Una reflexión sobre el teatro en plena cuarentena

Ser o no ser

El 27 de marzo fue el Día internacional del teatro y llegaron mails informando la programación especial que los teatros oficiales armaron para esa jornada. Era extraño pensar en un homenaje desde el confinamiento, cada uno mirando el mundo desde la ventana de su pantalla, sin la posibilidad de reunión imprescindible para que el teatro suceda. Pronto nos volveremos a encontrar, decían, pero nadie sabe cuándo será este reencuentro. Por estos días algunas obras se están subiendo a la página del Gobierno de la ciudad, bajo el título “Cultura en casa”. Curiosamente, para esa noche de gala se programó La Ventana del árbol y Ana Frank, como si hubiera una vinculación entre su terrible encierro y el nuestro, mucho más leve. También se vio Hamlet del experto en pestes William Shakespeare en la rigurosa versión de tres horas de Rubén Szuchmacher. El Teatro Nacional Cervantes abrió un canal llamado Cervantes Online donde se puede visualizar entre otros materiales, la lectura de Teoría King Kong de Solita Silveyra o la versión teatral de Tadeys hecha por Analía Couceyro y Albertina Carri. Las relaciones posibles no cesan producirse: ¿Será ésta también alguna clase de reeducación brutal, como la que en los Tadeys se propiciaba?

En las últimas semanas fueron varios los teatros alternativos que empezaron a publicar sus obras online. Timbre 4, con Claudio Tolcachir a la cabeza, fue el de reflejos más rápidos. En forma de emisión en vivo, las obras emulan la función teatral: puntuales, nocturnas y a la gorra virtual, intentando que desde sus casas los espectadores formen una comunidad ya que no en el espacio, por lo menos en el tiempo. Otro espacio emblemático del teatro porteño, El Sportivo teatral comandado por Ricardo Bartis también se sumó. Subió algunas de sus obras de las últimas décadas --La máquina idiota, De mal en peor, La pesca-- a Youtube de modo que se pueden ver en el momento en que se quiera. Mauricio Kartun compartió en su FB Salomé de la chacra, aclarando “El video de un espectáculo no es teatro, claro.” 

El mismo día del festejo, Joaquín Furriel recitó en vivo por Instagram un fragmento Hamlet, el famoso monólogo Ser no ser. Pero esto ¿Es o no es teatro? Las propuestas son distintas. En unos casos se trataba de volver accesible un material de archivo –filmado en plano general, fijo, sin edición-- en otros un intento de revitalizar una actividad que en tiempos de cuarentena está en Stand by, haciendo uso de mínimos recursos cinematográficos --dos cámaras, planos de distintas escalas-- que intentan acercar la escena teatral al ojo acostumbrado a la pantalla.

Por un lado es absolutamente abrumadora la cantidad de contenidos culturales que aparecen y se ofrecen en la web, películas para ver, discos para escuchar, libros para bajar, ni en cuarentena – o precisamente por eso-- hay tiempo para absorber semejante caudal. Por otro, en el caso del teatro, el cambio de soporte es definitivo. Casi una herida de muerte. Es elocuente el gesto de directores y directoras que también “liberan” los videos de sus obras, como si en ese gesto, le alargaran la vida. En un oficio gregario por naturaleza, en el que no hay “home office” posible, se percibe la necesidad de seguir vinculándose, como gritando de balcón a balcón, aunque lo que se escuche sea sólo el propio eco.

No viene mal recordar aquella definición del teórico Jorge Dubatti acerca del teatro como una convivencia especial: “El convivio, manifestación de la cultura viviente, distingue al teatro del cine, la televisión y la radio en tanto exige la presencia aurática, de cuerpo presente, de los artistas en reunión con los técnicos y los espectadores, a la manera del ancestral banquete o simposio. El teatro es arte aurático por excelencia (Benjamin), no puede ser des-auratizado (como sí sucede con otras expresiones artísticas) y remite a un orden ancestral, a una escala humana antiquísima del hombre, ligada a su mismo origen.” Pero en tiempos de confinamiento, cuando la reunión no es posible, la imaginación se aviva como el fuego con el viento y aparece la esfera virtual para salvarnos. Resolver una cuestión que además de estética es económica. ¿Cómo sobrevivir con los teatros cerrados, las clases paradas, los estrenos postergados por tiempo indefinido? Pareciera que urge hacer algo ahora. Pero si el confinamiento sigue, si la pandemia no nos da tregua ¿En qué se puede transformar una actividad ontológicamente presencial en tiempos de virus?

Hace unos años, con la aparición de Teatrix – plataforma donde ver obras “sin salir de tu casa”—se generaba la misma inquietud. El teatro no se quería perder la chance de ser un estímulo más para un sector que había renunciado parcialmente a las pantallas de cine, por la comodidad de su living. Pero mirando la oferta de Teatrix se comprobaba que las propuestas no eran ilimitadas. No cualquier obra de teatro podía ser apetecible para ver desde casa, ni cualquiera resistía ese cruel despojamiento de aura. Lo mismo sucede ahora. 

Algunas podrán pasar del formato tridimensional al bidimensional sin perder demasiado, pero habrá que preguntarse qué clase de obras son esas. Y arriesgar como hipótesis que posiblemente aquellas en que la forma de actuación, la preponderancia de la trama, el lenguaje en su totalidad, no la alejen demasiado del modo de representación realista habitual en series y películas que nos ofrece la televisión. El teatro más experimental en su forma, en su temporalidad, en su uso de las palabras, pareciera rebotar. Como un glitch, la pantalla lo repele. Quizás el tiempo diga otra cosa, son solo observaciones rápidas, en la incertidumbre de la cuarentena.

Lo que sin duda ocurre es que el desplazamiento de un objeto de su lugar original de producción – como explica Nicolas Bourriaud-- produce una nueva lectura de este objeto. El desplazamiento del teatro a la esfera virtual, desprovisto de su tridimensión, desprovisto de su aura, puesto a competir con la multiplicidad de pestañas abiertas en la computadora de alguien, se torna otro objeto. En una ciudad con tanta expresión teatral como Buenos Aires, la rapidez con que el movimiento se produjo es sin duda un gesto de vitalidad, de permanencia, también un intento de no perder visibilidad, de salir a pelear por sus espectadores, metamorfoseándose aunque más no sea en un “Vivo de Instagram”. Pero en qué se convierte exactamente, qué consecuencias tendrá sobre el teatro a producirse, sobre las formas de actuación que ahora serán vistas como tomadas por una cámara, sobre la diversidad de las formas de narración, y si existe la posibilidad de un camino experimental en este encuentro entre el teatro y las pantallas, aún está por verse. Lo que nos sobra es tiempo. 

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