La cineasta Jazmín López elige su película favorita

"La Chinoise" de Jean-Luc Godard

Fueron muchas veces que borré la primera frase de este texto. No quiero elegir esta película quiero elegir El color de la Granada pero ahora no puedo. En un departamento antiguo hay algunas panteras blancas y una negra. Libros rojos por doquier, juguetes, posters, disfraces, armas de juguete y armas de verdad. La cocina es como la idea de una cocina. Sueltas las panteras, sueltas sí, pero se encerraron a sí mismas. Creen en la revolución y quieren cambiar el mundo. Son muy jóvenes y bellas. Nunca les faltó nada y están listas para atacar. Toman la leche, mojan el pan con manteca como si fuese una medialuna en el café.

Juegan a dar clase, a besarse y a divorciarse, rompen todo, sangran, se pelean. Una de las panteras cocina y lava, y además se prostituye para llevar plata a la casa. Las demás panteras solo juegan, no tienen contacto con la realidad que quieren cambiar pero eso no importa.

Hay música, voces sexys, ideas, ideologías, cerdos y tigres. Hay una ametralladora que es radio. Todo "eso" tirado como un collage animado delante de tu cuerpo inmóvil.

De pronto todo se rompe en tus iris, la imagen se corta, la música se frena justo después del acorde más emotivo (unx buenx músicx sabrá qué palabra es la indicada), aparece sangre, un póster, una palabra, se menciona a los cerdos. La continuidad no existe. No te queda otra, "eso" se te rompió adentro y cuando se rompe algo adentro después te toca parir sola.

Yo de infanta juvenil tenía algunas inquietudes políticas muy púberes, muy poco desarrolladas, casi hormonales y quién sabe si genéticas. Mi padre y mi tío fueron parte del grupo Montoneros y nunca eso fue de sus bocas a mis oídos; siempre, eso, estuvo mediado por amigxs, familiares, tercerxs, desconocidxs y fantasmas. Yo no comprendía y comprendo poco el espesor de “eso”. A mis 18-19 años "eso" tenía una carga pulsional que no lograba tomar forma en una imagen que mi carne post adolescente pudiera digerir.

Pienso que ese estado hormonal-político es el que también vivieron mi papá y mi tío en esa lucha, pero la represalia cívico militar que los cuerpos Argentinos sufrieron fue tan sangrienta que destruyó cualquier pulsión juvenil posible. Y a mi tío lo echaron de Montoneros por Puto.

Y sangrienta no como en la sangre de una película. El viejo dice No es sangre es rojo y en Argentina el rojo es sangre de verdad.

¿2004? Fui a la Lugones creo, a ver La Chinoise de Godard con mi amigo Alejo. No leí previamente una sinopsis ni nada parecido, pensaba que sería una película sobre un personaje de origen asiático y alguna aventura en la París de los sexis 60-70s. Bueno no, no era eso o sí era eso: mi papá y mi tío panteras en una gigantografía animada y el relato era un collage de lo que me habían contado tercerxs sobre sus épocas de militancia. Yo tenía 20 las panteras tienen 20 y papá y mi tío tenían 20. Creo que lloraba y la gente me miraba llorar de reojo porque la película da para todo salvo llorar y yo que además no lloro. Mi amigo Alejo al salir del cine me apodó Chinita y aún lo conservo.

Era la contradicción misma entre el deseo de la revolución y el problema de clase imposible de solucionar en una película. Era el problema expuesto, tirado sobre la imagen como si fuese pintura en un lienzo --eso tiene la pintura, la exposición del problema sin solución de continuidad ni solución de solución--. La materia es el problema.

En La Chinoise hay una crítica a esxs niñxs riques que pretenden cambiar el mundo, pero también hay una crítica sobre la crítica, ¿qué pasa si nadie lo hace? ¿y cuál es exactamente el problema de que lo hagan? ¿por qué estamos pidiendo una exquisitez teórica y filosófica a alguien que se quiere manifestar en contra del mutante y renovado orden capitalista?

Las panteras juegan a la revolución, es verdad. Es verdad también que nadie salió de su clase social, y que en el camino mataron a alguien; es todo verdad. Pero si Godard está criticando a esxs niñxs por estetizar la revolución lo está haciendo estetizando las imágenes que estamos viendo. Inventando una imagen que posee el problema dentro como unx embarazadx.

