Acaba de editar su segundo disco, "Corpo Possível"

Bruna Mendez, revelación de la música de Brasil

Apenas dos discos le bastaron a Bruna Mendez --a decir verdad, dos grandes discos-- para convertirse en una figura a la vez sigilosa y central de la música de Brasil. Eso quedó demostrado en Corpo Possível, su reciente y exquisito segundo trabajo que resulta un imprescindible de la música brasilera de los últimos años, donde se desmarca un poco del rock y de cierta MPB para embarcarse en un viaje más o menos bailable, soñoliento y colorido.

Ya no más. Algunos meses después de su primer disco Bruna Mendez no quiso saber más nada con la música. Largar todo y marcharse, ese viejo anhelo. Y lo hizo: vendió todos sus instrumentos, soltó amarras en Goiânia (su ciudad natal), se acomodó sus anteojos de marco grueso y sus rulos y partió. Pero volvió. Dicen que los caminos de regreso no son los mismos que los de la ida. Así fue.

Aquel disco --O mesmo mar que nega a terra cede à sua calma (2016)-- la ubicó casi de lleno en el primer plano de la música y la escena de Goiás y de gran parte de Brasil. Escena, la de Goiás, que ya contaba con algunos nombres de peso: Carne Doce, Boogarins; luego vendría, por ejemplo, Brvnks. Pero su aparición, su celebrada aparición había sido con el ep Pra Ela . Ambos trabajos forman parte de una misma y única cosa: una intención tímbrica e instrumental desde el rock, momentos rayanos a la MPB. En definitiva la formación era bastante clásica: voz, guitarra, bajo, teclado y batería. Allí no hay, casi, grandes distorsiones: las guitarras acarician, envuelven. Todo está amable y eléctricamente pulido. En esa inquietante escena goiana Bruna brilla con una luz que no es incandescente. Más bien es una lumbre apenas opaca, un brillo a veces iridiscente.

En orden, entonces: esos dos discos, el escape de todo ello, la vuelta. Que la encontró, de alguna manera, en un lugar similar: se hizo nuevamente de sus instrumentos y volvió a componer. Lo dijo en varias entrevistas: no tenía muy en claro hacia dónde pero sí sabía que aquello ya no. No asomaba, ni siquiera lejos, la hechura de otro disco. Pero, como casi siempre pasa, entrevió algo. Avistó alguna cosa a la distancia. Y hacia allí fue.

Lo primero que sorprende en Corpo possível, editado hacia el final de 2019, es eso que está más que sugerido durante los primeros segundos de "Avisa": el disco abre como si hubiera allí un hilo de continuidad de O mesmo mar…; se escuchan unos pájaros --¿se alejan o se acercan?--, el mar de fondo. Su voz, como doblada, canta: “Esta marea que viene sin miedo a inclinarse a la inmensidad, no voy sola, dime por qué estoy aquí”. Y el estribillo: “Estoy hecha río, protegiéndome en este mar”.

Vale pensar: si su disco debut era un camino en línea recta hacia el mar, aquí ya es el regreso: ese cuerpo y esas músicas ya se bañaron en aquellas aguas. Y ahora, es otro cuerpo --otro posible-- el que vuelve. Y eso, claro, está en el sonido. A poco de editarse ella contó a Música Pavé: “Este disco tiene que ver con eso, con las posibilidades que los nuevos elementos aportan a mi identidad. El tiempo entre un disco y otro, sirvió para ir viendo las posibilidades y experimentando. Y aceptar que no importa si tengo una canción completamente electrónica y otra orgánica”. Corpo Possível es, en gran parte, un desmarcamiento musical. Hasta se corrió geográficamente: no grabó en Goiás, como sí había hecho hasta el momento, sino en Curitiba, mil doscientos kilómetros hacia el sur. Un disco etéreo, sintético, tanto más tecno, más pop. Más bailable. Pero así y todo: no pierde el encanto de lo orgánico. Y en este punto sí: vale pensar en, por ejemplo, la música paulista Tulipa Ruiz. O, más aún, en A pele do futuro (2018) de Gal Costa. Pero vamos, hay diferencias: lo que aquel de Costa tiene de desenfreno este lo tiene de sosiego. Ciertamente más pausado. Íntimo. La alegría no es sólo brasilera, la melancolía no es sólo rioplatense.

Como muestra, bastan un par de canciones. Agrupadas y en fila, el conjunto que conforman "Transbordo longe", "Tropical", "Pele de Sal" (en colaboración con "Tuyo", quienes además tuvieron, junto a Gianluca Azevedo, una presencia de peso en la producción y los arreglos musicales y vocales), "Imagem em mi", "Licença" (fue el simple del disco, aquel que hacia 2018 ya avisaba la mudanza) y "Dancei" (con todo el swing del mundo encima) es un reflejo de eso. Esas canciones son, justo a mitad del disco, como el nudo de la madera: todo allí es irrompible. No hay posibilidades, aquí, de un mal viaje. Un río colorido sobre su cauce cierto. Es un disco exquisito, fino. Marcado por el pulso electrónico, los beats, el sampler, los registros vocales velados, intervenidos, superpuestos. Otro tipo de cuerpo, otro posible. Es un trabajo pensado ya no desde la guitarra –como sí lo fue O mesmo mar…- sino desde los teclados, las programaciones. “Cualquier nuevo descubrimiento fue una posible nueva referencia de tono. Comenzamos con el timbre y luego vimos los arreglos” dijo. Pero tanto aquí como allá, la voz de Bruna: ese soplo apacible y delicado. Y su lírica: sigue plagada de mar, río, viento, tierra. Parte del viraje está avisado desde las tapas de sus trabajos: en la del EP su cara está sugerida en una especie de dibujo a mitad de camino entre caricatura y collage; en O mesmo mar… su perfil aparece intervenido, por donde su cara se parte en dos asoman unas olas dibujadas. Y por último Corpo possível: ella, apenas perfilada, plano pecho, mira de frente, un talante serio, el fondo rosa casi todo lo puede.

Anochece. O ya casi. A bailar entonces. Aunque sea un poco, que quizás este mundo se acabe.

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