“Los bomberos dicen que cuando entraron había pequeños fuegos en todos lados”. El oficial de policía repite la incomprensible descripción de un siniestro a la dueña de casa. Sentada en el estribo de una ambulancia, Elena Richardson (Reese Witherspoon) no puede creer lo que ven sus ojos. Las llamas enceguecen cualquier reflexión. Esos pequeños incendios, dispersos en los ambientes de su coqueta mansión de Shaker Heights, el suburbio rico de Cleveland, reducen su sueño dorado a una montaña de cenizas. Las pruebas de la intervención de Izzy (Megan Stott), su hija menor, flotan en el aire como el humo denso de la destrucción. ¿Fue ella, la oveja descarriada, la hija rebelde, la verdadera culpable de semejante desastre? Los ojos de Elena se pierden en la inmensidad del cielo ceniciento por el humo y los malos augurios que se avecinan. Sus otros hijos Lexie (Jade Pettyjohn), Trip (Jordan Elsass) y Moody (Gavin Lewis), los más grandes, los responsables, aguardan llenos de interrogantes en el auto estacionado. Bill Richardson (Joshua Jackson), su marido, intenta tranquilizarla en vano. Y apenas lejos de allí, a unas cuadras de su casa en llamas, en la misma Shaker Heights, otra casa atesora las respuestas.

El inicio de Little Fires Everywhere, la nueva miniserie de Hulu todavía sin fecha de estreno por aquí, sigue la línea de las prestigiosas producciones de Hello Sunshine, la productora liderada por Reese Witherspoon. El camino comenzó con la exitosa Big Little Lies de HBO , con un elenco estelar encabezado por la misma Witherspoon junto a Nicole Kidman, Shailene Woodley, Laura Dern, y en la segunda temporada, la participación de Meryl Streep; y siguió con The Morning Show para Apple TV +, en la que Witherspoon compartió cartel con Jennifer Aniston. Ambas inspiradas en conocidos best sellers, la primera en una novela de Liane Moriarty, la segunda en el libro de no ficción Top of the Morning del periodista Brian Stelter; garantías de prestigio y visibilidad junto a las estrellas que adornan esos títulos. La emergencia de Witherspoon como una nueva autora detrás de éxitos televisivos, capaz de potenciar la trayectoria de su propia personalidad cinematográfica en los personajes que encarna de ficción en ficción, le otorga una singularidad al fenómeno, más allá del nombre y apellido.  

Reese Whiterspoon

El caso de Little Fires Everywhere no difiere de la fórmula insignia de Hello Sunshine. Basada en una reconocida novela de Celeste Ng, ambientada en su natal Shaker Heights en Ohio durante los años 90, narra un encuentro inesperado, el que ocurre entre Elena Richardson y Mia Warren (Kerry Washington), representantes de mundos opuestos. De allí surgen las turbulencias que recorren a ambas familias y que sacuden los cimientos de esa ciudad perfecta, planificada al detalle, pensada como modelo de convivencia para un mundo sin conflicto ni desigualdades. La rumiante presencia de Washington ofrece el mejor contrapunto posible para los agudos de Witherspoon, en un duelo que escala a medida que el vínculo se nutre del pasado y las circunstancias, que desnuda las aristas oscuras de los personajes y sus ideales de familia y de maternidad. Witherspoon vuelve a ponerse al frente a partir de la consciencia de lo que proyecta su figura, heredera de esas turbias buenas intenciones que definían a la Madeleine de Big Little Lies, con su sonrisa de amable histeria e irritante seducción. Otra vez ella sostiene sobre sus espaldas el más pesado andamiaje, el de ese mundo de confort y amabilidad que termina reducido a cenizas.


