El músico publicó el disco "Vidadélica"

Julián Terán, folklórico y psicodélico

"Soy una especie de folklorista glam" se define este músico que deja convivir en su propuesta la confluencia del cantautor y el artista visual.  
El "Chango Farías Bowie" es el apodo que utiliza Terán como actúa. El "Chango Farías Bowie" es el apodo que utiliza Terán como actúa. El "Chango Farías Bowie" es el apodo que utiliza Terán como actúa. El "Chango Farías Bowie" es el apodo que utiliza Terán como actúa. El "Chango Farías Bowie" es el apodo que utiliza Terán como actúa. 
El "Chango Farías Bowie" es el apodo que utiliza Terán como actúa.  

El Chango Farías Bowie, apodo que Julián Terán usa cuando toca en vivo, torna todo más fácil. ¿Qué "todo"? su música; lo que hace; cómo la piensa; o el porqué de cuando dice que entabla un diálogo melancólico con la vidalita “al nombrarla como un mantra cimarrón”. Entrar en este, su mundo, implica entonces deconstruir el universo de tradiciones folklóricas, pero no para ir contra él. Simplemente, para mirarlo desde otro lado. Y tal foco de mirada emana de la tapa de Vidadélica, flamante disco solista producido por Pol Nada y publicado por Los Años Luz. “Es la foto de Farías Bowie, mi alter ego”, ríe. “Me puse así porque soy una especie de folklorista glam, y la imagen precisamente connota el universo de opuestos que despliega el disco. Un espacio interior que es también un cielo estrellado, plumas y rímel para un folklore de raíz, sintetizadores y bombo legüero… glamour y melancolía”, ensambla este muchacho mezcla de cantautor con artista visual, al contemplar un disco sereno, onírico y volado, “folklórico y psicodélico”. “Me gustan mucho las palabras compuestas, los neologismos. Y en este sentido, Vidaladélica se ubica en ese lugar donde se entrelazan los sentidos, y encierran en una sola palabra el universo del disco”, refrenda.

Terán nació en San Miguel del Monte, cerca de la estancia de Rosas, y se mudó al AMBA cuando tenía 19 años. Pero no para expandir sus músicas sino para Artes Visuales, en Bellas Artes. “Creo que fue en un momento de crisis fuerte, llegando a los 30, cuando abracé de nuevo mi guitarra y comencé a hacer canciones. Fue como abrir una compuerta y la música inundó todo”, confiesa. El primer paso lo dio con Undercolour, banda inspirada en Radiohead y Nirvana. El segundo, cuando escuchó hacia dentro una vibración más cercana al folklore. “Vidaladélica se pensó mucho desde ese lugar. Con Pol (Nada) nos preguntamos mucho sobre cómo pensar una posible deriva del folklore por territorios poco transitados, lejos de las estridencias festivaleras, las voces estentóreas, el virtuosismo, el sentimiento impostado y los lugares comunes. Cómo poder acercarse a una conexión más íntima, a un sonido más opaco, mas terroso y oscuro, a un diálogo con el paisaje que, como dice Yupanqui, también está dentro de uno mismo”.

-Poco se arriesga si se dice que lograste algo de eso en temas como “Revientacaballos”.

-“Revientacaballos” sintetiza bien mi búsqueda en lo que podría ser un folklore de raíz profunda, sí. Es decir, aquellas formas musicales de carácter elemental y primigenio, en las que prima la repetición y algo cercano al trance ritual. Aquí, la percusión es la reina absoluta en un golpe a tierra incesante que va creciendo. Las coplas aparecen como intermediarias entre ese ritmo duro y pesado, y unos sikus alucinados. Es aquí donde radica el sentido del canto de raíz profunda, en esa tensión entre lo terrenal y el cosmos. Igual, creo que es en “Todas las cosas”, donde se encuentra el corazón del disco.

--¿Por qué?

--Porque se trata de una baguala flashera y metafísica. Hay algo muy interesante en el formato de la copla y es que cada una crea un microuniverso sintetizado en cuatro versos; por lo tanto quien se pone a coplear, acciona un mecanismo en el que conviven múltiples relatos que arman un todo.

Antes de sus primeros conciertos en Buenos Aires, Terán solía escribirse en las manos y en el brazo a sus dioses musicales. Le daba fuerza ver su cuerpo los nombres a Violeta, Atahualpa, Alfredo, John, Paul, George, Ringo, Cat, David, Kurt, Simón, Chabuca, Beth, Mercedes, Caetano, Ney, Victor, Brian, Nick, Devendra, Panda “y otros muchos que estoy olvidando”, recuerda. “Esa invocación-evocación en la piel operaba como un halo protector para salir al escenario y hoy tranquilamente puedo decir que mis canciones son de todos ellos”, asegura.

-¿Cómo se conjuga lo visual y lo musical en lo que hacés? ¿cómo “se ven” tus músicas, dicho de otra manera?

-En mí día a día, la música y las artes visuales son como dos figuras danzantes que se miran, que a veces se tocan, se abrazan, y luego se separan y giran en torno en centro común… por ahí una zapatea y la otra salta. Cada una me sirve también como refugio de la otra, para explorar territorios que son propios de cada lenguaje desde lo formal, lo cual me permite un rango muy amplio de posibilidades de desarrollo de ideas, pensamientos y emociones

-El tema “Alumbra la tierra” parece tener algo de esa sinergia ¿Por qué `te fuiste` al Paraguay en esa letra?

-Hay una obra mía que se llama “Especulaciones sobre la luz mala”. Se trata de una serie de fotografías en las que recorro tangencialmente el mito y sus posibles materializaciones. Resulta que, mientras investigaba el tema, leí sobre una variante del mito de la luz mala en Paraguay, donde las luces fantasmales aparecían señalando el lugar de algún tesoro enterrado. Esta creencia se popularizó luego de la guerra contra el Paraguay cuando las poblaciones huían dejando ocultas sus riquezas con la esperanza de volver a desenterrarlas. Tengo otra canción en relación a esa guerra infame, una zambita llamada “Niño soldado”.

--Fernando Cabrera musicalizó “Nenia”, un hermoso y desgarrador poema de Carlos Guido Spano, inspirado en esa guerra. Tu tema recuerda esa versión, también

--Y además ese brote insistente de emancipación de los pueblos americanos permanentemente segados por los poderes centrales y sus cómplices regionales, que en este triste caso fue aniquilado y borrado por completo. 

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