Alberto y Alfonsín

Las identidades políticas perviven siempre apresadas por una desafiante paradoja. Su potencia simbólica emana de su perseverante estabilidad en el tiempo, pero sin capacidad de reinventarse esa misma densidad termina perdiendo eficacia histórica. El respeto por el brillo de un linaje les imprime su vibración colectiva, pero la inclinación al ritual repetitivo estrecha su vigencia como fuerza operativa.

Estos dilemas resurgen con cierta asiduidad, y los observamos no hace tanto cuando la pregunta que circulaba era cuanta lealtad mostraba el kirchnerismo respecto a las ortodoxias doctrinarias del peronismo. Reprobaciones al pejotismo, invitaciones a la transversalidad y resurrección de una épica setentista, pusieron en dudas la fidelidad de aquellos gobiernos con las experiencias comandadas por el General Perón.

A modo de sumaria respuesta, bien podría señalarse que allí funcionó un vínculo virtuosamente selectivo, lo cual quiere significar que Néstor y Cristina tomaron de aquella herencia mojones esenciales, desecharon en buena medida los ya inoperantes y adicionando rasgos insólitos incorporaron una cuota de riqueza. Esa mixtura por supuesto no fue impoluta ni infalible pero dio como resultado una articulación provechosa.

Sería extenso ingresar en detalles, pero entre las continuidades se destacan por ejemplo el latinoamericanismo como geopolítica discrepante de cualquier injerencia imperial, y el desendeudamiento como estrategia firme de autonomismo económico. Abundan dichos y hechos en ese mismo sentido del fundador del movimiento, que vemos resurgir en forma de legado en el proceso que corrió entre 2003 y 2015.

Ahora bien, esos gestos venerativos de una tradición de ideas y realizaciones convivió con notorias heterodoxias, siendo tal vez las más salientes la Asignación Universal por Hijo y el matrimonio igualitario. Perón siempre postuló que “gobernar es dar trabajo”, y no hubiera aceptado de buen grado un subsidio estatal para la pobreza y la informalidad laboral. Era otra época claro, y en el contexto actual de un capitalismo excluyente las administraciones del kirchnerismo generaron por cierto mucho empleo pero pusieron también el ojo en aquellos a los que esas mejoras no habían logrado beneficiar. Asimismo, el peronismo (como todas las ideologías políticas de Occidente) estuvo impregnado de rasgos de homofobia, por lo que las acciones emprendidas para dictar derechos en favor de la diversidad sexual enriquecieron a las claras su acervo y dignificaron la calidad de vida de la sociedad argentina.

Nos interesa sin embargo detenernos aquí en otro aspecto, y es el de la retórica anticorporativa del kirchernismo, acentuada progresivamente al calor de la conflictividad que fue desatando como proyecto político transformador. Con eje en la colisión con el Campo por la Resolución 125 y alimentado en la centralidad del estado y la política como reguladores supremos de la direccionalidad social, la consigna “pueblo o corporaciones” comenzó a poblar la axiomática kirchnerista. Es claro que al afectar privilegios el choque con esos grupos tradicionales de presión siembra tempestades, algunas entre inevitables y fructíferas (las patronales agropecuarias o las AFJP) y otras desatinadas (la CGT de Hugo Moyano).

Esa afirmación de la autoridad presidencial como portador omnisciente de la soberanía popular se aplicó con talento y en ocasiones también con impericia, pero ordenó un tipo de lógica en buena parte extraña al peronismo clásico, cuyo horizonte de emergencia (es insoslayable recordarlo) estuvo marcado por la decadencia irreversible del paradigma liberal-progresista.

El resquebrajamiento de ese modelo no solo acarreó el descrédito de las naciones supuestamente desarrolladas como oasis al cual asimilarse o la racionalidad científica como instrumento infalible de bienestar, sino además el parlamentarismo y la estructura clásica de partidos como vehículo apropiado y exclusivo de representación ciudadana. Asociados a la diletancia o a la fragmentación innecesaria de la voluntad nacional, tanto a izquierda como a derecha proliferaron propuestas para introducir formas consideradas más genuinas y directas de opinión popular. El esquema soviético, el corporativismo fascista o la democracia funcional del antimperialismo latinoamericano, fueron distintos nombres para una misma inquietud. Acercar la cosa pública a la decisión soberana.

Perón sin dudas se inspiró creativamente en esas orientaciones, y de hecho sus primeros gobiernos son impensables sin el protagonismo de Las Fuerzas Armadas, la CGT y la Iglesia Católica. En algún sentido, se pueden evaluar las turbulencias de aquella época como el resultado de un Conductor que se considera palabra máxima, desprecia el sistema de partidos y se muestra hospitalario para con las demandas corporativas.

El kirchnerismo adoptó aquí otros énfasis, y eso explica en principio su reivindicación de la figura de Raúl Alfonsín. Por cierto que el Juicio a las Juntas también funcionó como antecedente meritorio, en especial para gobiernos que tomaron la drástica y encomiable determinación de juzgar y condenar a los genocidas de la dictadura militar. No obstante, fue la imagen del líder radical lanzando flamígeras invectivas en la Sociedad Rural lo que cautivó principalmente a Cristina; escenario de dignidad dirigencial frente a las tropelías oligárquicas.

