recibido por un montón de caras que no le dicen absolutamente nada, cuerpos que van y vienen, igual que las vías de Retiro vistas desde lo alto de la Torre de los Ingleses, pero sin la grandeza de las vías. Caminar hacia la escalera de Tucumán, dudar unos segundos, después subir. Con Susana, a quien nunca quiso y ella tampoco a él, qué necesidad había de mentirse y menos en ese momento: los dos estaban solos y la gente cuando está sola necesita quererse, tiene que quererse para no terminar como él: subiendo por las escaleras de Tribunales y pensando otra vez en Jorge, que realmente fue su amigo y quizá ahora esté entre ese montón de gente que se ve desde el cuarto piso, solo las cabezas, diferentes unas de otras, como las impresiones digitales, gran invento argentino que sirve para demostrar que somos distintos, que aunque resultemos parecidos cada uno tiene su propia y pequeña individualidad, que le permite hacer lo que se le da la gana: confesar todo en una carta y dejar esperando a tipos importantísimos que por mucho que imaginen no podrán imaginar que el señor Barragán, el hábil Barragán, ahora está subiendo del cuarto al quinto piso, sin que le importe un comino la "Empresa líder en su tipo". Recortó el aviso y mandó sus datos. Y tuvo el futuro por delante: dejemos esos ridículos dibujos, que gracias a esa labor que hoy comenzaba estaría por fin con el vaso de whisky en la mano, rodeado de muchachas bellas o solamente con Susana, que después de todo había sido su esposa, aunque en ese momento apenas es el rótulo de una carpeta: "Gorriti de Barragán, Susana contra Barragán, Enrique Alberto, sobre divorcio", archivada unos pisos más abajo como para darle la razón a papá: que no era mujer para él, dijo papá, pero papá llegaba tarde y muchas veces borracho y había que acostarlo, meterlo en la cama como si fuera un chico a pesar de que el chico era él, que hacía lindos dibujos y se los mostraba a su prima de la infancia que también se llamaba Susana y que estuvo con él cuando mamá murió y papá todavía no llegaba tarde ni se emborrachaba y le decía que había que ser muy fuerte, que tenía que ser un hombrecito, que nos quedamos solos, le decía, y ya mamá no estaba, pero tampoco estaba Susana y no estaba su promisorio futuro en la Empresa, tampoco estaba Noemí, pero él ya está en el sexto piso, casi feliz de haber logrado subir. A paso lento, indeciso, se acerca al borde del balcón-terraza, la misma indecisión de aquella otra mañana, cuando lo acercaron hasta otro borde y alguien lo tomaba de la cintura y lo alzaba para que le des el último beso. Aquella vez papá decía que había que ser muy hombrecito, la gente estaba al lado de uno y así era mucho más fácil. Ahora, desde el sexto piso, a la gente se la ve muy lejos, allá abajo, toda mezclada, como impresiones digitales juntas, unas sobre otras y entonces se hace difícil saltar, sin nadie que te alce tomándote de la cintura, que esto no es darle el último beso a mamá, pero también es lo último. Pone las manos en los bolsillos, ahí siguen la carta y los dibujos. Ahora estruja una y otra cosa, después rompe todo en pedacitos y los tira por el borde, como papel picado de carnaval. Mira hacia ambos lados, temeroso de que alguien descubra su travesura, y retrocede del borde; asustado. Camina rápido hasta los ascensores. En la planta baja suspira, después consulta la hora: habrá que pensar una buena excusa para la gente de Tartaria. Activo otra vez, sale de Tribunales imaginando una historia que pueda justificar esta mañana perdida.


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