Temas de debate: Cuáles son las alternativas que enfrenta el gobierno

La renegociación de la deuda

Se acercan semanas decisivas en el diálogo con los acreedores. El intercambio con el Fondo viene siendo prometedor, pero con los acreedores privados la incertidumbre es mayor.

Producción: Javier Lewkowicz


Vieja deuda y nuevo FMI

Por Matías Vernengo *

Los ciclos de endeudamiento externo han sido traumáticos para la Argentina. Los últimos tres ciclos estuvieron relacionados con los procesos de restructuración neoliberal de la economía, durante la última dictadura, la Convertibilidad, y en el gobierno de Macri. En todos los casos hubo un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que impuso políticas de ajuste y severas recesiones. Pero hay razones para suponer que el FMI cambió y que una salida diferente es posible esta vez.

En parte, esto se debe al hecho de que Kristalina Georgieva, la directora general del Fondo, dijo que la institución reconoce que el tipo de cambio amplifica los efectos de choques externos a las economías periféricas. Además, los programas del FMI tendrán una mayor preocupación con las necesidades específicas de cada país. A eso se suma que la misión técnica del FMI reconoció que la deuda pública es insostenible, algo que ya había dejado claro el ministro Martín Guzmán. Esto reivindica el discurso del ministro, que sugirió, en el congreso, que “el FMI es responsable por la crisis de la deuda.”

Hay muchos que van a ver en esta nueva postura del FMI un cambio en el marco teórico, y una salida para la crisis que hunde al país hace dos años. Pero si bien el FMI reconoce la importancia del tipo de cambio, implícitamente estando de acuerdo con la necesidad de los controle de capital, el argumento sobre la insostenibilidad de la deuda sigue estando anclado en una visión convencional. El argumento es que los superávits fiscales primarios no son factibles, del punto de vista económico y político, para garantizar la sostenibilidad. Pero el problema es la deuda externa, en dólares, que fue más que duplicada durante el gobierno anterior, y no la deuda pública en pesos. La diferencia en el diagnóstico no es menor, y tiene consecuencias para entender la salida para la crisis.

Lo central para pagar la deuda externa es la obtención de dólares y la acumulación de divisas en el Banco Central. Las reservas son el resultado de la liquidación de las divisas obtenidas por las exportaciones o de entradas de flujos financieros. En este contexto, hay que promocionar exportaciones, sustituir las importaciones, y atraer flujos de capital. El ajuste fiscal solo funcionaría en estas circunstancias de modo indirecto, reduciendo el nivel de actividad, y por ende las importaciones.

El gobierno no necesita hacer un ajuste fiscal, por lo menos no para pagar la deuda externa, y tampoco tiene necesidad de aplazar o renegociar con quitas los pagos de bonos denominados en pesos, como hizo recientemente. Esto manda una señal equivocada, sugiriendo que la opción por bonos en moneda doméstica no debería tener prioridad. La idea de que bonos en moneda doméstica son inseguros, y que la deuda publica en moneda nacional es insostenible es analíticamente incorrecta. Siempre se puede pagar emitiendo, más allá de cuales puedan ser las consecuencias de dicha emisión.

Lo que se busca con la renegociación de la deuda externa es justamente aliviar la necesidad de hacer un ajuste fiscal, e impulsar un aumento de la inversión pública, algo que hasta el ‘Financial Times’ sugirió es necesario en Argentina. Inversión para reducir importaciones y aumentar las exportaciones.

Los resultados de la negociación con el FMI, hasta ahora, son prometedores. Se supone que el FMI al admitir que la deuda es insostenible, la deuda externa en dólares, abre las puertas para un compromiso que le permita al gobierno aplazar pagos y renegociar con los acreedores privados internacionales. El respaldo obtenido en Europa también sugiere que se podría obtener un acuerdo con el Club de Paris, que congrega varios acreedores internacionales. Los problemas recurrentes con la deuda externa incurrida durante gobiernos neoliberales siguen vigentes, y el FMI no cambió tanto como se supone, pero hay razones para la esperanza.

*Profesor de la Universidad de Bucknell, Pensilvania, Estados Unidos.


