La corona del virus

Imagen: Pepe Mateos

Siendo básicos: ojalá sea cierto aquello de que en toda crisis hay una oportunidad (para hacer las cosas mejor).

Uno se siente en verdad muy diminuto para opinar en circunstancias como éstas.

“Circunstancias” sería también una palabra muy pequeña para lo que pasó a ser un drama de características ecuménicas y epocales.

Para Argentina, además, baste tener presente que, hasta hace apenas unas horas, días, la gran cuestión era qué hacer con la deuda porque de su arreglo --o no-- va el futuro nacional. Por supuesto que eso no cambió, pero podrían haberse alterado en forma portentosa (¿y beneficiosa?) las condiciones de la mesa de póker.

Como fuere, el Gobierno, los actores de poder y el colectivo politizado que estaban en vilo por lo que, prácticamente, resultaba un monotema, pasaron a estarlo por otro. No servirá de consuelo que a la mayoría del planeta le ocurre lo mismo.

Hay alguna información que total o parcialmente puede preciarse de objetiva. El resto son impresiones personales, con un par de citas de entendidos. No tienen otra autoridad que la conferida por unos cuantos años de experiencia en el periodismo político, el análisis mediático y algunas lecturas enriquecidas por tantos encuentros y entrevistas con gente mucho más capacitada que uno para encontrar, antes que muchas respuestas, grandes preguntas.

Es objetivo –pongámosle- hablar de que la proyección del virus no se previó en ningún lugar del mundo. También es veraz, como señalan los expertos escuchados por casi nadie, que hay patologías más graves en su extensión y capacidad letal, asociadas a condiciones siniestras de salubridad, que simplemente están naturalizadas porque “pobres y miseria habrá siempre”. No son noticia y, al cabo, lo que cuenta ahora es la alarma mundial con sus efectos prácticos.

Hay una chance civilizatoria, parece, para que se tome nota de un sistema que a la corta o a la larga conduciría a la inviabilidad de seguir como estamos. Y otra de índole local, que invita a que el liderazgo político pueda ser justamente eso y usufructúe la... coyuntura.

De acuerdo con especialistas como el epidemiólogo español Juan Martínez Hernández, el gobierno argentino tomó las medidas necesarias para ralentar la llegada de lo inevitable y debe aprovecharse que a Europa, centro de la pandemia, le tocó antes.

Otras medidas que están tomándose van en la misma y correcta dirección, y para resaltarlo no hace falta ser un entendido. Por ejemplo, el anuncio del ministro Matías Kulfas acerca de un plan para financiar la fabricación de alimentos y productos esenciales. ¿Y no debería precipitarse, como acaba de impulsarlo Pedro Sánchez, en España, que el Gobierno está presto a intervenir en el mercado de la industria farmacéutica y la “salud” privada?

Eso no quita que rijan dudas lógicas, expresadas a mares. No confundamos provocaciones y ridiculeces con interrogantes elementales para el común, provenientes de que no se puede estar un poquito embarazada. La suspensión o no de las clases fue y es el caso testigo mayor.

No queda más que confiar en los que saben y deciden, y advertir que los conocedores y los que toman las decisiones pueden equivocarse es girar en un círculo inconducente e irresponsable.

¿Cuál sería un camino contrario? ¿Que en forma individual e institucional aislada cada quien proceda según su mejor parecer? Una locura.

Sí es atendible que falta mayor precisión e intensidad en la comunicación gubernamental. Debería centralizarse una vocería de aparición periódica que vaya actualizando datos y medidas.

Al Presidente le queda reservada la función de comunicar grandes líneas de acción, como en la cadena nacional que usó por primera vez con un discurso sencillo, sin vueltas para lo que se puede y lo que no desde el Estado y con apelación directa al compromiso ciudadano o popular, sin cuya corrección de costumbres la batalla se hará más complicada todavía.

Pero no debe ser, y esto ya se ha dicho porque no se relaciona solamente con el coronavirus, que la figura presidencial se desgaste a opinando de todo a troche y moche, ahora incluyendo la pandemia.

Alguien del Gobierno, a nuestro modesto entender y sin perjuicio de que alguna información muy específica quede en manos del área respectiva, debiera ser la voz que porte data coordinada, la voz contra la psicosis, la voz de alerta y tranquilidad.

Es nada más que una idea y ni ésa ni otras determinaciones, que puedan ser tanto o más válidas, impedirán la marea de persecuta masiva. Pero sí sería una política capaz de reducir los malos entendidos junto con una difusión mucho más agresiva, por los vehículos de transmisión oficial, de firmeza en las resoluciones y enfrentamiento contra la infodemia. Una sucesión de datos falsos sobre la enfermedad, potenciados en las redes hasta extremos lamentablemente obvios.

Hay una correspondencia inversa y proporcional entre los lugares comunicacionales que el Estado no ocupe, con información responsable bien transmitida, y el espacio que como contraparte llena el tremendismo mediático. La televisión, sobre todo, está inundada de esa corriente que dispara al voleo.

Como previene Santiago Levín, presidente de la Asociación de Psiquiatras Argentinos, psicoanalista (PáginaI12, lunes pasado), hoy en día la comunicación es instantánea pero la repetición también lo es, con relación directa entre los medios y la reacción social. “La saturación de imágenes de gente con barbijo, de cruceros en cuarentena, de ciudades con las calles desiertas, produce pánico cuando no viene acompañada de una orientación editorial adecuada. Se tira en crudo sin ayudar a comprender ni a procesar y queda del lado del público qué hacer con eso”.

Ese dispositivo mediático se monta en la salvación individual, en la despreocupación por la suerte del otro, en el egoísmo como motor. Y claro que eso es ideológico. Todo es ideológico. El concepto de solidaridad está en crisis en estas sociedades fragmentadas por el neoliberalismo, ¿y a eso qué le respondemos? ¿Que el virus no es de derecha ni de izquierda? ¿Que únicamente importa que nadie nos tosa al lado? ¿A cuál normalidad volveremos cuando la pandemia se extinga? ¿A la de las políticas que saquearon los sistemas sanitarios estatales, como hoy se descubre en el propio centro de los países desarrollados con espanto a no dar abasto?

En situaciones así no debe dejarse de lado, por más que cueste frente a la urgencia, que están los que hacen negocio. Pecuniario pero, finalmente, político.

Siempre alguien “se la lleva” en momentos como estos y es por eso que no faltan las teorías conspirativas, esgrimidas por analistas reconocidos y no sólo por los clubes de paranoides, del tipo de que el virus es una arma bacterioquímica con origen geopolítico. No cierra que esta vez pase eso, francamente, porque está saliendo costosísimo y podría despertar consecuencias y reacciones incontrolables que pueden perjudicar al propio interés de los más grandotes.

Pero sí es cierto que ricos y poderosos tienen cómo salvarse. ¿Eso tampoco es de derecha ni de izquierda?

Y si acaso el argumento no convence, prueben refutar que el odio y el miedo han sido históricamente la locomotora de las clases privilegiadas.


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