Lo que el coronavirus puede enseñar 

Sobre pandemia y capitalismos  

En el orden humano hay un elemento que se escapa de las manos y que llegado el caso puede poner de rodillas a los amos y a la vida misma. 

Mucho se ha dicho en estos días acerca del destino del capitalismo a partir de la pandemia de coronavirus. Las teorizaciones y aparatos lexicales, esas máquinas de explicación y puesta de sentido han sido especialmente convocadas. Las conjeturas son variadas y hasta por momentos erráticas, dado que lo que se ha producido en el mundo atañe preferentemente a lo real, a ese punto irreductible al lenguaje. 

Los pronósticos van desde decir que la crisis implicará la derrota del capitalismo hasta afirmar que de ella el capitalismo saldrá más pujante y en condiciones óptimas para su despliegue definitivo. También están las posiciones intermedias que hablan de cambios relativos, de transformaciones parciales, de extinción o atenuación de la fase neoliberal, etc. Quizá deberíamos partir de un dato incontrastable: el capitalismo como tal carece de límites y es, por estructura, consustancial a las crisis, vive de las crisis, todo lo reabsorbe y lo reintroduce en su circuito como ganancia, aun sus pérdidas y miserias, aun las catástrofes y calamidades.

El psicoanalista francés Jacques Lacan, a comienzo de los años 70, habla de un quinto discurso, el discurso capitalista que, a diferencia de los otros discursos que describe (del amo, de la histeria, el universitario y el del analista) aparece como un recorrido sin pérdida, sin grieta, sin un espacio de interrupción en su circularidad. Y si no hay resquicio, difícil es introducir en su curso la singularidad humana, la palabra, las consideraciones de orden ético y moral. 

Por ello, la pregunta actual, la urgencia inmediata, no es cómo dar por tierra con el discurso capitalista, sino cómo descompletar su totalidad, cómo establecer un punto de falta, un intervalo en su circuito que lo libere de su voracidad pantagruélica sin términos, de su insaciabilidad sin límites, cómo edificar un dique de contención a un capitalismo capaz de hacer hasta de su propia caída el mayor negocio y de ese modo relanzarse aunque, llegado a cierto punto, lo sea sobre las ruinas del planeta. 

Nos recuerda esto a aquel mito griego de Erecsitón, quien por haber profanado el templo de la diosa Ceres, fue condenado a los rigores del hambre sin límite, de manera tal, que habiendo ya devorado todo lo devorable, sin nada ya para engullir, terminó comiéndose a sí mismo. A su alrededor, imaginemos, quedaba la tierra devastada. En síntesis, no se trata de humanizar al capitalismo (que por estructura es no humanizable), sino de descompletarlo.

Si bien hoy se habla de la crisis profunda del capitalismo (en realidad no hay capitalismo sin crisis y sin conflicto), ésta no sería una más de las tantas por las que atravesó a lo largo de su historia. La crisis actual que aquel genera en el mundo no es sólo económica sino también ecológica, sanitaria, ética, humanitaria, en definitiva, un verdadero impasse civilizatorio. Pero ello no es sin consecuencias. Lo real que hoy se precipita viene a alertarnos de que algo en el orden humano ha ido más allá de los bordes. Lo que se presenta es un punto ingobernable que interpela a la ciencia, que se ve hoy conminada a buscar una vacuna para una mutación que trasciende por ahora el saber. Ese Otro, hasta ayer ilusoriamente garante, muestra bajo sus alas la herida. La época desnuda su reverso; al desarrollo y modernización tecnológica le sigue el saldo de la operación moderna: la aparición de nuevas enfermedades, la destrucción del ecosistema, la contaminación, el cambio climático, la apropiación planetaria, la exclusión, la transposición de los límites. 

