Un recorrido por "el ejemplo más claro de la injusticia"

Coronavirus: Cómo viven en Villa Itatí y Villa Azul el aislamiento y el operativo de detección

Tras el brote y el cierre de Azul, la más grande y vecina Itatí pasó a ser el centro de preocupación, con el drama de la falta de agua. Allí detectaron 43 casos de covid-19.
Imagen: Bernardino Avila

Villa Itatí tiene centro y periferia. Construcciones sólidas en una parte del barrio, incluso fachadas de lo que han sido chalecitos en décadas pasadas, calles de asfalto. Tiene también zonas que se dividen en pasillos y más pasillos, pasajes de barro y cloacas a la vista. Y, ya hacia el borde con la autopista, casillas levantadas con chapa, cartones, plásticos, lo que hubo. Tiene rejas, muchas. Tiene, comparada con las villas de emergencia de la ciudad de Buenos Aires, un bien no menor: el sol llega a la mayoría de sus calles. Acá todavía las construcciones no han crecido más de un piso para arriba, aun cuando los vecinos siguen trabajando a ritmo firme con las mezcladoras en muchas casas, tal vez aprovechando el tiempo libre que dejan las changas que se cortaron.

Aquí el jueves pasado se inició el Operativo Detectar, con un camión sanitario en la plaza Papa Francisco, y un equipo médico que hace hisopados a los vecinos que tienen síntomas compatibles con covid-19. Luego les piden aislamiento en sus casas, a la espera del resultado. Mientras tanto, otro equipo dividido en 17 grupos de unos 6 integrantes cada uno, “peina” las manzanas por cuadrículas. Toman la fiebre con la pistolita y preguntan casa por casa si han tenido tos, pérdida de gusto y olfato, contacto con contagiados. El trabajo involucra al municipio de Quilmes, la provincia de Buenos Aires y también a la Nación; a comedores, organizaciones sociales y religiosas. Así se detectaron 7 casos positivos en el primer día del operativo, 20 más el viernes, otros 16 al cierre de esta edición. 

La situación se tensó en los últimos días. Los vecinos de la cercana Villa Azul están aislados. Allí surgió lo que epidemiológicamente se denomina “brote”: varios contagios juntos, en el mismo momento. Hasta el viernes se informaron allí 211 casos de coronavirus confirmados, y 85 personas en aislamiento. 

Una vecina de Itatí conecta una manguera a una bomba, para que el agua llegue a su casa. Imagen: Bernardino Avila.


Derecho al agua

A Villa Itatí le contaron poco más de 40 mil habitantes en el censo de 2018, aunque desde el municipio de Quilmes hablan hoy de entre 25 y 30 mil. En su nombre este lugar lleva cifrado su origen: cuando empezó a formarse, allá por los 60, los primeros vecinos fueron, en su mayoría, inmigrantes de las provincias del norte del país y de países limítrofes que llegaban a buscar mejor suerte, muchos de ellos del litoral y Paraguay.

Como el correntino Juan Alberto Escobar, pensionado de 65 años, que cuenta que vive aquí desde hace más de 40. En Itatí crió a sus hijos, con su esposa ya fallecida; hoy ellos viven en casas que se fueron desprendiendo de la suya: al lado, arriba. El vio crecer al barrio desde que era “todo campo”, cuando llegó, luego “todo chapa”, hasta que de a poco todos fueron construyendo, “bien o mal”.

Escobar invita a pasar a su pequeño patio por un pasillo que sale de otro pasillo, porque quiere mostrar algo: el chorrito mínimo que cae de una fina manguera de goma negra que se arrastra por el piso. Es toda el agua que llega a su casa, y a las de sus hijos. El la está juntando en una palangana “desde las 6 de la mañana”, y la va pasando después a tachos y botellas, y así, todo el día. De lo que junte todos tienen que tomar, lavarse las manos, la ropa, lo demás.

Don Escobar no se queja, pero dice que algo hay que hacer, no por él, por los chicos. El tiene en la cocina la pequeña bomba de agua que compró, como muchos, pero ya no le sirve, lo que llega “es un gotear”. No es de ahora, dice, lleva así ya un par de años, con mayor o menor suerte según las horas y los días, dependiendo de la presión que sube o baja según se sumen más o menos bombas y mangueras de otros vecinos, en una zona que no deja de poblarse y cuyo tendido de agua funciona a válvulas.

