El estreno de Bajo mi piel morena

El cine pertenece a la comunidad

Protagonizada por la actriz trans Morena Yfrán, la película de José Celestino Campusano asume una vez más lo que sus personajes dicen y viven.
Una escena de Bajo mi piel morena, de Campusano.Una escena de Bajo mi piel morena, de Campusano.Una escena de Bajo mi piel morena, de Campusano.Una escena de Bajo mi piel morena, de Campusano.Una escena de Bajo mi piel morena, de Campusano.
Una escena de Bajo mi piel morena, de Campusano. 

Una de las miradas más lúcidas del cine argentino es la del director José Celestino Campusano. Títulos como Vil romance, Fango, Vikingo, El azote, alumbraron a un autor de mirada frontal, cercano a lo que retrata, capaz de asumir la pluralidad de la voz social, pero con la atención puesta en quienes son marginados o tantas veces estereotipados. En este sentido, el cine, aun contemplando honrosas excepciones, todavía tiene una deuda consigo mismo. Bajo mi piel morena, protagonizada por las actrices trans Morena Yfrán, Maryanne Lettieri y Emma Serna, es la más reciente película de Campusano, y está disponible en carácter de estreno en Cine.Ar Play .

“Fundamos nuestra productora buscando otra poesía, otro tejido social, que no es el que está en los programas de televisión y muchas veces tampoco en el cine argentino, que durante mucho tiempo se afincó en una clase capitalina media o media alta, mientras los demás estratos eran ridiculizados, y el prejuicio de clase de parte de quien tomaba las decisiones -sea desde la producción o dirección- era muy obvio”, explica José Campusano a Rosario/12. “Creo que podemos lograr una herramienta de autocrítica y también de sanación. No nos podemos sanar de aquello que no vemos que estamos padeciendo. Somos un país muy complicado en muchos aspectos, si bien tenemos cosas valiosísimas. Pero hay cuestiones de racismo, la policía es gatillera, abusiva. Nadie quisiera estar en un calabozo con cuatro policías enervados discutiendo de política. Hay cosas muy terroríficas. Pero a medida que no las veamos, cara a cara, siempre será el problema de otro. Mientras no sea el problema de la totalidad de nuestro país, estaremos muy desunidos, y muchas veces a esa desunión se la fomenta desde las artes”, continúa.

En Bajo mi piel morena, tres historias se cifran en el rol que compone Morena Yfrán, a partir de su vida cotidiana, su madre, el trabajo en la fábrica. Con ella, los dilemas de Claudia (Maryanne Lettieri) en el colegio donde da clases y es resistida; y Myriam (Emma Serna), la prima de Morena que se prostituye y sobrevive al abuso policial. ¿Hay una línea fronteriza entre personajes y personas? “Acá se diluye esa frontera. Porque nuestro desafío tiene que ver con trasladar los recursos del documental a la ficción. En la medida en que más podamos hacerlo, recurriendo a los ámbitos verdaderos, a la verdadera vestimenta, a las formas del habla de los entornos, mejor estaremos cumpliendo con las prerrogativas. Los actores y actrices famosos no tienen razón de ser en esta propuesta estética y política, como tampoco los métodos de representación actoral, que están muy bien para las tablas y para otro cine, pero acá no tienen nada que ver. Nos gusta mucho filmar en los barrios y nos llevamos muy bien con las comunidades. Tiene que ver con buscar lo políticamente incorrecto, por estar del lado de la gente y no de la conveniencia y de los premios, si se quiere, de cierta legitimación gringa, y menos aún de ciertas instituciones”, responde el realizador.

-A Morena Yfrán la conocés a partir del rodaje de Fango, ¿no?

-Sí, hace 10 o 12 años. Éramos un colectivo bastante grande. Salvo mi primo hermano que es mi socio, Leonardo Padín, y yo, todas las demás personas no eran parte del área de cine. Morena y Vikingo (Rubén Orlando Beltrán) entre ellas. También Claudio Miño, nuestro músico hasta la actualidad. Toda gente muy gustosa del heavy metal, con un pasado en los barrios muy intenso en materia social. Leo y yo veníamos tratando de establecer una impronta propia en el ámbito audiovisual, y alrededor del 2004 al 2008 se produjo la brecha en la que el fílmico dejó de ser el único formato, tan prohibitivo. Como hizo mucha gente, comenzamos en esa época a hacer películas con cámaras digitales, muy buenas. De ahí pasamos a Mar del Plata y comenzamos a producir con regularidad. En 15 años hemos hecho 20 largometrajes, un promedio bastante aceptable, más aún cuando todos tuvimos la prerrogativa de integrar a la verdadera comunidad.

-¿Cómo surge la propuesta de filmar con Morena?

-Me pasó de la misma manera que con Vikingo. Habíamos quedado con un grupo de motociclistas a las 9 en tal lugar, el único que llegó sin dormir y cinco minutos antes fue Vikingo. Automáticamente dije: “Acá hay un hombre de palabra, con quien se puede hacer mucho”. Con Morena fue igual. Llegaba puntual o antes, pero nunca falló en nada con lo que se hubiera comprometido. Acá había una persona que podía servir de canal con un ámbito no demasiado conocido, como el de las mujeres trans. El de ella es un compromiso superlativo, además hace tres años que viene estudiando teatro, por elección propia, para estar más suelta en la película. Lo de la fábrica, la madre, su prima, la prostitución, todo eso es real. Paralelamente, fuimos haciendo registros escritos y en video, y algunos de estos pasajes nos resultaron tan brillantes y difíciles de sustituir, que lo que hicimos fue transcribirlos a la película, como la discusión de la madre violenta o la de la directora con el personaje de Claudia. Eso fue transcripto de videos que hicimos con amigas de Morena, principalmente con Pamela Coronel, hasta donde tengo entendido la primera maestra trans de Argentina, que ahora ya es directora de un colegio.

-Tus rodajes deben movilizar a quienes los protagonizan.

-Hemos filmado sobre trabajadores del conurbano como en El arrullo de la araña, músicos en Fango, sobre el flagelo de la trata en Fantasmas de la ruta, en Vikingo a los motociclistas del conurbano, en La secta del gatillo sobre la mafia de la policía bonaerense. Pasan a ser, por nuestra parte, documentos comprometidos con un momento de nuestra historia, y con una forma de articulación por parte de estos colectivos. En Hombres de piel dura se habla de la sexualidad promiscua en las zonas rurales, y cómo eso se vincula con el azote de los curas pedófilos. La participación de la comunidad es total, con mucha identificación, con un afecto que perdura a lo largo de las décadas. Gente con la que filmamos hace mucho se vuelve a contactar y siguen muy felices porque pudieron ser parte de algo que queda. El poder de la imagen es abrumador, pero así como sirve para descubrir y visibilizar, sirve para oscurecer y confundir. Depende de si tiene verdad o propaganda. En el caso nuestro elegimos que sea una herramienta de la cual se apodere la comunidad.

 

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