La pandemia del coronavirus ha dejado al descubierto la falta de garantía y si bien en realidad nunca existió garantía en la travesía humana, los sujetos trataron de inventarla, de imaginarse un gran “Otro” que asegurara un sentido y una certidumbre, un punto de apoyo, un madero al cual aferrarse en medio de las aguas, la creencia de que las cosas en el universo seguirían funcionando como estaban previstas. Pero hoy ¿quién podría asegurar que en un futuro próximo no pueda aparecer un nuevo virus, una nueva mutación más destructiva que el Covid-19, que ponga a la humanidad en un riesgo incalculable?

A lo largo de la historia de la humanidad siempre hubo grandes pestes y epidemias, pero éstas quedaban circunscritas a una ciudad o a una región o parte de un continente, a diferencia de esta pandemia del Covid-19, que, dado el desarrollo de la ciencia y los viajes comerciales, es planetaria y posiblemente ocasionará alguna transformación de las percepciones y la cosmovisión del mundo. Lo cierto es que las epidemias y pandemias, las mutaciones de virus, aun cuando fueran de origen enteramente natural, vendrían a revelar en un punto la presencia de la intervención humana en dirección a un exceso, a una desmesura, a una desproporción, al trasvasamiento de los límites.

Todas las obras de la literatura universal sobre las pestes, inclusive la mitología grecolatina, muestran directa o indirectamente que en el desencadenamiento de las grandes plagas siempre hay algo de la intervención humana y de un desequilibrio que se torna excesivo en la regularidad del orden de las cosas, metaforizado literariamente en desajustes humanos de variada índole y que trasladados fuera de la ficción bien podrían ser hoy las manipulaciones genéticas de virus en los laboratorios, las alteraciones del equilibrio ecológico, las acciones generadoras del cambio climático, las forzadas migraciones masivas, la destrucción de los sistemas de la salud pública, la manipulación química de los alimentos, el retroceso de las funciones del Estado, la voracidad económica sin términos, el aumento exponencial de la marginalidad y el hambre, la ambición desmedida, la prevalencia del individualismo, el hedonismo, etc.

Este microscópico virus que hoy nos aflige, muestra que en el orden humano hay algo ingobernable, insondable, un punto de no-saber, irreductible al orden simbólico, un elemento que se escapa de las manos y que llegado el caso puede poner de rodillas a los amos y a la vida misma. Pero también, no obstante todas las calamidades actuales, quedan algunas enseñanzas: sólo la intervención de los Estados Nacionales puede contrarrestar sus efectos y evitar lo peor, establecer una barrera al desborde ilimitado, por ejemplo, de la especulación financiera y de la apropiación de los recursos naturales de los países, etc. Sólo la salud pública está en condiciones de socorrer a los ciudadanos en las situaciones de catástrofes.

Ya la mitología hablaba del flagelo que es la peste como expresión de ese punto ingobernable en lo simbólico. El poeta romano Ovidio (43 a. C al 17 d. C) retoma el tema en un pasaje de su obra "Las metamorfosis". Narra el rapto de la ninfa Egina por parte de Zeus, quien la lleva a la isla de Enone (luego llamada Egina). Hera enfurecida de celos envió como castigo la devastación sobre la isla de Egina. En la tragedia griega de Sófocles (496 a C al 406 a. C): "Edipo rey", la ciudad de Tebas está invadida por la peste, la enfermedad, se muere el ganado, etc. Edipo consulta al sabio Tiresias, quien le revela que ello sucede porque en Tebas hay un crimen que permanece impune. A partir de entonces Edipo emprende una tarea casi detectivesca para descubrir al autor del crimen que en definitiva resulta ser él mismo, que ha matado en una encrucijada de caminos al rey, a su padre verdadero. Cuando Edipo se arranca los ojos y se va por los caminos, Tebas se libera de los males.

