En 2018, Jeff Tweedy publicó un disco solista llamado WARM. En la tapa, el líder de Wilco no sólo ponía su firma, también daba un indicio de que, por fin, había llegado a un lugar acogedor, "cálido" como el del título. Pero para entender ese largo recorrido había que ir más allá de las canciones. Más precisamente, había que adentrarse en el libro de memorias del cantante, guitarrista y compositor, que ahora acaba de llegar a algunas librerías argentinas con el título Vámonos (para poder volver). Y aunque el subtítulo del volumen publicado por la editorial española Sexto Piso sea "Acordes y discordias con Wilco, etc." (un guiño a su temazo "Jesus, Etc."), es mucho más que el recuento de andanzas de una banda de rock, por más atípica que esta sea. En el epílogo, cuando Tweedy le da las puntadas finales a un montón de cabos que parecía haber dejado sueltos, se termina de entender que ese libro y ese disco son parte de un proceso de sanación para dejar de sentirse "sacado de quicio y fuera de la vista" ("Outta Mind, Outta Sight").

"Cuando era niño, mi padre siempre decía: 'Vámonos, para poder volver', siempre que se necesitaba su presencia en algún lugar que no fuera su zona de confort", explica Jeff Tweedy en el final del libro las razones por las que eligió ese título. "A medida que nos hicimos mayores, la frase dejó de ser una broma y se convirtió en una descripción breve y precisa de la ansiedad que permea en mi familia. Creo que todos tienen una zona de confort que prefieren no dejar. Pero no todos permiten que ese sentimiento de incomodidad se convierta en una disfunción mimada y atendida. Codependencia es como lo llaman, supongo. En nuestro caso, seguramente hubo un esfuerzo conjunto por mantener las cosas como estaban con el fin de no empeorar nada". El problema, confiesa el cantante, es que le gustó tanto esa idea de irse para poder volver que terminó haciéndose un experto en "no nos vayamos'".

Al narrar sus memorias, Tweedy transmite la misma sensación de cercanía y calidez que algunas de sus canciones, con la profundidad que lo llevó a ser reconocido como pionero del alt-country y el humor que permea incluso en sus trabajo más "difíciles". Otra característica en común entre sus canciones y su prosa es cierta voluntad experimental: aquí el cantante no tira un peso de nueve kilos sobre un piano de 50 mil dólares cubierto con una manta de mudanzas (lo hizo a instancias de su compañero Jay Bennett y es lo último que suena en Being There), pero sí arriesga con un relato que no respeta todo el tiempo la linealidad y que se sirve de algunos recursos inusuales para iluminar áreas. Por ejemplo, recurre a una historieta para explicar cómo se enamoró de Susie, su esposa, e intercala dos conversaciones con ella (sobre cuánto de su vida privada y sobre cuánto de la adicción del cantante a los opiáceos sería aceptable incluir en el libro) y otra con su hijo Spencer (sobre cuánto revelar sobre la relación de ambos).

En el prólogo del libro, antes de llevar al lector a la ciudad de Belleville, al sur de Illinois - con dudosos récords como la avenida más larga del mundo y el mayor promedio de bares per cápita de Estados Unidos-, Tweedy hace algunas advertencias. Una es que en las páginas siguientes "No se mencionarán los calmantes recetados": "Si elegiste este libro buscando historias de drogatas y sobre mi adicción a los opiáceos, mala suerte. Quiero dejar esos años atrás. Y francamente, tampoco hay mucho que contar. Cuando tomas mucho Vicodin, tu vida no es una incesante mesa redonda de Algonquin. Hay una gran cantidad de insensibilidad y mucha tristeza por no poder sentir. Eso es todo. Dejémoslo así: tuve algunos problemas de adicción que luego superé. Todos estamos bien ahora. ¡Gracias por preguntar! Ah, y las canciones que escribí durante ese período son sólo exploraciones musicales de lo feliz que era en ese momento. Pido disculpas si ha podido haber algún malentendido".

