La pandemia está provocando situaciones asombrosas en la actividad

El fútbol en cuarentena, Bolsonaro y Trump

Con la industria deportiva paralizada, las pérdidas serán millonarias para todos y no solo para unos pocos que cohabitan en el gran negocio.
El presidente de Brasil Jair Bolsonaro dice que el fútbol se tiene que jugar.El presidente de Brasil Jair Bolsonaro dice que el fútbol se tiene que jugar.El presidente de Brasil Jair Bolsonaro dice que el fútbol se tiene que jugar.El presidente de Brasil Jair Bolsonaro dice que el fútbol se tiene que jugar.El presidente de Brasil Jair Bolsonaro dice que el fútbol se tiene que jugar.
El presidente de Brasil Jair Bolsonaro dice que el fútbol se tiene que jugar. 
Imagen: EFE

“El fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes”, dijo Jorge Valdano hace unos años. Es probable que tuviera razón, pero con la pandemia extendiéndose por todos los rincones del planeta queda claro que hoy ni siquiera alcanza el status que le diera el campeón mundial ’86. El fútbol en especial, pero también todos los deportes, se volvieron insignificantes. No aparecen reflejados ni en un segundo plano en estos días de cuarentena. Está bien que sea así. No marcan agenda ni determinan la vida de la gente con su recargada oferta de espectáculos como sucedía casi todos los días. Los medios deportivos, sobre todo la TV  -de la que viven las grandes ligas y los clubes- se vieron obligados de repente a programar refritos, viejos partidos, especiales ya emitidos y eventuales participaciones de atletas famosos que convocan desde un teléfono celular a quedarte en casa.

El mundo está suspendido y entre las múltiples actividades no esenciales -salvo para quienes viven de ellas y se quedaron sin sustento- el fútbol es la más visible, la más omnipresente, la que tiene un calado tan profundo en los medios que en muchos casos se había convertido en un producto de primera necesidad. Eso quisieron que creyéramos. Sin partidos en vivo, sin paneles discutidores que suben los decibeles de la estupidez, sin entrevistas a los protagonistas, sin la pelota rodando, lo máximo que asimilaba el juego-espectáculo eran los estadios vacíos. Es que ya nadie insiste con la norma del público sentado que aprobó la FIFA en tiempos del corrupto Joseph Blatter, porque los espectadores ven el fútbol sentados desde sus casas. Ahí se capturan las grandes audiencias, las que después determinan cuánto vale un segundo de publicidad en la pantalla.

Con la industria deportiva paralizada, y si seguimos con el fútbol como ejemplo, las pérdidas serán millonarias para todos y no solo para unos pocos que cohabitan en el meganegocio. En la Argentina la inactividad afectará más a los empleados por reunión de Utedyc (la Unión de Trabajadores de Entidades Deportivas y Civiles), a los clubes de barrio que no pueden generar ingresos porque se vieron obligados a cerrar sus puertas, a los vendedores ambulantes en las canchas y sus alrededores, a los jugadores de las categorías más bajas del Ascenso que cobran apenas un viático o a las futbolistas que no reciben paga o en el mejor de los casos, un magro salario.

La diferencia astronómica entre los deportistas de la élite mundial y el resto es inmensurable. Si saltáramos del fútbol al básquetbol, y de nuestro país a Estados Unidos -La Meca de este deporte-, el abismo se refleja en un par de datos. La NBA perdería unos 1.200 millones de dólares y su socio televisivo, la cadena ESPN, solo por publicidad dejaría de ganar 630 millones. La información fue publicada en La Voz del Interior por el periodista Jorge Luna Arrieta.

En cualquier caso, el rojo de esas economías será pasajero. Un balance malo a ese nivel se recupera con otro que dé superávit. No estará en juego la subsistencia de ninguna corporación. Ni de la NBA ni de la cadena que pertenece a Disney y que controla una oferta múltiple de eventos deportivos. Pero aquellos que paran la olla con ingresos tan espóradicos como sujetos al desarrollo de la actividad la pasarán muy mal. Acá o en cualquier parte. La amenaza de que perdure la desocupación y un eventual corte en la cadena de pagos con el Coronavirus dando vueltas, por ahí es un dilema para los estados. La mayoría eligió preservar la salud de la población y establecer cuarentenas obligatorias. Con anticipación o sin ella  -en el segundo caso los resultados están a la vista en Italia y España- y modalidades distintas.

En la vereda opuesta, Estados Unidos y Brasil, sus presidentes Trump y Bolsonaro, minimizaron y subestimaron la pandemia. El de EE.UU. no sabe nada de fútbol aunque presionó a la FIFA y sus países afiliados para quedarse con la organización del Mundial de 2026. Su títere de la Amazonia, el militar con tics de Adolf Hitler dijo a mediados de marzo que “cuando se prohíben partidos de fútbol, entre otras cosas, se cae en la histeria, a mi entender, y yo no quiero eso”. Alienta a que la gente salga a la calle, a que se abran los comercios y lanzó una campaña oficial donde se pregona: “Para los casi 40 millones de trabajadores autónomos, Brasil no puede parar. Para los vendedores ambulantes, ingenieros, feriantes, arquitectos, albañiles, abogados, profesores de la red privada, prestadores de servicios, Brasil no puede parar…”, entre muchas otras profesiones u oficios que enumera.

A Bolsonaro le faltó agregar a los futbolistas. En el vecino de al lado se activó una bomba de tiempo. Solo resta esperar cuáles serán los resultados.

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