Tuve que quemar

EL CUENTO POR SU AUTOR

Carlos Ríos

¿Cuál es el destino de los libros regalados a las estrellas literarias? ¿Cuál es el efecto de encontrar en una obra ajena el rastro de una conversación? ¿Qué hacer con unas voces alemanas que siguen trabajando en el oído? El asunto, pienso, consiste en encontrar el remolino; en este caso, la revelación de que cualquier entorno adquiere una insólita potencia estética en torno a un genio creador; objetos, personas y paisajes se mueven atraídos por su presencia, van recolocándose a cada gesto, a cada movimiento centrípeto de esa figura y se sustraen del mundo y su degradación para regresar, tras esa permanencia, renovados. En distintos planos, la presencia de César Aira.

Escribí “Tuve que quemar” con un destino de forma muy preciso: una publicación pequeña, artesanal, las tapas hechas con cartones encontrados en la vía pública. Eso es la Oficina Perambulante, un proyecto editorial autogestivo y proliferante que encuentra sus lectores por donde yo vaya. Una experiencia abierta, a bajo costo, de propósitos comunitarios y transferible en su totalidad. Cuando escribo, ciertas historias o poemas prefiguran su forma en esos libritos, al tiempo que otras acuerdan con los formatos más tradicionales. En este caso, la extensión estuvo regulada desde las primeras ideas esbozadas en Berlín por el diseño programado del objeto; la imagen es la de una piedrita que se guarda en un estuche.

Cuando César Aira afirma que “el amor a la lectura, a la literatura, a los grandes escritores, se derrama en forma natural y casi inevitable al libro como objeto físico”, siento que alcanzo cierta sintonía. La literatura arrima al fuego del sentido las astillas del sueño y del encuentro que dieron cauce a este relato. Que sea publicado acá, en Verano/12, amplifica y recombina los caminos. 

TUVE QUE QUEMAR

En Berlín, en un hotel a metros de la estación Wittenbergplatz, soñé con César Aira; estaba en el fondo de una casa, con un palo de escoba en las manos, atizando el fuego que salía de un pozo a metros de la parrilla, para ser más exacto el pozo era una isla luminiscente en medio del fondo de una casa de clase media, semejante a las de las familias de Plátanos o City Bell, por decir algún lugar (pero no había lugar; podía ser Marzahn y capaz que sí era porque yo había estado en Marzahn el día anterior, pero tampoco podía ser porque en Marzahn no existen casas así, son puros monoblocks soviéticos similares a los de Villa Lugano, con excepción de las casitas de Alt-Marzahn; escuché la comparación Marzahn-Lugano cuando le pregunté a J. Locane dónde ir para observar un complejo arquitectónico más o menos preservado y construido en épocas de la RDA).

Asunto de otra historia el de Marzahn, volvamos rápidamente a César Aira. Movía el palo de escoba y del pozo se elevaba una columna dórica de ceniza incandescente; noté que le gustaba porque repetía con precisión el gesto de mover el palo de escoba para que se elevaran otras columnas, torres de control, catedrales con sublimaciones góticas y grumos de fortificaciones. En su cara se dibujaba su famosa “sonrisa seria” y me cagué de miedo (nunca supe por qué, si siempre me había divertido que en las tres o cuatro fotografías aparecidas en los suplementos culturales o en las entrevistas que prodigaba a canales de televisión lejanos de Argentina sonriera con ese desdén inescrutable para la mayoría de los mortales: digamos, para quienes no la conocen, que la acostumbrada sonrisa seria es su “Totalmente Palacio”). Yo lo miraba desde unos prismáticos de plástico muy berretonguis; tal vez lo estuviese mirando muy de cerca y al borde de la indiscreción, capaz que sin saberlo, igual no me importaba que se diera cuenta pues mi atención estaba puesta no tanto en su figura, sino en los materiales que estaba destruyendo mientras repetía “tuve que quemar”. A esa voz yo le superponía la de Sara Hebe, era una Hebe-Aira con trencitas y recontrapuesta la que cantaba (en el momento del sueño no sabíamos quién era Sara Hebe).

¿Y qué quemaba mientras gritaba “tuve que quemar”?

Moví los prismáticos (la chuchería insignificante comprada a un senegalés en Mauerpark funcionaba a la perfección: cric, cric, zzc).

Y qué vi.

Nah, ningún Aleph.