El cine nació sin aura y con un montón de óvulos; algunos revolucionarios, pero otros terriblemente capitalistas, sometedores. Godard sabe mejor que nadie usar los medios de lo segundo para hacer lo primero. Y La Chinoise fue su summum de belleza, después empezó su cine más político y en esta Chinita vemos la fuerza pujante de su cine político en estas imágenes espectacularmente bellas, todo juntos.

Grandes diferencias hay entre una pantera rica de París en esa época y mi papá estudiante platense de clase media peronista, aunque los años coinciden cruelmente. Grandes diferencias ahora conmigo que estaba pudiendo estudiar cine: ¿Cine?

Cada vez más problemas. Estas panteras salvajes pretendiendo ser formas humanas “naturales”. Naturales o razonables quiero decir que pretenden crear un verosímil (algo parecido a la realidad, pero deliberadamente distinto) que contenga una lógica interna: tenemos que "creer" en lo que vemos. Ver para creer y creer para ver.

Un lío, la batería de pinceles del cine es un lío. Y yo fui un lío adolescente.

Tener el ojo al palo mirando a las bellezas blancas, privilegiadas y gigantes, caminando arriba de una alfombra blanca peluda y sesentera como Brigitte, sí y que de pronto la continuidad se desmorone y te deje con todo ese "verosímil" que habías comprado, garpando.

Estoy tratando de hablar de una imagen irresistible. ¿La ves? Bueno, a esa imagen clavale una fecha de tiempo y después mirala destruirse.

Y no te olvides de que la imagen es gigante. Ahí el viejo Jean Luc te tiene agarrado y cuando ya abriste el chakra de tu tercer ojo es ahí donde te parte al medio. Desde el chakra tercer ojo hasta el de tu sexo. Casi como un procedimiento de Kulechov. Y ya el verosímil, la continuidad, la narración quedan como un chiste barato de Quico de El Chavo del Ocho.

El alma en estado de lucidez y dolor al mismo tiempo. Te deja embarazadx, todx deseante y con el pensamiento lúcido. Todo esto para decir que mis sentidos estaban saturados, que mi ojo hacía agua y se había entregado, que mi mente estaba haciendo cálculos imposibles, que mi cuerpo estaba trozado por las panteras y que la historia de mi padre juntaba trozos de mi carne para construir mi cuerpo. Pasaron años, y en el 2016 decidí hacer una película sobre la película. “Género” que existe, que hay mucho de ello, aunque jamás había tenido ningún interés por las películas sobre otras películas, sigo sin tener ningún interés por las películas sobre películas.

Hete aquí que terminé una película sobre películas hace unos meses. Agarré varios momentos de La Chinoise y los collagié en un sólo travelling, un travelling que vuelve la película espacial, que todo se sucede sin solución de continuidad ni cortes, paradoja. Es como dice una de las panteras: “como si la película sucediera toda al mismo tiempo”, y nosotros vemos sólo desde dónde estemos. Es como una danza, hice una coreografía.

Tal vez coreografiar es ordenar temporalidades, y La Chinoise, para mí, fue un organizador de imágenes: aquellos cuentos de mi mamá sobre mi papá montonero, aquellas frases de mi abuela sobre el arma de mi tío detrás del mueble naranja, aquellos chistes de “Fideo”, el amigo de mi papá, sobre sus temperamento revolucionario y el color de su granada que mi mamá trata de recordar y que no es la granada de la película de Parajanov.

Todas mis fantasías sobre mi papá y mi tío peleando por una causa que es mi causa, se organizaron en esa tarde cuando ví La Chinoise y pensé que hay que confrontar ideas vagas con imágenes claras.

Jazmín López nació en Buenos Aires en octubre de 1984. Obtuvo una licenciatura en la Universidad del Cine de Buenos Aires con orientación dirección. Realizó clínica de obra con Jorge Macchi y la Beca Kuitca, este último en la Universidad Torcuato Di Tella de Buenos Aires. Desde 2009, su trabajo es representado por Ruth Benzacar Galería de Arte. Realizó una Maestría en Artes Visuales en NYU, Nueva York, teniendo como asesores a Fred Moten, Boris Groys y Maureen Gallace. Su ópera prima, Leones, se estrenó en el 69 Festival Internacional de Cine de Venecia y se mostró en lugares como MoMA y Lincoln center (NDNF), en el Centre George Pompidou, y KW Institute Berlin entre otros.

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