Los fuegos dispersos

La novela de Celeste Ng comienza con el típico secretismo que alimenta todo rumor. Como al oído, nos cuenta que aquel verano de 1997, todo el mundo sabía que Isabelle, la pequeña hija de los Richardson, había perdido la cabeza e incendiado el hogar familiar casi en el mismo gesto. Y luego nos recuerda que ese chisme reemplazó al otro que estuvo creciendo de boca en boca durante la primavera, aquel que discutía el destino de la beba Mirabelle McCullogh –o May Ling Chow, de acuerdo a la predilección de los partidarios-, disputada entre su familia adoptiva y su madre biológica. La prosa de Ng nos sitúa en ese ambiente de murmullos que recorren las veredas y las esquinas de aquellos suburbios, que animan las colas del supermercado y las charlas entre vecinos curiosos. Su mirada es la del conocedor, la de aquel que ha vivido allí, que sabe de la historia y sus recovecos, que ha crecido como parte de ese lugar desde su infancia. Ese recorrido por aquella ciudad ejemplar que es Shaker Heighs, además de una mirada sobre su propia adolescencia, es también un agudo retrato de esa América profunda en transición, en plena era Clinton, atravesada por la vigencia de un discurso conciliador que termina exponiendo los costados más complejos de esa convivencia.

Los Richardson son una familia blanca de clase acomodada; padre abogado, madre ama de casa y periodista part time, hijos adolescentes en edad escolar. En ella se condensan todos los tópicos de ese universo: el padre correcto y ensimismado en sus asuntos, la madre con vocación de control y estrategia de compañerismo con sus hijos; los hijos varones, uno canchero y popular, el otro tímido y reflexivo, las chicas, una convertida en réplica de la madre, la otra rebelde, casi como una némesis salida del espejo. A esa vida de confort y previsiones, llegan Mia y su hija Pearl (Lexi Underwood en la serie), nómades habitantes de un pequeño Volkswagen desvencijado que transita por pueblos y rutas del país. Mia es fotógrafa, su pasado está teñido de secretos bien guardados, de una libertad conseguida a fuerza de algunos renunciamientos. Que Mia y Pearl terminen siendo las inquilinas de una pequeña casa de Shaker Heights, segunda propiedad de los Richardson, es la llave que concibe Ng para tensar su perfecto universo, para resquebrajarlo a partir de esas imperfecciones nunca vistas los folletos de bienvenida, pero sí descubiertas en las resonancias de ese celebrado recibimiento.

El principal interés de Ng consiste en poner en entredicho el ideal de esa comunidad al extremo planificada, cuya vocación se afirma en la prevención del caos. Una ciudad concebida de manera artificial, con una moral también artificial modelada en una supuesta convivencia pacífica y ordenadora. Sin embargo, desde el inicio Ng nos anticipa el incendio, las disputas por la maternidad de una beba, las verdades detrás de las fachadas. Por ello la construcción de sus opuestos es explícita, escenificada a propósito del destino de implosión. En cambio, el trabajo de adaptación en manos de la creadora Liz Tigelaar –también productora ejecutiva de The Morning Show- consiste en profundizar las complejidades de esa hecatombe a partir de vislumbrar matices en los caracteres y de una mayor consciencia de los años que separan el final de los 90 de la actualidad. Pese a preservar el retrato de aquella década, evidente en la música de las Spice Girls, los clásicos de videoclub, los pantalones de tiro alto y los prejuicios sexuales, la miniserie se emancipa de esa mirada tan cercana que propone Ng al anclar a sus personajes en un mundo de existencia objetiva, más allá de la observación.

La novela de Celeste Ng en castellano

Paraísos de cartón

Uno de los cambios más interesantes operados por Tigelaar es la construcción del personaje de Mia Warren, de una ambigüedad mucho más inquietante y persistente que lo que se intuye en el papel. Y ese impulso no solo se le debe a la interpretación de Washington, sino a varias situaciones que complejizan su subterránea tensión con Elena, sus formas opuestas de entender la libertad y la responsabilidad, sus deseos y su maternidad. Si en la novela la conducta de Mia está guiada por una culpa alojada en el pasado, por la tentación de darle a su hija Pearl la estabilidad que faltó en su niñez; en la serie ese impulso está plagado de idas y vueltas y la culpa se entremezcla con una rebeldía más corrosiva, que modela sus movimientos y anima sus reacciones. Queda claro en dos escenas, la primera cuando Elena le ofrece trabajar en su casa como ama de llaves y la segunda en su participación fortuita en el club de lectura. En la primera, su resistencia es más evidente que la que se vislumbra en la novela, en la que Mia resulta más resignada a ese rol en beneficio del bienestar de su hija, deslumbrada por la vida suburbana de la familia Richardson. Y en la segunda, ausente en el texto de Ng, Mia ofrece una interpretación subversiva de una intervención mediocre de Elena respecto al texto en discusión –Monólogos de la vagina, obra teatral de Eve Ensler, sintomática de los años 90-, y deja expuesta la sutil inteligencia del personaje, capaz de batallar con su “patrona” en sus propios términos, atentando contra todo intento de control y confinamiento.