Juan Alberto Escobar muestra que el agua casi no llega a su casa. Imagen: Bernardino Avila.


Caño maestro

Más decidido, un grupo de vecinos va a buscar a los que están haciendo el Detectar y los llevan hasta ese pasillo sin agua. Acá somos doce familias sin agua, señalan. La situación se agrava porque la manguera que los abastece pasa por los mismos zanjones cloacales, que corren abiertos por el pasillo. Las juntas no son seguras y hasta los chicos las separan para tomar directamente cuando hace calor. De ahí a la contaminación, es un paso dado.

Los vecinos tienen un plan. Piden un caño maestro, no pueden pagar los materiales, pero sí hacer el trabajo que haya que hacer. Muestran el pasillo que quieren picar y la obra que imaginan. Justo dan con un funcionario municipal a cargo de Aguas, uno de los tantos que se ha sumado al Detectar, junto a militantes de distintas organizaciones sociales. El les explica que eso no se puede hacer, que el Estado debe intervenir con un plan integral, que no puede resolver cada uno como quiere. “Mire, nosotros no tenemos agua. No podemos esperar al Estado”, razonan los vecinos.

Pablo Inzúa es subsecretario de Aguas y Saneamiento Hídrico de Quilmes. Mientras recorre el barrio con el chaleco distintivo del operativo, muestra las cien canillas comunitarias que el municipio instaló a principio de año en el barrio, sobre pilones de hormigón. Conviven con los recursos caseros: bombas eléctricas que los vecinos fueron poniendo en las esquinas, mangueras que se cruzan de calle a calle y de reja a reja, sistemas precarios y peligrosos pero los únicos disponibles para tener derecho al agua.

Discriminados

Ya sobre el mediodía, la fila frente al camión de hisopado crece, hasta allí se acercan los vecinos espontáneamente, o los que son enviados tras la detección de síntomas casa por casa. Si no pueden movilizarse, el equipo médico se traslada hasta el hogar. Manuel se acerca a pedir un hisopado aunque no tiene síntomas, le explican que en ese caso no corresponde hacerlo, se va enojado.

Los testeos masivos complicarían el trabajo desde lo sanitario, lo que sirve es hisopar sobre los síntomas”, explican desde el equipo de emergencias. Entonces otra vecina revela lo que le pasa a Manuel: Cuando Itatí empezó a salir en los medios, en la fábrica en que trabaja le dijeron que hasta que no tuviera un papel que dijera que no tiene coronavirus, no podía volver. Y no es el único al que le pasó, agrega la vecina.

Lo van a buscar a Manuel y le ofrecen lo único posible: tomarle la fiebre, hacerle las preguntas de rigor, y extenderle un certificado que diga que al momento no presenta síntomas. ¿Servirá? Manuel no sabe. ¿Cobrará algo de estos días que está sin trabajar, desde el martes que le dijeron que se fuera? Tampoco. ¿La fábrica podría hacerse cargo de ese control que exige? Eso seguro que no. Solo entonces Manuel pone en palabras lo que sabe de hace rato: “Nos discriminan porque somos de Itatí. Si nos pueden tener lejos, mejor”. 

La Itatí

Una de las que va y viene acompañando a los equipos del Detectar es Itatí Tedeschi, militante y vecina que se presenta como “hija de un secuestrado”, y cuenta la historia de su padre José, Pepe para todo el barrio, un cura tercermundista que militó en el Movimiento Villero Peronista y en el PRT, y que fue asesinado por la Triple A en febrero de 1976 . El llamó a su hija como el barrio donde vivió y se formó, que hoy le rinde homenaje en murales de paredes, o en la baldosa por la memoria de la escuela de Don Bosco, la iglesia donde se formó. O aquí mismo, donde con solo levantar la vista se descubre que el centro educativo que está frente al camión de hisopado se llama José Tedeschi.

