En Francia, lo único que no está en cuarentena es la desigualdad

París respira con máscaras

En esta ciudad los muros murmuran su miedo y los altoparlantes del Métro repiten incansablemente las consignas de seguridad.
Policías franceses vigilan el cumplimiento de la cuarentena por el coronavirus.Policías franceses vigilan el cumplimiento de la cuarentena por el coronavirus.Policías franceses vigilan el cumplimiento de la cuarentena por el coronavirus.Policías franceses vigilan el cumplimiento de la cuarentena por el coronavirus.Policías franceses vigilan el cumplimiento de la cuarentena por el coronavirus.
Policías franceses vigilan el cumplimiento de la cuarentena por el coronavirus. 
Imagen: AFP

Desde París.El futuro mutó hacia un territorio abstracto. La interminable hilera de andenes vacíos de gente y de Métros es una función permanente de la pornografía consumista e inútil del liberalismo. Al fin vemos su realidad artificial y pueril. Ya no cabe el maquillaje o la tentación. Las publicidades gigantes de los afiches venden a la nada un montón de objetos y servicios que nadie puede comprar. París respira con máscaras, entre las escasas siluetas que salen a la calle a caminar en la vereda, comprar comida o correr. Estamos socialmente confinados desde hace casi una semana y sólo funciona un hilo paradójico de la existencia humana: los negocios de alimentación, que dan la energía y la vida, y las farmacias, donde se venden remedios que atrasan la muerte. Vivir en cuarentena es como existir entre ausencias, más aún en una capital sembrada de incitaciones y bellezas y muy proclive a decir “no” al poder o a desafiar las limitaciones. Después de los atentados de noviembre de 2015 perpetrados por un grupo del Estado Islámico en el teatro Bataclan y los bares de los alrededores, la gente, al día siguiente, salió a llenar los bares y restaurantes de la zona que estaban abiertos. Lo único que no está en cuarentena es la desigualdad. Los obreros y operarios de las fábricas trabajan, los Ejecutivos salieron fuera de la ciudad o ejercen de “tele-trabajadores”. El cierre total de las brasseries, cafés y los restaurantes dejó a la gente que duerme en la calle sin comida. ”Mi viejo," dice Michel, un vagabundo de 48 años, "no hay cómo recuperar comida. Los cocineros nos daban sobras buenas y pan. En estos días nosotros deambulamos por aquí y por allá, apretaditos por el virus del hambre”. Las librerías también debieron bajar sus cortinas, pero Amazon vende libros o lo que se quiera y los entrega a domicilio. Se queda con el banquete del virus.

Esta ciudad ha visto de todo en su larga historia. Pestes, revoluciones, ocupación militar (Segunda Guerra Mundial), insurgencias estudiantiles (Mayo del 68), atentados terroristas de masa o inundaciones. En el curso del último año vio la destrucción de las avenidas de lujo y de los barrios acomodados por los sectores radicalizados de los chalecos amarillos, luego el incendio de la Catedral de Notre Dame y el flujo de manifestaciones y huelgas contra la reforma de las jubilaciones. Tragedias, vida y movimiento. Ahora París está quieta e inquieta. La policía detiene a los peatones para pedirles la autorización administrativa de circulación. Hay gente mayor que todavía se acuerda de los años de la ocupación alemana (1940-1944). Los ejércitos de Hitler desfilaron por un París semejante al de estas semanas: vacía y temerosa. Fue el momento en el que la capital estuvo cerca de desaparecer. El 22 de agosto de 1944 Hitler ordenó al general von Choltitz que destruyera la capital francesa. ”París no puede caer entre las manos del enemigo, y si ocurre será solamente como un campo de ruinas”, dijo el Führer. El general Choltitz hizo colocar dinamita en los puentes y monumentos de París, pero no ejecutó las órdenes. Choltitz contó en sus memorias que no obedeció porque Hitler “había perdido la razón”. Igual, más de cien aviones lanzaron sobre París bombas incendiarios y se dispararon desde Bélgica misiles V2. No dieron en el blanco. Años más tarde, los ingenieros alemanes que diseñaron ese misil fueron contratados por Estados Unidos y la Unión soviética para desarrollar sus programas espaciales.

El misil Siglo XXI que vuela sobre el cielo de París es un intruso impalpable. El coronavirus ha dejado a la ciudad anestesiada, capturada en un presente de sobrevivencia. El futuro se cayó del horizonte. ”Hay algo que he descubierto y no sabía: antes compraba un motón de cosas superfluas que no me hacían falta. El confinamiento me ensenó a valorar la vida, no los productos”. Lo dijo una señora mientras pagaba y conversaba con la cajera de un supermercado del distrito 10 de París. De pronto ocurrió algo que cortó el afluente de estas palabras. Vino desde afuera, a las ocho en punto de la noche. Empezó como un ruido de olas acercándose y fue tomando la forma sonora de un ensordecedor concierto de alientos y de aplausos. Los parisinos salieron a sus balcones y ventanas a aplaudir a los médicos, las enfermeras, a todo el personal de los hospitales desbordados, sin máscaras suficientes, que se codean en la línea del frente con el ultimátum del virus. Eran ya los héroes invisibilizados de una historia moderna donde el liberalismo sacrificó la base de los servicios públicos. Hoy son los héroes visibles de una guerra sanitaria mundial. Al final de la tarde cae la guillotina diaria de las cifras: 108 personas murieron en las últimas 24 horas, hay 10.995 casos, 1.222 en estado grave. Francia, potencia mundial, no cuenta con máscaras suficientes, ni siquiera en los hospitales de París. ”Si algo cuenta el abandono en el que estábamos, es ese objeto que falta en todas partes, no sólo aquí. Hay médicos privados, enfermeras, kinesiterapeutas, que van a las casas de los enfermos, de quienes requieren ayuda, sin máscaras”, contaba a Página/12 un médico del Hospital de la Salpêtrière de París.

Hay gente que podrá volver a su país. Los 800 argentinos que estaban bloqueados en Francia regresan entre este sábado y el domingo en dos vuelos de Air France. Es el resultado de la ardua colaboración entre los dos Estados, del trabajo de ambas diplomacias, de la tarea monumental que asumieron en París los servicios consulares y diplomáticos argentinos y, también, de la intervención activa y eficaz de la embajada de Francia en la Argentina. El pasaje cuesta 500 euros, contra los 2.500 que cobraba Aerolíneas Argentinas desde Madrid. Ojalá estos argentinos amplifiquen el mensaje y hagan entender a los sordos que esto no es un complot, ni un cuento, sino la muerte al acecho en cada respiración. En París, los muros murmuran su miedo, los altoparlantes del Métro repiten incansablemente las consignas de seguridad. Los aplausos cesan, el silencio regresa, aún hay espacio para decir: Argentina, ciudadanos, no escuchen a evangelistas corruptos, ni a periodistas irresponsables, ni a científicos charlatanes, ni a divas momificadas. No importa quien gobierna sino, hoy, como lo hace. Sigan las consignas, no salgan, mantengan distancias, cumplan con las restricciones. Quienes tenemos, en París, allegados o colegas entre la vida y la muerte podemos testimoniar  esta irremplazable verdad. Después podremos recuperar los enojos y la ideología. Ahora son tiempos de respeto y solidaridad humana. Lo dice esta ciudad, que fue la ciudad luz hasta que la cubrieron las sombras.

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