Una recreación de la tragedia griega es la obra "Las moscas", de Jean Paul Sartre (1905-1980), inspirada en La Orestíada de Esquilo: la ciudad de Argos está invadida por las moscas y la peste, los habitantes permanecen encerrados en sus casas en estado de melancolía, solo se asoman para el día de los muertos, la ciudad está oscura, mustia, melancólica; el crimen que permanece impune es la muerte de Agamenón, quien a su regreso de la guerra de Troya fue asesinado en manos de su mujer, Clitemnestra, con la complicidad de su amante Egisto. Recién cuando el joven Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, regresa a Argos y venga la muerte de su padre, matando a su madre y a Egisto, las moscas abandonan Argos y sale de nuevo el sol.

Más cercano en el tiempo, el escritor alemán Thomas Mann (1875-1955) escribió la célebre novela "La muerte en Venecia" (1912), donde Venecia es asolada por una terrible epidemia de cólera. Los habitantes y turistas abandonan rápidamente la ciudad, salvo el protagonista, el escritor, Gustav von Aschenbach que prefiere permanecer en su hotel, a riesgo de morir, fascinado por la extraordinaria belleza de un joven de nombre Tadzio. Aschenbach muere una tarde en la playa en nombre de su goce incondicional.

No nos olvidemos de esa especie de anticipación del hoy llamado coronavirus, una narración profética sobre las guerras del siglo XXI, aquel cuento largo o short story del gran escritor estadounidense Jack London (1876-1916): "Una invasión sin precedentes" (1910), donde las potencias extranjeras, especialmente los Estados Unidos, en puja comercial con China y ante la imposibilidad de invadirla con armas convencionales (a causa de su enorme demografía), recurre a la guerra través de laboratorios químicos y lanza sobre el país asiático tubos que al principio produjeron la risa y la incredulidad de los habitantes, ya que solo contenían mosquitos, los cuales resultaron ser portadores de virus letales que diezmaron la población china.

Nadie dejará de recordar la magnífica novela del escritor francés, nacido en Argelia, Albert Camus (1913-1960): "La peste" (1947), un clásico de la literatura existencialista, ambientada en la ciudad argelina de Orán, novela basada en la plaga que sufrió esa ciudad durante 1849, luego de la colonización francesa, donde la población fue diezmada por varias epidemias, aunque la narración fuera situada en la contemporaneidad de Camus. Allí se muestra la solidaridad humana frente a la plaga, la entrega heroica de los médicos y enfermeras y también las mezquindades y conductas individualistas de algunos. Una novela psicológica, en definitiva, que describe las conductas humanas frente a la epidemia y a la adversidad colectiva. 

También podemos mencionar "El teatro y la peste" de Antonin Artaud (1896-1948). Las obras son demasiado numerosas e indican que el tema de la peste es constante en la literatura universal, dado que representa aquello que en el acontecer humano se vuelve caprichoso e inmanejable, lo que se escapa a los cálculos y a las certezas cotidianas tranquilizantes, la irrupción de lo real.

Lo importante es que en todas las obras citadas las plagas y las pestes aparecen asociadas a un episodio irresuelto, a un atropello, a un crimen que permanece impune, a un ir más allá de los confines. Quizá el Covid-19, que hoy nos aflige y angustia, sea un botón de muestra y un anticipo de lo que podría suceder en cualquier momento (facilitado por el actual desarrollo tecnológico) si no se produce en la civilización un cambio de perspectivas (ecológicas, subjetivas, climáticas, económicas, éticas, etc.). Hay algo que ya no va más. Por este camino la embarcación civilizatoria se dirige raudamente hacia los arrecifes.

Esperemos que el coronavirus sirva para advertir que en este mundo no todo es calculable ni mensurable y que habita un punto incontrolable, un elemento insondable que se puede tornar caprichoso y afectar a todos, sin distinciones, un punto metaforizado en la mitología por el castigo a los gigantes por pretender tomar por asalto el cielo. En definitiva, no se trata de ficciones ni de posiciones apocalípticas, sino de lo real, ese punto imposible de tramitar con palabras.

*Escritor y psicoanalista.

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