“Al principio de la cuarentena esto era una peatonal. Los vecinos fueron entendiendo de a poco, cambiando las costumbres. Después de lo de Azul se asustaron. Y está bien que así sea”, cuenta mientras recorre las calles en las que, efectivamente, se ve poca actividad. “Hoy la fila para los bolsones de comida está ordenada pero ayer se descompaginó todo cuando dieron lavandina. Se juntó un montón de gente, se amontonó mal. La tienen que pensar mejor”, observa otra vecina sobre la intervención municipal en el barrio.

Itatí es una de las representantes de las 17 organizaciones sociales que el sábado se reunieron con la intendenta Mayra Mendoza y que el domingo tendrán otra reunión, esta vez sumando al ministro de Desarrollo Daniel Arroyo, para conformar un "comité operativo" del barrio. Está contenta porque les anunciaron que la ambulancia que donó la fábrica Toyota irá para el barrio. Y preocupada, claro, por los contagios. Ella fue una de las encargadas de ir a avisar a los vecinos que dieron positivo. Los que puedan, cuenta, se quedarán aislados en sus casas. Otros serán trasladados al hospital Iriarte, al Sindicato del Plástico y al Policlínico del Vidrio. 

El cordón policial que hoy rodea Villa Azul, desde el Acceso Sudeste. Imagen: Bernardino Avila.


El barrio cerrado

La bajada del Acceso Sudeste tiene medio carril interrumpido por un cordón policial. Hay patrulleros en cada posible salida de Villa Azul, caminitos de tierra que surgen entre las casas hacia la banquina del acceso. Hay siete móviles del lado de Avellaneda, varios más en el perímetro que completa Quilmes. ¿Cómo va todo, según los agentes policiales que están allí apostados? “Los primeros días tuvimos problemas, la gente no estaba acostumbrada, nunca había cumplido la cuarentena. Ahora van entendiendo que están en peligro. Pero muchos siguen pidiendo salir, tienen fiado en los negocios de Itatí y piden ir a comprar”, describen el panorama desde el borde.

Aun dividido entre Avellaneda y Quilmes, el de Azul es un barrio mucho más posible de aislar, con sus cerca de 5000 habitantes. 3128 tienen contados del lado de Quilmes, donde las construcciones en general son más precarias aún que en Itatí, y el cirujeo como una de las principales fuentes de ingreso deja su marca alrededor de las casas y casillas. Del lado de Avellaneda aparece la foto contrastante del sector urbanizado del barrio, con tendido de servicios, casas de material, calles de asfalto. Desde allí surgieron quejas de los vecinos en los últimos días por haber sido aislados “como los del otro lado”.

Acá el tema son las canchitas, juegan a la pelota, el contacto, la transpiración. En todos estos días no hubo conciencia, ni en Azul ni en Itatí”, denuncia un vecino de este último barrio, que tiene familia en Azul. En Itatí tienen la cancha de césped sintético que dejó en el barrio, por toda obra, la administración de Martiniano Molina. En Azul está la cancha de La Toma, hacia donde apuntan todas las acusaciones por el brote. “Ahí jugaban campeonatos de madrugada, por plata, un montón de pibas y pibes. De un primer contagio ahí apareció la madre, la tía, el abuelo, el sobrino”, lamenta un responsable del centro de aislamiento sanitario de la Universidad Nacional de Quilmes, en la vecina Bernal. No aquí, pero en otros barrios del Conurbano, los municipios han llegado a bloquear las canchitas con camiones de tierra, es un problema que se replica en todo el territorio, cuenta un funcionario.

Hasta el sábado habían ingresado al centro de aislamiento de la Unqui 85 personas, dos de las cuales ya habían recibido el alta tras confirmarse tests negativos. Tras hacerse los hisopados, se quedan en aislamiento 48 horas hasta confirmar un doble resultado, en aulas transformadas con 3 o 4 camas cada una, en pabellones divididos para hombres y mujeres. El viernes varios vecinos se juntaron a apaudir a los equipos de emergencia, como puede verse en videos que circulan en las redes, al grito de ¡Aguante la villa!, ¡Fuerza, barrio!

El Presidente citó a Villa Azul como “el ejemplo más claro de la injusticia”. Es una muy buena definición. Como en tantos otros lugares y cuestiones, lo que vino a hacer la pandemia no fue más que mostrar, con la lente aumentada, una tragedia preexistente.  




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