La Salta de cuarentena flexibilizada

Esa economía que no arranca

Comercios y restaurantes con las puertas abiertas y los locales vacíos. El coqueo ahora es estatal y la falta de vivienda desafía el frío y el aislamiento obligatorio.
Restaurantes abrieron pero la gente no fueRestaurantes abrieron pero la gente no fueRestaurantes abrieron pero la gente no fueRestaurantes abrieron pero la gente no fueRestaurantes abrieron pero la gente no fue
Restaurantes abrieron pero la gente no fue 

Como en el Antón Pirulero, donde cada cual atiende su juego, la Argentina ahora sí parece tener una grieta. Mientras en ciudad y provincia de Buenos Aires se disparan los casos de contagios de coronavirus y se preparan para el tan anunciado pico, el resto del país transita la flexibilización con relativa calma, y la preocupación radica en poner a marchar la economía.

Salta sintió estas últimas semanas los efectos de una Buenos Aires bajo coronavirus, con tres casos positivos de personas que venían desde esos lares, empardando casi en 15 días la misma cantidad de enfermos que en los 45 días anteriores, cuando los infectados llegaban desde el exterior.

Sin circulación viral, el riesgo para la provincia está en los reingresos de los salteños, pero hasta el momento el protocolo que se les aplica, que no estuvo exento de críticas y quejas, con cuarentena obligatoria de 14 días en hoteles, demostró ser efectivo.

“Eso es eficacia científica”, dicen los del Comité Operativo de Emergencia. “Eso es Dios, el Señor y la Virgen del Milagro”, manifiestan los creyentes, con Gustavo Sáenz a la cabeza. “Eso es pura suerte”, braman los escépticos de la ciencia, la religión y del gobierno.

Es altamente probable que sea una combinación de todo lo anterior lo que mantiene la situación bajo control. No por nada la ciencia es el motor de la modernidad, la fe mueve montañas y Julio César se encomendaba a la diosa Fortuna antes de invadir territorio bárbaro (hoy paradójicamente llamado primer mundo).

Lo concreto es que la tranquilidad trajo beneficios, y los salteños gozan de una nueva normalidad cada vez más parecida a la que estaba antes de la pandemia. Sin embargo, con la paulatina reactivación de las actividades, aparece el otro fantasma suelto: la crisis económica. Incertidumbre y malos pronósticos económicos son una combinación fatal para animar el consumo.

El comercio, a dos semanas de la apertura, todavía sigue carreteando por la falta de clientes y los restaurantes tuvieron un arranque malo en donde el distanciamiento social se cumplió a rajatabla, pero porque los comensales apenas ocuparon unas pocas mesas. 

En lo que coinciden comerciantes, gastronómicos y hasta los dueños de gimnasios es que las facturas de luz y agua llegaron en los meses en que estuvieron cerrados con un consumo superior al que tenían cuando trabajaban normalmente, todo gracias a la medición hecha por las empresas a puro ojo y calculadora.

Encima sienten que el Ente Regulador, el supuesto árbitro imparcial, inclina la cancha en contra y por momentos hasta cabecea los centros que tiran Edesa y Aguas del Norte. Con respecto a la luz, la salida propuesta por el Ente es pagar primero y tramitar después la devolución cambiando la potencia contratada.

En cuanto al agua garantiza, jura y asegura que no va a permitir ninguna suba en estos meses… total ya en marzo se hicieron los ajustes como para tirar hasta fin de año, algo que igual hubiese sucedido con o sin pandemia.

Otro síntoma de la malaria económica es que los municipios en sus partes de prensa ya no anuncian inauguraciones, sino que festejan poder pagar sueldos más o menos al día. Igualmente todos advierten las dificultades que tendrán para respetar aumentos acordados en paritarias y describen con pelos y señales los millones de menos que entran por la coparticipación.

Esta semana en General Güemes municipales cortaron la ruta y en Colonia Santa Rosa casi toman la intendencia. En Capital también se levantó sobre la hora un paro, pero en principio la queja era por la falta de interlocutores en el Ejecutivo, y no por plata como en los otros dos.

De bolsones y bolsitas

El coqueo sigue picando alto en la consideración de legisladores y ahora también de la Justicia. Ya son tres los proyectos de ley que piden cultivar la coca, importarla, o directamente ambas cosas. Jujuy pidió que le entreguen las hojas incautadas en aduana para poder distribuirlas, a lo que Salta se sumó, y la Justicia Federal en salomónico dictamen las repartió a ambas provincias.

Como para demostrar que no son improvisados, en los terruños de Gerardo Morales hicieron un protocolo de manejo, sanitización, fraccionamiento y embolsado de la hoja de coca con el objetivo de llegar “a Comunidades Indígenas, Cooperativas de Trabajo y Centros Vecinales de la provincia de Jujuy”.

Allí establecen que se entregará a los beneficiarios una vez por semana una bolsa de hasta 50 gramos de hoja de coca que tendrá la inscripción “distribución gratuita” y “prohibida su venta o comercialización”.

Moraleja: al reparto del bolsón de comida se suma la bolsita de coca, y el marketing clientelista ya se refriega las manos ante este inesperado nicho que le cayó de arriba. Las brujas no existen, pero…

La pesadilla de la casa propia

El otro gran tema de la semana, a decir verdad de las tres últimas décadas, fue una vez más el déficit habitacional de la provincia, que ya tiene características de endémico y sin solución inmediata a la vista, ni a largo plazo tampoco.

