Tres relojes

En el amanecer del 2 de diciembre de 1805, cerca de Brno, en Moravia, están por morir miles de hombres. Pertenecen a los ejércitos aliados de Austria y Rusia intentado frenar la voracidad napoleónica de Francia. Desde distintos puntos de vista, Tolstoi describe con estudiosa morosidad la bruma que tarda en despegar del campo, los minutos previos al combate, y se detiene en la observación de las tropas comparando su preparación para la carga con el funcionamiento de un reloj “cuyo complicado movimiento de ruedas y ejes innumerables no produce más que el desliz imperceptible y regular de la aguja que indica el tiempo, el resultado de todos los complicados movimientos humanos de aquellos ciento sesenta mil hombres, que todas sus pasiones, deseos, arrepentimientos, humillaciones y exaltaciones de orgullo, de miedo y entusiasmo, vino a ser sólo la pérdida de la batalla de Austerlitz, llamada de los tres emperadores, es decir, un avance fortísimo de la aguja de la historia universal sobre la esfera de la historia de la humanidad”.

Es madrugada. Últimamente, cada vez que miro el reloj es madrugada, casi las cuatro. Y esta hora, siempre la misma, me encuentra en un libro. La relectura de ese pasaje de “Guerra y Paz” me ha devuelto, entre elíptico y tangencial, a la realidad, el tormento pandémico, el confinamiento y la alteración del tiempo como uno de sus efectos. En el insomnio el tiempo se estira, se dilata y transcurre con una lentitud que puede exasperar. Hace años aprendí que al sentir la inminencia del insomnio lo mejor es no dejarse amedrentar y levantarse, entretenerse en algo. Entonces me levanto a merodear la biblioteca, leer, releer, anotar ideas que tal vez orienten una reflexión existencial.

Qué fue primero, me pregunto, el insomnio o la biblioteca. A esta altura, a esta edad, me digo que la causante fue una biblioteca anterior, la de mi padre. De pibe me preguntaba cómo hacía él para leer todos esos libros. Y procuraba imitarlo desvelándome con Víctor Hugo o Dostoievski. Esta madrugada se me ocurre que tal vez deba agradecerle al insomnio las derivas de un libro a otro, el hallazgo de ese misterio que comunica un verso con un ensayo o la representación de un paisaje con una escena íntima. También me pregunto qué habrá sido de los muertos en Austerlitz, quién puede recordarlos ahora cuando la muerte encuentra un método sustituto de la guerra para enseñorearse sobre nuestras cabezas. Más de dieciséis mil, encuentro en Wikipedia. Más de dieciséis mil muertos en Austerlitz. Si Tolstoi, con experiencia militar, registra ochenta mil hombres en lucha mortal, la cifra de víctimas en la web patina. A la vez me pregunto cómo leer una estadística mientras el segundero pega un avance imperceptible y en ese fugaz transcurso aumenta el número de contagiados y difuntos.

Me levanto con toda la intención de acudir a su diario, internarme en sus venéreas juveniles, sus grescas conyugales, sus estallidos de culpa clasista y la evangelización de los mujicks, su personal pedagogía del oprimido cifrada en un cristianismo de tinte socialista. Uno de estos días, quizás hoy, empiece, me prometo, voy a dedicarme a leer rigurosamente su diario en vez de entrarle y leer al azar tal o cual instante que funciona como anzuelo. Y no son pocos esos momentos: Tolstoi pesca lectores con medio mundo. Pero junto a su diario está el de Kafka. Entonces me desvío a este anotado y maltrecho ejemplar tan cercano siempre. Lo abro al azar en la entrada del 16 de enero de 1922 en Praga. Como a menudo a lo largo de su vida, Kafka experimenta el desánimo y siente ese bloqueo que lo anula. Las exigencias del padre, la fábrica, su sueño frustrado de Palestina, la soledad y el amor siempre contrariado lo extenúan y atentan contra su escritura. Todo lo que tiene para consolarse es este diario. Se sabe, el tono de todo diario es siempre grave, quejoso. En el caso de Kafka, si se tienen en cuenta las más de ochocientas páginas del diario, el bloqueo no parece tal. Aquí se encuentran anécdotas, narraciones, frases inolvidables. En estos días tristes de agosto Kafka se recrimina su soltería a los cuarenta años, los malentendidos con Milena Jesenska y se pregunta: “¿Qué has hecho con el regalo del sexo?”. Al recapacitar en el curso de su vida escribe: “Los relojes no coinciden, el reloj interior corre de una manera diabólica o demoníaca o en todo caso inhumana, el reloj exterior sigue su marcha habitual titubeando. Qué otra cosa puede ocurrir sino que esos dos mundos distintos se separen, y se separan o al menos se desgarran horriblemente. El salvajismo de la marcha interna puede tener distintos motivos, el más visible es la observación de sí mismo, observación que no deja tranquila a ninguna idea, las persigue a todas hasta sacarlas a la luz para luego ella misma ser a su vez perseguida, en cuanto idea, por una nueva observación de uno mismo”. Dos días más tarde, Kafka apunta una intuición de Milena: “El miedo es la desdicha”. Pero el miedo no es sonso. Y esa paranoia que acecha a los personajes kafkianos, una paranoia que supera el angst personal del escritor torturado, es un sentimiento que, reflexionando en lo que el porvenir deparará a estos seres, podría funcionar de profecía: sus tres hermanas y también Milena, integrantes del elenco de su memorial, habrían de acabar en los campos de exterminio. Kafka moriría diecinueve años antes de que lo comprendiera “la solución final”.

También es cierto, el insomnio que puede ser propicio para la imaginación es capaz de entenebrecerla. Consulto la hora, las cinco pasadas, y el número de víctimas se fue alargando en los rincones del cuarto. A veces me pregunto quién escucha los gritos de dolor provenientes de esos volúmenes. Entonces me acuerdo de aquella piba villera que, en Villa Gesell, se frenó antes de entrar a una librería. Se resistía a entrar. Miraba con terror el interior del local, los libros en los estantes, los libros en las mesas de ofertas y más allá los libros en las mesas de novedades. Le pregunté de qué tenía miedo: Está lleno de muertos, me dijo. Este lugar está lleno de muertos.

 

Cada vez falta menos para el amanecer. Vuelvo, previsible, a la cuestión de los relojes. Los relojes domadores del ego de quienes creen que un libro puede arañar la eternidad. De la ilusión de vencer la muerte, hablo. Y mientras clarea en la ventana dudo qué fecha es hoy. Según Faulkner, 2 de junio de 1910, el día en que se suicidará Quentin, el hijo introspectivo de la trágica familia Compson. En Cambridge, Massachusetts, en su cuarto universitario de Harvard, el fluir de la conciencia le trae a Quentin lo que su padre, sentencioso, le dijo al regalarle su reloj: “Era del abuelo y cuando mi padre me lo dio dijo: Te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque ninguna batalla se gana jamás. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles”. Este mismo día Quentin se arroja al río Charles. Una placa de latón en el puente lo recuerda: "Quentin Compson. 1891-1910. Ahogado en el olor de la madreselva”.

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