El secreto mejor guardado de la literatura nacional estaba quemando libros. Vestía túnica y un sombrero zahorí. Envuelto en una danza endemoniada, atizaba el fuego de las páginas y las columnas se elevaban hacia el firmamento como serpientes de cascabel.

–¡Tuve que quemar! Tuve que quemar, jeje.

En el sueño yo comprendía que los libros quemados no pertenecían a su biblioteca. Eran libros que habían quedado por fuera, libros regalados, regaladísimos y relegados, de ese tipo de libros pedorreicos que van girando entre escritores al modo de los tarjeteros y tarjeteras de los boliches bailables. El flujo de circulación, nulo en las librerías argentinas, se había hecho fuerte en la dinámica del intercambio conocida como trueque; sin embargo, eran más los que regalaban sus libros sin esperar nada a cambio o casi nada: una mención en las redes sociales, una reseñita, con suerte una entrevista, también una invitación a esas ferias del libro que se suceden sin interrupción en localidades ignotas, cualquier cosa venía de perlas para alimentar los fuegos de la producción literaria nacional.

El de César Aira era un fuego de otro tenor; a simple ojo de soñador –recordemos: visto desde unos prismáticos de plástico– podría decir que se trataba de un contrafuego, en palabras de la CONAF aquel recurso extremo que consiste en crear un fuego que queme cualquier cosa en la trayectoria que lleva el incendio; cuando los dos fuegos se encuentran, el siniestro se extingue por carencia de combustibles (un asunto típico de campo, en palabras de P. Bourdieu).

El calor del sueño –torres de fuego alzándose desde los libros– me despertó. En Berlín hacía un frío, como suele decirse, proverbial; aunque mi cabeza había salido del calor de las empalizadas construidas con los fuegos aireanos me desperté con el cuerpo tumefacto. Abrumado por el sueño, descorrí las cortinas de la habitación; una hebra de sol acarició mi mano y los pensamientos empezaron a ordenarse.

¿Cuándo había visto por última vez a César Aira? El encuentro se produjo en Pizza-Pizza; me había citado ahí porque tenía que entregarle unos libros que le habían traducido en la República Federativa de Brasil. Fue fácil detectarlo; era la única persona que escribía en una libreta diminuta. Me saludó con su amabilidad característica (en los bordes ambarinos del laconismo). Le regalé unos libros míos, sin saber que estaba incrementando los fuegos del porvenir; se sorprendió al verificar que había publicado otros después del primero, aparecido hacía veinte años. Aclaro que en todo ese tiempo publiqué una veintena de libros; para César Aira yo era nada más que el escritor de un insignificante libro de poemas que ahora lo sorprendía con dos novelas (había algo decepcionante en el asunto, como si de repente se hubiera roto ese jarrón perfecto que es el escritor de libro único).

Hablamos de Picasso. En realidad, César Aira habló de Picasso a raíz de la historia de un biógrafo nonagenario y a punto de morir; editores lo apuraban para que entregase ese libro que prometía ser único al tiempo que el biógrafo, en su lecho de muerte, seguía retocando los capítulos de esa obra mayúscula; los tiempos editoriales se alargaban como sombras en las que los editores veían con claridad los rostros de la muerte que se apersonaba para llevarse al biógrafo y con él, su obra maestra.

Le regalé algunos ejemplares de la Oficina Perambulante. Abrió un paquete y al ver los libritos de cartón se dejó invadir por una felicidad infantil, de nene con chiche nuevo.

Levantó los libros y dramatizó con satisfecha indignación:

–¡Esto es lo que tendría que haber hecho yo!

Al escucharlo sentí que la Ofi era un proyecto hermoso en manos equivocadas. Hubiese dado lo que sea para que esos libritos fueran de él, hechos por él. Pensé en un Aira con residencia permanente debajo del distribuidor, alejado de Flores, uno más entre las numerosas tribus cartoneras.

–Son fáciles de hacer –dije.

César Aira los miraba, más interesado en los libritos que en lo que contenían (relatos y poemas).

–Igual que le pasa al escultor con el mármol, en cada cartón que encuentro en la calle ya está el libro –dije y él movió la cabeza como reprobando la comparación por resultarle un tanto forzada.

En un momento de nuestra charla relató un accidente doméstico que había sufrido su hijo tras enterarse de que un amigo había sido víctima de una “entradera” (rebautizada como “minuto fatal” por el periodismo argentino).

–Son bestias –dijo.