Ese número estimado de 72 mil familias a la espera de una casa, de las cuales unas 20 mil hacen paciente fila en el Instituto Provincial de la Vivienda, marca en tiempos de Covid-19 lo vulnerable que es la situación salteña si se cuela finalmente el virus.

El disparo de los casos en Buenos Aires se dio cuando en las villas empezaron los contagios. Allí abundan el hacinamiento y la vulnerabilidad, ambas condiciones que históricamente fueron el caldo de cultivo de cualquier peste. De eso sobra en varias barriadas salteñas, según lo manifestaron los diputados, que el martes en el recinto de sesiones pidieron por la construcción de casas en toda la provincia.

En los últimos años la política habitacional de Salta, lejos de ser rigurosamente planificada, se hizo mayormente a los sopapos, basada en la prueba y error, con más de lo último que de lo primero.

Los ejemplos de la improvisación afloran sin tener que ahondar mucho en la memoria. Los más rigurosos sorteos de vivienda se implementaron luego del escándalo en el 2013 de Lomas de Medeiros , un barrio que debía ser IPV, pero terminó siendo VIP.

Listas a dedo, ubicaciones negociadas, casas refaccionadas a nivel mansión que poco dejaron de las viviendas originales y presentaciones judiciales, fueron el preludio de la actual medida que consagra el reparto de las casas mediante un bolillero. Otra vez la diosa Fortuna, esta vez convertida en medida de justicia e imparcialidad.

Algo similar pasó con los terrenos. Adjudicaciones dobles y triples  (y ventas ilegales) de lotes llevaron a responsables de la dirección de Tierra y Hábitat a rendir cuentas a la Justicia y dejaron un polvorín del que aún se sienten las consecuencias, cuando cada tanto dos familias (o tres) intentan disputarse el pedazo de tierra que supuestamente el Gobierno les otorgó.

La opción privada tampoco ayudó, las estafas estuvieron a la orden del día y obligaron a la Legislatura y Concejo Deliberante a legislar urgente para ponerle un coto. Loteos que ofrecían el oro y el moro, se limitaron a ser un dibujo en un papel, sin escrituras, servicios, accesos, ni nada. Con el tiempo la normativa se fue ajustando, pero antes quedó un tendal de damnificados que todavía deambulan por los organismos públicos buscando una solución que hasta ahora el Estado no pudo darle.

Aunque por cuestiones electorales Juan Manuel Urtubey haya renegado del kirchnerismo, no podrá negar que gran parte de las 20 mil casas construidas con el IPV en sus doce años de gobierno fueron con fondos nacionales que llegaron entre 2008 y 2014. Pero además contó con esa rueda de auxilio que fue el Procrear, que ante la falta de créditos bancarios, permitió a la clase media, especialmente jóvenes, construir una vivienda.

Tal fue el boom que tuvo en Salta ese programa, que propició el surgimiento de decenas de barrios, privados y abiertos, que descomprimieron el centro y dinamizaron zonas que otrora eran potreros.

Más allá de algún esnobismo marketinero, como el de ponerle San Lorenzo Chico a lo que siempre fue Atocha Grande, esa movida inmobiliaria sacó presión al IPV, que pudo finalmente abocarse al público para el que originalmente estuvo pensado, aquellos que no tienen el mínimo acceso al crédito bancario.

Que manden boys scout

En la semana se conocieron por lo menos cuatro asentamientos multitudinarios en capital y el interior. La cuarentena hizo sentir el hacinamiento, pero además la falta de ingresos de los trabajadores informales dejó en la calle a quienes no pudieron pagar el alquiler de la pieza que ocupaban.

Sin otra opción recurrieron a lo que tienen a mano: un machete para desmontar un terreno con yuyos y unas estacas y plásticos para improvisar una carpa desde donde hacerle frente al frío, la llovizna y a los policías que los rodean con cara de pocos amigos.

La desesperación no reconoce de terrenos públicos o privados, aptos o inhóspitos, porque en definitiva lo que buscan estas familias es dejar de ser nadies invisibles y que por un ratito las autoridades y los salteños en general, sepan que existen y tienen un grave problema.

La solución a este drama de la vivienda requiere mucho de diálogo y más aún de gestión, cosas que generalmente no abundan. Palos y represión lo único que hacen es cargar broncas y posponer el problema para más adelante, que generalmente retorna con más violencia.

Hasta el momento la tensa calma continúa y la voluntad de avanzar en una salida pacífica se impone tanto desde los ocupantes, el gobierno y el ámbito judicial. Las imágenes que llegan de los barrios Justicia y San Remo, llenas de mujeres embarazadas y niños, exige que así sea.

De poco sirve la bravuconada del senador Guillermo Durand Cornejo, que desde su banca dio una clase sobre el monopolio de la fuerza pública del Estado a través de la Policía (se desconoce si el legislador leyó a Max Webber o llegó a esa conclusión a pura intuición e ideología de clase) y ordenó, invocando el sacrosanto derecho a la propiedad privada e ignorando el constitucional acceso a una vivienda digna, que saquen a los ocupas por las buenas o por las malas. Si no, dijo, los policías son simples boys scout.

Como reflexión final queda solo pensar si el senador, que llegó a ese lugar con nada menos que 102 mil votos, es un gritón aislado o dice lo que piensan muchos. Por la salud física y mental de los salteños ojalá sea lo primero, si no, la semana que comienza lejos estará de tener buenas noticias.

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