La advertencia siguiente es "Esta última parte es broma". "Por Dios, por supuesto que voy a escribir sobre las drogas. Te estaba tomando el pelo. ¿Habrías creído a Keith Richards si hubiera arrancado sus memorias diciendo: 'Escuchad, chicos, cuanto menos cuente sobre mis experiencias con la heroína, mejor. Preferiría centrarme únicamente en describir lo que supone ser abuelo'?", cierra. Y lo hace con la naturalidad con la que, en su obra maestra Yankee Hotel Foxtrot, pasa de cantar "Me gustaría saludar/ a las cenizas de banderas estadounidenses/ y a todas las hojas caídas/ llenando bolsas de compras" ("Ashes of American Flags") a aligerar el aire confesando "Extraño la inocencia que conocí/ tocando covers de KISS, hermoso y fumado" ("Heavy Metal Drummer").

Vía Chicago

Por supuesto, muchas de las páginas del libro están dedicadas a la música, desde el disco con grabaciones de locomotoras que tenía su padre ferroviario ("quizás indirectamente aprendí de él que uno puede encontrar música en casi cualquier lugar") hasta las variaciones en su forma de componer, con paradas como su primera guitarra imposible de tocar o la vez que, en los Grammy, el entourage de Puff Daddy lo confundió con el que entregaba los programas de la ceremonia porque se había quedado con los de sus compañeros mientras ellos iban al baño.

"Lo que hacemos en el escenario significa mucho para todos nosotros, pero cuando somos sólo la banda en una sala, sin público, nosotros seis, y redescubrimos una canción juntos, sin otro afán que ver si podemos hacerlo, ahí es cuando estamos más agradecidos de poder hacer lo que hacemos", escribe Tweedy en el prólogo." Esos momentos nos recuerdan, más que ningún otro, qué fue lo que nos llevó a querer hacer música por primera vez. La música es magia".


A lo largo de las páginas del libro, esa afirmación cobra vida una y otra vez. Por ejemplo, en ese primer álbum comprado con su propio dinero (una copia mexicana y no muy legal, con los títulos en español, de Parallel Lines, de Blondie) y en la colección heredada de uno de sus hermanos en la había discos de Harry Chapin, Kraftwerk, Frank Zappa y Amon Düül. "Pasé de no tener muy clara la diferencia entre The Beatles y The Monkees a pasar fines de semana enteros escuchando la música espacial electrónica de Isao Tomita y perdiendo el control de la realidad con Edgar Froese, Atomic Rooster y Hawkwind", cuenta el cantante. Entonces, cuando tenía unos 9 años, aprovechaba las visitas con su madre al supermercado para devorarse las revistas Creem y Rolling Stone, con el ojo especialmente atento a las críticas de discos. Así descubrió e imaginó a The Clash mucho antes de poder escuchar London Calling, por ejemplo.

Hay música en el modo en el que el punk le permitió a Tweedy hacer sus primeros amigos en la secundaria. A los de la primaria, en cambio, les había asegurado sin que se le moviera un pelo que él había compuesto las canciones de Born to Run, el primer gran éxito de Bruce Springsteen. Hay música en sus idas a las disquerías de St. Louis, en especial a una con esos álbumes soñados y con un dueño mega freak -como corresponde-, y en su encuentro con Jay Farrar, con quien formaría Uncle Tupelo. No muy conocida en la Argentina, esa banda sentó las bases de alt-country: eran los sonidos de los Estados Unidos profundos, sí, pero hechos por chicos que todavía no habían cumplido 20 años y que habían hecho un curso acelerado de punk rock escuchando en vivo a los Ramones desde afuera del local Mississippi Nights.

La música y sus historias están en todo el libro de memorias de Tweedy, porque Tweedy parece respirar música y haber encontrado en ella el sentido de (buena parte de) su vida. Están la partida dolorosa de Jay Farrar y el inicio de Wilco, el establecimiento de la sociedad creativa con Jay Bennett y su resquebrajamiento (y después, la muerte por sobredosis del multiinstrumentista), el crecimiento y los traspiés de la banda (incluido que el sello le devolviera el contrato y el master de Yankee Hotel Foxtrot), algunas de las aventuras al margen del grupo (como su participación en Loose Fur o Tweedy, el dúo que comparte con su hijo Spencer, y la producción de álbumes de Mavis Staples), y un par de encuentros con héroes personales como Johnny Cash y Bob Dylan.

Pero si el libro promete "acordes y discordias con Wilco, etc.", es en ese "etc." donde se encuentra lo más sustancioso. Y no por las sustancias, que Tweedy logró superar recurriendo a la rehabilitación después de varios intentos fallidos y de haber, entre otras cosas, robado los calmantes que su suegra tomaba para mitigar los dolores que le provocaba el cáncer. Hay un largo capítulo dedicado a esa adicción (surgida de sus migrañas y ataques de pánico), narrado con la honestidad y la precisión del mismo tipo que compuso "I Am Trying to Break Your Heart", con una mirada que elude las justificaciones tanto como el discurso del "renacido" que suele infectar a quienes logran zafar de las drogas.

