La nueva serie de Ryan Murphy

Hollywood: realidad paralela

La nueva producción Ryan Murphy, el creador de Glee y American Horror Story, imagina un Hollywood paralelo, en donde el amor y la voluntad de gays y lesbianas es capaz de superar obstáculos y eludir la censura, aun en los tiempos del Código Hays.
Jake Picking como Rock Hudson y Jeremy Pope como Archie ColemanJake Picking como Rock Hudson y Jeremy Pope como Archie ColemanJake Picking como Rock Hudson y Jeremy Pope como Archie ColemanJake Picking como Rock Hudson y Jeremy Pope como Archie ColemanJake Picking como Rock Hudson y Jeremy Pope como Archie Coleman
Jake Picking como Rock Hudson y Jeremy Pope como Archie Coleman 

Cadáver exquisito

Hollywood probablemente haya muerto definitivamente. Ya en los últimos años, el sistema de producción y distribución se había transformado tan radicalmente que los grandes dinosaurios de la industria sólo atinaban a protestar por la supremacía de las plataformas de streaming en la ceremonia de los Oscar, donde había, por otro lado, cada vez menos “estrellas”. El tiro de gracia probablemente haya sido la pandemia de COVID-19, que parece haber obturado la idea misma de “ir al cine”, esos palacios plebeyos de antaño, luego convertidos en livings comunitarios en los que, como todo el mundo sabe, la tos misma se contagia de unx a todxs. ¿Quién sería capaz de someterse a semejante estrés para ver una película mediocre? Habrá quienes vivirán esa muerte glamorosa como pena. Pero habrá quienes la aprovecharán para inventar un arte nuevo, si es que todavía tiene sentido la invención de un arte separado de los otros, animado por la jactancia de ser verdaderamente representativo de la época que nos toca vivir. Pero, en definitiva, el gran arte se reconoce siempre en los anuncios de su muerte, de modo que a lo mejor el cine muestra su agonía para mejor sostenerse en ese abismo incómodo del muerto-vivo.

En todo caso, parece ser la hora de los bellos discursos: Érase una vez en Hollywood (2019) de Tarantino, que repite el título en castellano de That's Entertainment! (la recopilación de archivo de la Metro de 1974 que es casi como una confesión de partes: festejemos nuestros cincuenta años no con algo nuevo, sino con pedacitos de lo viejo), y Hollywood, producida y guionada por Ryan Murphy y recién distribuida a través de Netflix permiten pensar en la enfermedad de esa fábrica de ilusiones que fue Hollywood, sobre todo en su época dorada.

Patti Lupone como Avis Amberg

Universo alternativo. Hollywood cuenta una historia en siete capítulos y se deja ver con ligereza y alegría. No es una gran serie (muy lejos de las temporadas buenas de American Horror Story y, sobre todo, de Feud, 2017, sobre la rivalidad de Bette Davis y Joan Crawford) pero al menos no es estridente y, sobre todo, sostiene su amabilidad hasta el último plano. La historia comienza en la inmediata posguerra y focaliza su atención en un hipotético estudio Ace que funciona de acuerdo con la lógica de los grandes estudios. La mayoría de los personajes son ficcionales pero hay algunos inspirados en caracteres frecuentes en los libros de historia del cine: Rock Hudson, Henry Wilson (desempeñado por Jim Parsons, oh sí, Sheldon Cooper) sobre todo. Wilson fue agente de Rock Hudson (nombre por él inventado) y fue quien le propuso en 1955 que se casara con Phyllis Gates para ocultar su estridentísima homosexualidad. El matrimonio por conveniencia duró hasta 1958.

El otro personaje “real” que conviene mencionar es Hattie McDaniel, que ganó en 1940 el Oscar a la mejor actriz de reparto por su personaje Mammy en Lo que el viento se llevó. Fue la primera afrodescendiente en obtener la estatuilla, pero por política racial no pudo entrar al teatro donde se hacía la ceremonia hasta que el sobre fue abierto. Ése es el Hollywood que Ian Brennan y Murphy eligen ficcionalizar y dar vuelta como un guante: una fábrica hipócrita de ilusiones perdidas, fundada en el racismo extremo, la homofobia, la transfobia y la misoginia que en la serie se resuelve en la asunción orgullosa y desafiante de la propia identidad y la propia fuerza.

Hollywood pudo ser de esa otra manera, nos dicen los guionistas: un lugar donde las parejas homosexuales y/o interraciales pueden ir de la mano a las ceremonias de premiación, un lugar donde las mujeres no son relegadas al papel de sirvientas o secretarias resentidas, un lugar donde el color de la piel o la identidad de género no necesariamente determina el tono de la historia a ser contada. Un lugar donde la autenticidad y la verdad se dan la mano con la justicia y el amor universal.

Ahora bien, si el Hollywood de los años cuarenta hubiera mutado en esa dirección lo que habría que preguntarse es cuáles habrían de ser (más allá de la mera voluntad de los protagonistas) las condiciones necesarias para esa mutación y, sobre todo, cuál habrían de ser sus consecuencias.

Sobre lo segundo, hay una respuesta clara: el extraordinario libro de Kenneth Anger Hollywood Babilonia no habría podido ser escrito. Tal vez su primer tomo, pero en modo alguno el segundo. Hollywood Babilonia (1959) muestra impiadosamente la hipocresía de una comunidad que exaltaba los valores tradicionales de la familia, la propiedad privada y la obediencia a las normas, a través de un sistema de individualidades (el famoso star system) entregadas a todos los excesos y todas las “desviaciones”, incluidos, claro está, los delitos (lavado de dinero, violación, asesinatos, etc.).

El triunfo de la voluntad. En cuanto a lo primero (las condiciones para una mutación semejante), Hollywood parece insinuar que con un poco de coraje y un poco de determinación alcanza. Con una mujer como la esposa del dueño del estudio (desempeñada extraordinariamente por Patty LuPone), un director semifilipino, un guionista y una actriz afrodescendientes y un par de homosexuales dispuestos a mostrarse al mundo tal cual son se resuelve todo prejuicio porque no hay, en la perspectiva de Murphy, condiciones estructurales que justifiquen el mal social: la discriminación, el aplastamiento de las aspiraciones, la subalternización y las fantasías de exterminio.

En situaciones normales habría que pedirle cuentas a Ryan Murphy por haber propuesto un cuento de hadas autocomplaciente que parece querer justificar la estructura de la siniestra imaginación hollywoodense (es decir, de la cultura de masas) a partir del triunfo de unas voluntades que encuentran la forma de hacer dinero incluso a partir de la insurrección callada de unos pocos. Como estamos en situación de pandemia, le agradecemos esta fábula inconsecuente y ligera, que nos lleva a un sueño algodonoso de la mano de Rock Hudson y su novio negro. Mañana, sin embargo, habrá que volver a pelear las mismas batallas para salir de una estructura de opresión e hipocresía.

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