–Son seres humanos –dije y le hice algún comentario de mi trabajo docente en escuelas de unidades penitenciarias.

La conversación entró en un pozo y supe que de ahí ya no saldría.

Fui al baño. Las gomas en la que se apoyaban las naftalinas de los mingitorios tenían impreso un blanco para hacer que los parroquianos embocaran sus orines donde correspondía. Pensé en Duchamp, en el hilo del meo, el espectro de Mutt iba y venía, etcétera. Imaginé a César Aira en la misma situación, apuntándole al centro de ese blanco; dándole en el centro una y otra vez, una y otra vez. Como es sabido, hay una fotografía archiconocida de Borges “haciendo del uno”, registro a medias subrepticio de Rogelio Cuéllar en un baño del Antiguo Colegio de San Ildefonso; también hay una foto hermosa de César Aira en el baño de una casa o un departamento, leyendo en una bañera sin agua (enorme retrato de Daniel Mordzinski).

Oriné, las naftalinas bailaron, no di en el blanco.

Yo tenía que hacer tiempo antes de ir a otro lugar; César Aira se fue y sentí que lo había espantado de su lugar de trabajo al “ensuciarle” la zona predilecta de escritura. Que le había cagado la página diaria. Sin él, Pizza-Pizza pasó a ser lo que en realidad era: esa nada anodina repleta de parroquianos antiquísimos y apenas educados en la tarea de mear en mingitorios que contribuían a darle al local una obstinada decadencia, los mozos moviéndose como baqueanos por la fuerza aplastante del servicio, las polvorientas y plastificadas plantas de interior (lo escribo así, con todos los lugares comunes, para que quede retratado con mayor realismo).

                                                                         * * *

Meses después del encuentro descubrí en un pasaje de su novela Prins (Mondadori, 2018) una alusión a nuestra charla. Acá transcribo el párrafo:

De los delincuentes decían directamente que no eran humanos: eran bestias.

–Sí, son bestias –corregí a la señora sentada a mi lado–, pero bestias humanas.

–Sólo por la forma externa, señor. Por dentro no.

Pensé que por dentro nadie es humano.

A leer la escena me quedé pensando en qué estaba leyendo yo ahí. Las referencias entran y salen de manera permanente en lo que escribo; a leer ese pasaje me pregunté qué estaba leyendo. ¿Qué leemos cuando leemos? ¿Qué sentidos habilita el subrayado personal? Hoy, por otras razones que sería largo detallar en estas líneas, me sigo haciendo la misma pregunta.

Más allá del “tilde referencial” reconocible (que sólo yo podría leer en este caso), la lectura de ese tramo de la novela me devolvió el alma al cuerpo.

Respiré profundo; la página aireana estaba a salvo.

                                                                    * * *

Desperté del sueño, abrí la ventana y el viento introdujo orfebrerías vocales que subían como vapor hermético, pesadas como metales, tributo del sueño interrumpido. En el umbral del Hotel Sorat Ambassador un par de borrachos agarraban a un tercer tipo de las solapas, exigiéndole una confesión. Tanto en el sueño como en la vigilia yo no sabía –no sé, en realidad– una palabra en alemán; o sólo una, danke, pero no la usaba porque en mi boca sonaba mal (sonaba a tanque, tanque, en fin). De todos modos, la escena era la de una inequívoca confesión; en particular se trataba de una confesión procedente del campo literario. Entre empujones, tironeos y cachetazos –la promesa de prenderlo fuego y arrojarlo a un barranco, sin importar que en Berlín no existen los barrancos y el modus operandi se parecía más al de una extorsión sudamericana– los dos hombres gruesos le preguntaban a la víctima cuántos ejemplares había vendido de sus respectivas novelas.

Ahora recuerdo que César Aira hablaba, durante el sueño, en alemán. Yo traducía libremente la expresión tuve que quemar mientras escuchaba en boca del atizador Ich musste brennen! El asunto no deja de inquietarme (quiero decir: simultáneos al sueño, los fuegos de Berlín y sus emplazamientos nunca dejaron de inquietarme, como acontece en mi vida de todos los días).

Tras el sueño, amanecía muy despacio. En boca del editor alemán la sangre amanecía también, surgía a borbotones echándose a correr en afluentes de nombres intraducibles y, por eso, un poco más definitivos. Seca y sin brillo, no era más que una máscara.

Berlín-La Plata, abril de 2019

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