En mayo de 1968, mientras estalla a su alrededor la insurgencia estudiantil y el Partido Comunista languidece en una vergonzosa burocracia, Pier Paolo Pasolini se cuestiona por qué aceptó escribir una columna semanal en el periódico Tempo. A los cuarenta y seis años tiene más de treinta causas judiciales en su contra. Su film “Teorema, es interdicto en Italia mientras en París resulta un éxito clamoroso. Pero no es esta la única ofensa de sus compatriotas que le detona la escritura periodística como “praxis”. Ser compañero de ruta del PCI no implica, lo dice claro, un acuerdo. Pasolini se manifiesta contra toda autoridad. “Hablaré con violencia contra la burguesía: más aún, será este el tema axial de mi palabra semanal. Y sé muy bien que el lector quedará “desconcertado” ante esta virulencia, pues bien: todo quedará claro cuando especifique que por burguesía no entiendo una clase social cuanto una verdadera y precisa enfermedad. Una enfermedad altamente contagiosa: tanto es así que ha contagiado a todos los que la combaten; desde los trabajadores hasta los burgueses de la oposición y los “solitarios” (como es mi caso)”.

No es la primera vez que escribo sobre Pasolini en este diario (Radar, 22.5.11, “Las cenizas de Pasolini”, con motivo de su novela póstuma “La divina mímesis”). Nuevamente estoy bajo el efecto de su indignación contagiosa. Debo admitirlo ahora, a medida que reviso los artículos de “Caos contra terror” (edición artesanal de la ignota editorial Cobra Verde), ejemplos de una prosa lúcida y desgarrada, la honestidad de un intelectual que se resiste a sus privilegios de personalidad pública siendo consciente de que está inserto en un mercado cultural que pretende absorberlo y neutralizarlo. En sus textos abundan las polémicas. Inscripto en un campo conflictivo, con figuras representativas de un momento de plenitud cultural a pesar de la crisis política peninsular --una realidad que no pocas veces, sin ironía, es asimilable a la nuestra-- surgen los nombres ilustres: Morante, Ungaretti, Bassani, Mangano, Visconti, Callas, Fellini, Moravia. Pasolini no sólo discute ardoroso con sus amistades. La pertenencia a un ambiente selecto no le hace olvidar su origen provinciano.

Esteban Nicotra, especialista en su obra, apunta: “Pasión e ideología son los dos aspectos opuestos y, sin embargo, coexistentes, que conforman el mundo creativo de Pasolini”. Es verdad: Pasolini escribe su poesía desde un lugar de exilio, como dice Nicotra. Pero, se puede agregar, hay que tener en cuenta también su asunción del rol de acusador en una Italia que lo persigue, denigra y rechaza en sus intervenciones donde carga tanto contra el papado como contra la policía, contra el conformismo de la progresía como contra la cólera del infantilismo terrorista, contra las dictaduras y las injusticias del Tercer Mundo. En estas columnas apasionadas, a menudo cuestionado por sus lectores, se dedica a responderles, argumentar y explicarse. “La democracia nace de la democracia”, afirma. Es por esta concepción democratizante que se detiene en las respuestas.

“Escribo estas líneas en un momento en que tal vez sea necesario callar”, confiesa Pasolini. Y también: “Es cierto, me tiemblan las manos”. Porque escribe desde una marca, esa humillación que el artista reconoce en su iniciación, allí donde late y perdura el impulso que lo destinó a sublimar en una vocación. Pasolini escribe, sin vueltas, desde el cuerpo, y lo expone: “Hagamos hincapié en el espacio “privado” de la experiencia”, nos invita.

“No nos interesan los intelectuales por lo que hacen sino por lo que hacen por nosotros”, lee en Stokely Carmichael usado como slogan de un órgano estudiantil. Pasolini sale al cruce del paternalismo y la demagogia: “Me parece que la frase es ingenua y que delata el complejo de inferioridad racial de Carmichael. Maravillosa y respetable ingenuidad. ¿Qué son los intelectuales? ¿Tal vez los privilegiados de los marginados ¿O bien unos marginados un poco más privilegiados que los demás? ¿Por qué se busca y se pide su ayuda? La verdad es que también el intelectual es un marginado, en el sentido en que el sistema lo expulsa de sí, lo cataloga, lo discrimina, le encorseta un rótulo: de donde una de dos: o se lo condena o se lo integra”.

La realidad, pues, como materia combustible. Le interesan tanto la lucha anticolonial en Africa como la puesta en escena de la llegada del hombre a la luna y la mitologización del viaje espacial según el american way of life. Su mirada abarca tanto a Rudy Dutchke, el joven agitador alemán, como a Alexandros Panagulis, el poeta resistente a la dictadura de los coroneles, quien intentó asesinar al golpista Papadoupulos. Pasolini le dedica un poema al condenado a muerte: “Que somos impotentes es cierto, pero las palabras tienen su valor”, le escribe sumándose al apoyo internacional.

La poesía, su obsesión existencial, no queda afuera de su espacio periodístico. Y a menudo recurre a ella como forma que lo explica mejor que la prosa. En un alto de la filmación de “Medea” escribe “A lo largo de las orillas del Eufrates”, un extenso poema: “Entendámonos: el sexo (en cuanto parte de cuerpo precisamente) / se ha degradado en una vida tan primitiva./ No florece en el barro seco, / no tiene prestigio, es un poco ridículo y sólo funcional:/ el modelo de coito es el del asno. /Por eso son humildes las miradas. / La santidad se ha reducido a sus duplicados fáciles”.

Mientras acumula expedientes en su contra, a lo largo de una biografía que incluye una producción vasta como director y guionista, Pasolini publica no pocas novelas y más libros de poesía. Por qué la poesía, puede preguntarse uno. Reservorio de pureza individual, escritura constante desde su iniciación hasta el final, la poesía ocupa un lugar central en su obra. Arriesgaría que todo lo que crea –-films, teatro, narrativa, ensayos--, todo gira en torno a ella, el centro de su pasión. Y Pasolini aporta una pista lúcida al respecto: “La poesía no es una mercancía porque no es consumible. Es hora de decirlo: este parangonar la obra con un producto y a sus destinatarios como consumidores puede ser una metáfora divertida e ingeniosa. Pero nada más opuesto a la verdad. Antes bien, quien se atreve a decir en serio una cosa semejante no es sino un imbécil. La poesía no se produce “en serie”: no es, en consecuencia, un producto. Y el lector de poesía puede leer hasta un millón de veces un poema: jamás lo consumirá. Por el contrario, y por extraño que parezca, acaso a la millonésima vez es posible que le parezca más extraño, nuevo y escandaloso que la primera. La poesía no es un valor metahistórico porque ni se escribe ni se lee fuera de la historia. Es en todo caso, hiperhistórica porque su carga de ambigüedad no se agota en ningún momento histórico concreto”.

 

Pasolini fue asesinado en Ostia en 1975.