En ese sentido, el giro que la miniserie opera sobre el personaje de la pequeña Izzy también es iluminador. El fuego que alimenta las llamas del inicio nace de algo más profundo que su rebeldía generacional, esa que a los 14 años puede llevarla a desoír los mandatos de vestimenta y modales de su madre. El germen de su rebelión anida en el consciente atentado contra todo aquello que su madre representa, desde sus ideas sobre la maternidad, la sexualidad y el orden moral, hasta su inconsciente forma de encarnar la corrección política. En su concierto de violín, Izzy se pinta en la frente que no quiere ser la marioneta de su familia y de allí nace su irremediable alianza con Mia, gestada en el arte que ambas consagran como expresión única de su libertad, pero también de una sintonía que lo excede. Si en la novela domina la sensación de hijas cambiadas, de que Pearl anhela en Elena todo aquello de lo que ha sido privada en su infancia errante, e Izzy esa anomalía que la sola presencia de Mia representa; en la serie eso se dispara en nuevas resonancias, en una cofradía muda entre madres e hijas cruzadas que sortea los conocidos encasillamientos y nos lleva a imaginar un más allá.

Kerry Washington

La novela alterna el devenir del vínculo entre los Richardson y sus nuevas inquilinas con un caso judicial que trascurre en paralelo. La mejor amiga de Elena y su marido, Linda y Mark McCollough (Rosemarie DeWitt y Geoff Stults) han adoptado a una niña de origen chino que fue abandonada en una estación de bomberos. Descorazonados luego de tantos intentos frustrados por ser padres, la llegada de la pequeña Mirabelle enciende sus vidas. Sin embargo, la madre reaparece para reclamar la tenencia de su hija May Ling, a quien tuvo que abandonar sumida en un estado de angustia y desesperación. Esa disputa agudiza el enfrentamiento entre Elena y Mia y potencia la reflexión sobre lo que significa ser madre y las posibilidades de elección que tienen las mujeres ante ese horizonte. La serie entrelaza ese dilema legal y moral con las vidas mismas de los personajes, con la gestación de sus lealtades y compromisos afectivos, y consigue al mismo tiempo evocar la cuestión de la inmigración que resulta de inocultable actualidad en Estados Unidos.

Por último, es interesante como Reese Witherspoon complejiza en este personaje importado de una novela ajena el derrotero de todas y cada una de sus criaturas. En sus ilusorias ambiciones está aquella obsesión lindante con la psicopatía de La elección (1999), los mandatos puestos en jaque por el humor y el absurdo que encarnaba su Elle Woods en Legalmente rubia (2001), el idealismo del amor y el deseo que cristalizaba No me olvides (2002), hasta sus rostros recientes y maduros tanto en Big Little Lies como en The Morning Show, en las que los contraluces asoman detrás de la compostura y la aparente perfección. Little Fires Everywhere es un paso definitivo en el estudio de un personaje que ella ha sabido encarnar a la perfección como actriz, que ha sabido exponer de manera descarnada. Esa mujer cultivada por la idiosincrasia americana de la competencia y el autocontrol, sostenida en un andamiaje tirano y endeble, desgajado desde sus mismas entrañas con una virulencia extrema. Witherspoon, convertida ahora en una productora estrella de la televisión, ha podido revelarse en cada uno de sus proyectos que la tienen como protagonista, mostrando que todos los fuegos dispersos son capaces de gestar el más abrasador de los incendios.