Sin embargo, el fenómeno hay que analizarlo en toda su complejidad, pues es imposible olvidar que un acontecimiento decisivo para explicar el triunfo de 1983 fue la consabida denuncia de un Pacto Sindical-Militar. Nunca sabremos si esa componenda efectivamente existió, pero en tanto verosímil despertó un hartazgo simbólico de nuestro pueblo que Raúl Alfonsín detectó con inteligencia dándole carnadura programática. Esa estratagema del candidato a Presidente tuvo tanto de astucia táctica como de fundación doctrinaria, pues lo que se venía a impugnar era un orden institucional caduco de cuya responsabilidad no podía eximirse al peronismo en su conjunto.

Pues bien, ahora habitamos otras espesas coyunturas y en ellas emerge otro rostro del justicialismo encabezado por Alberto Fernández. Extraña circunstancia en la vida de este país, a cargo de un Frente que se nutre voluminosamente del kirchnerismo pero no se encolumna detrás de ese rótulo, y que se alimenta de versiones más moderadas sin tributar tampoco a ellas. Hay que rastrear entonces en los huecos de su impronta singular, y uno de los más impactantemente reluce es la exaltación que hace el actual Presidente de la memoria ejemplificadora de Raúl Alfonsín. Sería un error ver allí un mero ademán de oportunidad destinado a seducir radicales en estado de disponibilidad o a clausurar lo que torpemente se sigue llamando grieta. Parece esbozarse una veta más profunda que amerita ser indagada.

En principio, esa influencia no se abastece de prédicas sobre el trato incómodo con las corporaciones, y transita por un sendero que desemboca en analogías axiológicas e institucionales. De cualquier modo, en primer término cabe establecer en qué archivo reside el testamento de Alfonsín, y lo sintetizaremos en una frase y en un texto. La frase es “con la democracia se come, se cura y se educa”, y el texto es el Discurso de Parque Norte presentado el 1 de Diciembre de 1985.

Esa sentencia posee un notable vigor expresivo y gozó de una enorme repercusión, aunque abre espacios para hermenéuticas antagónicas. Una (esgrimida en aquellos años por el peronismo en la oposición) inclinada a denunciar una suerte de fetichismo del estado de derecho, atribuyéndole ilusoriamente efectos socialmente igualadores. Y otro (que tal vez cautive a Alberto Fernández) orientada a ver allí la mixtura ente las dimensiones normativas y materiales de la democracia, donde la rectitud de los procedimientos y el pleno ejercicio de las libertades no colisiona con la inmediata reparación para el más humilde. Esto claramente entroncaba con aquella convocatoria a un nonato “Tercer Movimiento Histórico”, conjunción tendencial entre los valores republicanos de la tradición radical y la épica de la justicia social patentado por el peronismo.

Respecto de la famosa pieza oratoria de 1985, rememoremos sus tres pilares conceptuales. Modernización, ética de la solidaridad y democracia participativa. Sobre lo primero, término siempre impreciso, Alfonsín parece querer indicar la perentoria necesidad de acoplarse a la singularidad de su tiempo, reacio tanto al liberalismo apologético del mercado como al estatismo excesivo y consumido además por la colonización corporativa. Atractiva idea por cierto, que aunque luego inconsumada parece guiar también las pretensiones de nuestro Primer Mandatario. Una suerte de reavivamiento de la Tercera Posición, solo que con mayor hincapié en el caso de Alfonsín en la importancia de las autonomías individuales.

Sobre el solidarismo, las coincidencias son netas, pues sobre ese pilar axiológico se ha movido desde sus orígenes el Frente de Todos. Viendo allí una trama normativa que pueda incidir al interior de las desigualdades propias del capitalismo neoliberal distribuyendo cargas, ingresos y recursos con un sentido comunitarista aunque no totalitario. Una brújula ética que pugna por la equivalencia en un mundo que ya no admite la utopía de la igualación absoluta.

En lo que atañe a la democracia participativa, diccionario hoy en desuso, la teoría alfonsinista osciló entre la vaguedad y la inconclusión, pues su praxis en ese sentido quedó consumida por un proceso que en su deterioro fue perdiendo activismo popular. Hay una fibra allí por explorar, que en lenguaje peronista se denomina Comunidad Organizada. Participación orgánica y permanente de los desposeídos al interior de un estado que se muestra amigable con sus requerimientos.

Filones a asimilar entonces por Alberto Fernández, que en más de una oportunidad se ha definido como un peronista socialdemócrata que no cree en los personalismos. Categoría llamativa que produce perplejidad e interrogantes pero también interés. Tal vez queriendo prevenir dos desvíos de los peronismos precedentes. El de liderazgos valiosos pero que en su omnipotencia terminaron suscitando desconfianza social, y el de proyectos de transformación que en su bienvenido pero algo desmesurado jacobinismo subestimaron la conveniencia de consensuadas terapias institucionales. 

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