Despedida a Albert Uderzo en plena pandemia

El último inmortal

La pandemia nos pone nostálgicos. Entre tanta incertidumbre y estados de ánimo que oscilan unas veinte veces al día, el pasado parece ser el único lugar seguro para habitar. Volvieron a aparecer personajes de telenovelas y series de antaño, quienes, ahora, con canas y arrugas, nos exhortan a quedarnos en casa. Nos gusta. Nos emociona. Porque en medio del aislamiento, los recuerdos acompañan. Además de Panigassis y Simuladores, las redes sociales están sobresaturadas de diarios de cuarentena con fotos de casettes y fotos viejas. Quienes tenemos la suerte de estar más o menos bien en nuestras casas, nos pusimos a abrir cajones y a clasificar nuestros mundos, como si eso nos diera la ilusión de cierto orden. Como quienes se preparan para la gran transformación, hacemos repasos: llegamos hasta acá y llegamos así. Este virus deja todo en evidencia: la crisis del capitalismo; la desigualdad mundial; los gobiernos que tenemos; cómo vivimos; con quién vivimos; lo que elegimos y lo que no; nuestros egos desmedidos; si estamos solos o sobreacompañados; si estamos precarizados; si ya pasábamos mucho tiempo en casa; si tenemos enfermedades-pre-existentes; si somos hipocondríacos, si no sabemos qué hacer con nosotros mismos; si hay más emisores que receptores: demasiados artistas para tan pocos consumidores; si estamos hablando solos; si creemos que al tiempo hay que matarlo ahora que parece que lo conocido desaparece. Y entre todo esto, como si hicieran más falta más signos de cambio de época y guiños sobre resistencias irreductibles al invasor, el martes se murió Albert Uderzo. Fue el dibujante de uno de los cómics más importantes del siglo XX que marcó infancias y adolescencias durante seis décadas e incluso formateó el sentido del humor de muchos de nosotros. Si necesitábamos coronar la nostalgia de encierro con algo más, ahora tenemos a otro gigante del pasado a quien despedir. Obviamente las noticias destacaron que su muerte “no fue por coronavirus”. Porque hoy no podemos hablar ni leer en clave de ninguna otra cosa. La pandemia es nuestro nuevo marco interpretativo.

 

Uderzo tenía 92 años – “población de riesgo” -aunque después de haber sobrevivido a una leucemia, a una operación de pulmón y a un litigio legal con su propia hija por los derechos de Astérix, tenía fama de inmortal. Fue un virtuoso del dibujo que en su infancia soñaba con trabajar en los estudios Disney, pero Estados Unidos quedaba lejos y este hombre sensible y torpe muy parecido a Obélix se formó en la tradición del cómic belga. Francia, muy conservadora en el plano editorial, tuvo que esperar hasta finales de los años veinte para tener los primeros esbozos de cómic y recién hasta fines de la década del ‘50 para contar con una producción original. Junto a Jean-Michel Charlier, y su socio y amigo René Goscinny, se juntaron para revolucionar el género en su país y fundaron la revista Pilote. Una calurosa tarde de agosto de 1959, dos meses antes de que saliera el primer número, Uderzo y Goscinny – ambos hijos de inmigrantes- se reunieron desesperados en la casa del primero para crear una historia original que rescatara aspectos de la cultura francesa. Entre anís, tabaco y delirio, dieron con la idea de los galos, les pareció graciosa y en un cuarto de hora ya tenían las bases de la que sería una de las historietas más populares del siglo pasado. Mientras Uderzo proponía el héroe clásico, serio, valiente y fuerte, a Goscinny le parecía más interesante y gracioso que el héroe fuera chiquito, casi un enano, “imperceptible como un signo de puntuación, como un asterisco” (en francés astérisque). Y así surgió el nombre del protagonista y las terminaciones en –ix que serán la clave de los interminables juegos fonéticos presentes en la historieta. Pero lo que empezó como una caricatura de su propia idiosincrasia se terminó extendiendo al resto y esto, justamente, es uno de los sellos originales de esta historieta: la representación del otro, del extranjero, mediante chistes que explotan todos los lugares comunes. Así aparece España (antes de ser España, claro) representada como un país barato donde la gente del norte de Europa va a pasar sus vacaciones; los belgas como seres chistosos que comen papa fritas y toman cerveza; el rey de los godos es muy parecido a Otto von Bismarck y un gran etcétera que hoy se resignifica entre signos de exclamación con una Europa de fronteras cerradas y pánico a cualquier cosa que venga de afuera. 

Una de las claves del efecto cómico de Astérix y Obélix es su anacronismo absurdo, con la introducción de personajes y acontecimientos de la cultura popular del momento – algo que luego hicieron Los Simpson, por ejemplo- así como problemáticas sociales y políticas disfrazadas en historia galo-romana. Pero ese anacronismo ha funcionado también de forma sorprendentemente anticipatoria. El último álbum de la historieta -publicado en 2017 por la dupla Jean-Yves Ferri -Didier Conrad, quienes tomaron la posta del cómic en 2011 bajo la supervisión de Uderzo- se llama “Astérix en Italia”, ya está traducida al español y trata sobre la participación de los galos en una carrera contra los romanos. A lo largo de la historieta, el antagonista principal de los galos viene invicto en todas las carreras, dejando en evidencia quiénes son los pueblos más lentos y más rápidos de la península. El antihéroe está enmascarado y enloquece a las masas. Se llama -sí, increíble pero real- Coronavirus.

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