El Discóbolo

La distancia es tan habitual que olvidamos su enorme significación en la cultura y en la vida en general, humana y animal. Por decir lo menos. Como todo gran concepto, precisa atravesar varios momentos en que va adquiriendo distintos significados, hasta que se disuelve en nuestro lenguaje diario. Y se multiplica o ramifica alegremente. Tomar distancia, en el colegio. Distanciamiento moral, luego de una pelea o de un rencor mutuo. Brecht la convirtió en noción teatral para mejor elaborar las emociones. Forma suave de la separación, el distanciamiento es también -ahora- una política sanitaria de estado. Y decisiones personales en épocas de contagio. Es la primera precaución, el distanciamiento, tan diferente a lo que muchas decimos que a lo mejor nos gusta, el borbotón de personas apretujadas en un vagón de subterráneo o el grupo humano que sale apresuradamente del estadio luego de terminado el partido, pensando cabizbajos tanto en el resultado como en conseguir la movilidad adecuada para salir rápido del maremágnum. Y olvidar quizás una derrota.

Tirar una piedra con cierta fuerza equivale a ir descubriendo las significaciones de la distancia. Como todo acto agresivo también tiene su reverso para el conocimiento. Mide los terrenos y acaso origina el sentimiento de la propiedad. Quizás no sea mejor tirar una piedra y decir “hasta aquí llega lo mío”, que medir por varas, instrumentos tal vez más pacífico. El Discóbolo, la famosa escultura griega -cuyo original se ha perdido, destino de casi todos los monumentos de origen-, lo conocemos sin embargo por su disposición de desafiar la distancia. También el lanzamiento de la jabalina nos dice algo de la relación entre fuerza, habilidad y distancia. La tierra merece ser medida y el deporte nos ayuda para eso, aunque es lógico que esa no sea su finalidad principal.

No obstante, hay en la distancia algo fundamental pero inquietante. Lo que llamamos historia de la civilización es entre tantas otras cosas (seguramente más importantes) una totalidad de trabajo sobre la noción de distancia, para establecer la ecuación de un acotamiento, una cuadrícula, un latifundio. ¡Acortar distancias! Lo saben los paisajistas, los que trabajan diseñando parque o jardines, sean románticos o racionalistas. Tratan no de acortar sino de que se saboreen distancias. Decisión de una traza que permite un goce fuera del tiempo, un camino curvado, serpenteando u oblicuo, donde podemos perdernos y anular el afán de acudir solo a distancias lineales. Los laberintos desafían totalmente la idea de distancia útil y previamente razonada. Grandes autores dijeron que paseaban por una ciudad para perderse. Los grandes inventos del ferrocarril, el tranvía, el ómnibus y el avión, permiten resolver problemas de distancias replicando, más o menos, los mecanismos de trabajo que se despliegan en un taller o en una oficina. Ahí, quizás se encuentra siempre el mismo movimiento, o las cuatro o cinco cosas que insisten como ritual productivo ante una máquina o una computadora. Solo que lo que en el taller o ante la pantalla se ejerce en un ámbito acotado, en el transporte se expande en líneas trazadas sobre el territorio. Un punto no es lo contrario de una línea, como todos sabemos.

Las variaciones de la experiencia de la distancia son enormes. Algunos toman tres colectivos y un subterráneo, son los periféricos o suburbanos; otros van a pie, otros en cantidades incalculables se quedan en casa, y están los que tiene diversas derivas en la gran ciudad. Son los caminantes de la desesperación. Merecen un capítulo aparte, no se puede decir que tengan la ventaja de tener una amplia avenida como dormitorio. Sin embargo, algo ha ocurrido ahora con el sentido de la distancia, es decir, del tiempo. No hay distancia y después tiempo. Ambos se consumen igual. Las tecnologías de la época -si se nos permite la vulgaridad, digamos el Tecnoceno, a través del enorme desarrollo que han tenido las ciencias de la distancia, las reconocen y al mismo tiempo las reducen como jíbaros en el libro de los rostros, el facebook. El teléfono fijo, el transporte aéreo, el celular, internet, el zoom, el teletrabajo. Puesto que hay distancia, hubo carabelas, astrolabios y exploradores. Las distancias son las mismas, pero las técnicas de medición han logrado atomizarlas en micro temporalidades, sucesiones de imágenes que permiten con precisión de águila ver que ocurre ahora en una ruta de salida del aeropuerto de Bagdad.

No es fácil decir cuál será la distancia que habrá que recorrer para reencontrar la ciudad, los bares, los abrazos, el roce de los cuerpos. Es una distancia que tiene componentes políticos, sociales, morales. Pero no es difícil imaginar que el desacomodo formidable que provocó este aerolito que envió la naturaleza, nunca inerte, a través del búho de minerva -llámese murciélago o lo que sea-, contribuirá a que se agigante un tipo de economía de la distancia, que trabaja para anularla como problema. Son las réplicas telemáticas o digitales, como en su momento fueron la fotografía -contemporánea del socialismo- o el automóvil- contemporáneo del liberalismo y del neoliberalismo. Es que hay dos accesos a las tecnologías. El que las sigue considerando como el Discóbolo, un esfuerzo humano sobre la experiencia dramática del espacio. O la consideración de la distancia y el propio lanzamiento del disco contorneando bellamente el cuerpo, e este momento comprimidos en una máquina que nos provee trabajo, entretenimiento, amor y disciplina. Y poco a poco destruye nuestra imaginación. Es decir, si nos descuidamos.

No es innecesario aclarar que seguiremos usando nuestras computadoras u ordenadores, en nuestras casas o con los celulares en nuestras manos, poniéndolos en los bares mientras tomamos café. A la expectativa. Quizás nunca llegue el llamado que esperamos. Pero sería una irresponsabilidad más, no saber que somos los mismos que hace millones de años teníamos “los útiles a la mano”. Se medían los actos por la distancia a tiro de piedra. Claro que es también el origen de la guerra. Hay que decirlo todo. Pero sabiendo de los riesgos, deberíamos recuperar el sentido abierto, antropológico del arte amoroso de la distancia. Lo que se da, se mantiene y se cancela cuerpo a cuerpo. Quizás sea ese el sentido del gran concepto de Agamben, la vida desnuda, no un paria que marcha al sacrificio, sino un símbolo querible de nuestra imaginación, dejar que las distancias queden en nuestras manos desnudas. Que no la regule el agente de viajes con el pretexto de ampliarla. Que no las concentren las grandes corporaciones informáticas, con el pretexto que nos ahorran saber cuán lejos pueden llegar nuestros propios envíos. 

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