Opiniones contingentes

Me gusta el deporte. Individual, de pares, en grupos. Competencia, a veces arte. También me resisto un poco. Se trata de ganar, de ganarle a otro, y en una competencia el segundo no existe. Disputa. Victoria y derrota. Claro que hay ciertas reglas, con lo cual el origen salvaje y violento, de supervivencia, se alivianó, sublimación mediante, de lo instintivo y brutal. Y la guerra permanente con los vecinos se convirtió en deporte. Pero aunque cada vez hay más deporte, la humanidad no deja de prepararse para peores guerras. De dominio o de rapiña. Hay relatores y comentaristas deportivos, fútbol, tenis, box (¿es deporte?), automovilismo, que se exasperan y expresan sus sentimientos y deseos, pidiendo que no se cumplan las reglas que no les gustan, que se permita el "libre juego" porque es lo que "la gente espera". Y se festejan los rompimientos de los códigos. Goles con la mano, destrozo de raquetas, agresiones verbales y gestuales, pisotones, patadas, piñas, maniobras agresivas con potencialidad mortal en los autos. ¿No huele a las experiencias económicas que nos hicieron vivir, justificándolas sobre la libertad, la eficiencia y que son lo que la gente quiere? Combate, enfrentamiento, para ganar. Para ganar más. Ganarle al otro, a los otros.

Hace muchos años hubo un programa televisivo de bastante éxito, Polémica en el fútbol, creado por gente interesante, y conducido por periodistas, algunos muy buenos, que inclusive fueron "progresistas", no los podríamos definir como trogloditas ideológicos. En el programa también había periodistas que eran panelistas, opinadores. Polémica tenía el interés de las opiniones en caliente del público y de los periodistas. Todo se discutía, con ardor, pasión y cierto nivel de exceso agresivo. Pero era claro que se trataba de opiniones. Opinión. Ni verdad ni certeza ni objetividad ni análisis "pausado".

Pasó el tiempo. El marketing que se ideó para vender más, y ganarle a los competidores, fue apropiado por una parte del espectro político, aquel que lo puede usar por los costos. Copiando el modelo de nuestra padre-matria. Todo se vende. Una apariencia de idea, un prejuicio, un candidato. El argumento es cuestión de creatividad, sin importar nada más. Acorde con los tiempos, la verdad, o la realidad, o cierta ilusión de entendimiento, quedó sepultada entre opiniones, deslizamientos semánticos, negaciones de lo evidente, y apelaciones al sentido común, que es lo que crean justamente los que nos quieren convencer de que lo que vemos y sentimos no es así. Y que frente a la angustia del hambre, o la ignorancia, no responden con alimentos ni con educación sino con una apelación a la necesidad de constituirnos en personas capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla.

Los programas de televisión, también las radios, y muchos artículos periodísticos, migraron sus criterios para parecerse a los deportivos. Polémica agresiva, a los gritos y ninguneando al otro en la política, la salud, la educación, el entretenimiento. Todo tiene igual formato. No casualmente buena parte de los conductores y panelistas provienen del relato deportivo. Alguien tiene que ganar y todos los demás perder, y negándolo, son opinadores de temas que los incluyen, o sea en los que tienen intereses. Además de opinar, juegan el partido. Casi todos desde el mismo lado, que es el que fijan los dueños del medio (que se juegan para el lado político que más rédito le va a dar), la empresa productora o el conductor estrella que decide si cada quien es apropiado para seguir contratado.

Entonces, desde Parménides y Heráclito hasta Bourdieu, desapareció todo. Las cosas pueden ser ahora y dejar de serlo ya. Y el río que no es el mismo en el que nos bañamos ayer puede no haber existido. Y la vieja doña Rosa ya no es garantía. Porque a veces el sentido común ramplón no alcanza para justificar lo que no se puede, y entonces se recurre a la mentira repetida a lo Göbbels, sin siquiera recordarla cinco minutos después. Las cosas son así. Nos acostumbraron a las opiniones, o a las mentiras, contingentes. Por costumbre, displicencia, o mala fe, tratan de manipularnos. Parodiando a Groucho, si no le gusta esta idea tengo otras. Da igual. Se trata de ganar. De ganar más, y de ganarle a los otros, sin importar las consecuencias.

Si no podemos otra cosa, al menos digámoslo. Fuerte.

Jorge L. Seghezzo es miembro del Comité Asesor del Programa Raíces del MINCyT. Exvicepresidente del INTI.

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