Oferta consensuada

Por Christian A. Buteler **

Hace más de un año sabemos que, sin importar quien ganara las presidenciales del 2019, la deuda externa debía ser renegociada. En febrero del 2018 los mercados voluntarios de deuda le cerraron las puertas a la Argentina, que ni siquiera con el crédito más grande de la historia del FMI, pudo recuperar la confianza y volver a financiarse en ellos.

El problema no pasa tanto por el monto sino por la concentración de vencimientos y la falta de un plan económico sustentable que asegure a quienes les prestan al país que podrán cobrar sus acreencias.

Para ello se designó como ministro de economía a Martín Guzmán una persona que viene del ámbito académico y que ha estudiado las distintas experiencias de reestructuración de deuda a nivel mundial.

En principio habíamos comenzado con un mensaje de una negociación “amigable”, a la uruguaya, donde se le iba a pedir a los bonistas estirar los años de pago y un período de gracia para que el país pueda ordenar su economía y generar el superávit fiscal que nos permita hacer frente a las obligaciones como también poder refinanciar parte de ellas en el mercado.

Todo parecía ir lento pero bien encaminado, se lograba renovar la deuda en pesos y pagar los vencimientos en dólares. Los bonos reflejaban ese clima favorable con subas en sus cotizaciones y los inversores parecían propensos a aceptar la renegociación. Pero aparecieron algunas nubes en el horizonte, se empezaba hablar de la posibilidad de una quita, algo que los bonistas ya no veían tan bien.

El punto de inflexión fue Kicillof y su bono BP21. A pocos días de tener que pagar 250 millones de dólares, el gobernador salió a decir que no podía afrontar ese vencimiento y propuso una postergación del mismo hasta mayo. Una operación que tenía casi nulas chances de éxito desde el inicio por varias razones, la cercanía con el vencimiento, la dispersión de los tenedores, que se regía por Ley Extranjera, pero sobre todo por lo poco serio de la propuesta. Al inversor solo se le pedía aplazar plazo pero nada se le decía si lo iba a cobrar o entraría en una futura reestructuración de la provincia. De esa manera el gobernador estiro los plazos a lo máximo permitido y un día antes de entrar en default tuvo que ceder y pagar, reconociendo el fracaso de esa operación.

Esto fue visto como un problema autogenerado, que cambió el humor inversor y los mercados respondieron en consecuencia. El traspié siguiente fue el AF20, dos canjes fracasados del gobierno nacional y una decisión de reperfilar (la nueva palabra para no decir defaultear) terminaron de cambiar completamente la expectativa de éxito para el canje.

Esta semana tuvimos un nuevo dato importante, el apoyo explícito del FMI a que la deuda es insostenible y que los bonistas deberían hacer una contribución importante en la negociación. Lo que en principio es tomado como una buena noticia puede llegar a ser contraproducente, el apoyo podría llevar al ministro Guzmán a realizar una oferta más agresiva y de esa forma alejarnos del acuerdo rápido. La fecha del 31 de marzo no se puso al azar, la necesidad de cerrar en marzo es para evitar los vencimientos que vienen inmediatamente después.

Tener éxito en la renegociación de la deuda no es una opción, es el único camino. Porque entrar en default significa perder toda probabilidad de financiación, Vaca Muerta es una mina de oro pero necesita dinero para sacar ese oro negro, afectaría la financiación de importaciones y entraríamos nuevamente en litigios que como ya hemos visto en el pasado reciente terminan siendo muy costosos. Y no crean que el rebote de la salida de la convertibilidad se dio por estar en default, los escenarios son distintos tanto locales como internacionales.

Argentina tiene que negociar con sus acreedores, negociar es exactamente lo opuesto a hacer una oferta del estilo “tómalo o déjalo”, la oferta tiene que estar consensuada previamente porque caso contrario los plazos no dan, tiene que tener en cuenta las necesidades del país pero también la de los bonistas. Un fondo es un administrador de dinero de terceros, si la negociación no le mejora el valor de sus tenencias no puede aceptar porque se enfrentaría a demandas de sus inversores. La situación siempre fue compleja y el margen de error pequeño. Esperemos que el equipo económico esté a la altura de las circunstancias.

**Analista Financiero. Twitter @cbuteler

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