Si alguna vez fuera un niño

Lo más sustancioso de Vámonos (para poder volver) pasa por el modo en que Tweedy analiza su forma de relacionarse con el mundo, desde entender la personalidad de sus padres hasta el modo en que asumió su propia paternidad. El pequeño Jeff llegó a la familia cuando sus hermanos eran bastante mayores y se aferró a su madre, ya que su padre trabajaba todo el día en el ferrocarril y cuando volvía se perdía en un sopor de (mucha) cerveza hasta dormirse. "Estuve bastante solo en la casa que me vio crecer", reconoce.

"Intenté mediar entre mis padres, ser la voz neutral de la razón, pero ambos sabían que yo estaba del lado de mi madre", escribe Tweedy. "Era muy permisiva conmigo porque estaba más interesada en tenerme como amigo y aliado que en ser mi madre. Formába- mos un frente común contra un mundo injusto e irracional (por ejemplo, mi padre y sus exigencias de que hubiera paz en casa pasada la medianoche). Se esforzó mucho para mantenerme a su lado. Si por casualidad yo decía: 'Me siento solo', no me recomendaba algo racional del estilo '¿Por qué no llamas a ese niño que vive al final de la calle y vas a jugar con él?'. Me enseñaba cómo jugar al solitario. Ésa era su solución a mi soledad. 'Ven, que te traigo unas cartas'. Porque ella me quería allí".

En otros pasajes, cuenta cómo su padre se obsesionaba con canciones durante una temporada (también le sucedía con las marcas de cerveza), incluso con las que componía el propio Tweedy. "Casino Queen" era la favorita del señor Bob. "Pero quizás ésa le gustara tanto sólo porque la escribí para él", reflexiona el cantante. "Lo había llevado a uno de esos casinos fluviales en el Misisipi y me había dicho: 'Deberías escribir una canción sobre esto'. Así que lo hice. Me alegra no haber vivido ya en casa cuando escuchaba sin descanso 'Casino Queen' hasta desgastarla. No creo que me hubiera recuperado nunca".

"Mis padres lo hicieron lo mejor que pudieron pese a no tener muchos modelos a seguir en cuanto a establecer límites correctos y tomar decisiones buenas para sus hijos", reconoce Tweedy después de haberse convertido él mismo en padre, superado su adicción a los calmantes y apoyado a su esposa Susie, diez años mayor que él, en su batalla contra el cáncer. "Ella me había llevado a demasiados hospitales, me agarró de la mano cuando le expliqué a innumerables enfermeros que creía que me estaba muriendo. Había soportado vivir con un drogadicto y se había quedado conmigo cuando cualquier persona razonable hubiera cortado y huido. Lo menos que podía hacer era apoyarla cuando el cáncer vino a por ella una segunda vez. A pesar de lo jodido que es algo así, estaba enfrentándose a la situación de una manera que casi me hizo sentir pena por el cáncer. Pero ella también se asustó, y comenzó a confiar en mí más que nunca. Me necesitaba, y yo no iba a decepcionarla", escribe el cantante.

Tweedy narra con un dolor que se impregna en cada letra del libro la muerte de sus padres, con la sorpresa -que no se spoileará aquí- del pedido de Bob para entierro y su lápida. Y con la misma intensidad transmite la sensación de confort cuando Susie finalmente vuelve a casa después de los tratamientos de quimioterapia y rayos, o cuando lo desborda el orgullo por sus hijos, bien diferentes y talentosos.

En 2019, Wilco publicó un disco llamado Ode to Joy. No tiene nada que ver con el Himno a la alegría de Beethoven, más allá de la apropiación del título. Pero ahí están algunas de las canciones que el cantante escribió después de hacer Vámonos (para poder volver). En "An Empty Corner", la que cierra el álbum, canta "Hay sirenas en los pájaros / Y vos y yo estamos demasiado alejados / Y mis ojos necesitan una afeitada / ¿Qué más podría salir mal?" y más tarde cierra con la frase "Tenés una familia ahí afuera". Como el propio Tweedy lo reconoce en el final del libro, algunas cosas han cambiado para mejor.