Protagonistas de la Patria Grande, hacia el bicentenario del encuentro 

Guayaquil, la lectura liberal mitrista 

Entre el 26 y 27 de julio de 1822 ocurrió en la ciudad costera de la actual República del Ecuador, un hecho que determinó la historia de la emancipación de América del Sur: el encuentro entre los generales José de San Martín y Simón Bolívar.

“No estuve en Guayaquil más de 40 horas”, recordará San Martín, poco tiempo pero suficiente para hablar y acordar con Bolívar. Los historiadores como Bartolomé Mitre y el gran Ricardo Rojas, capaz de leer lo que de indígena y mestizo había en la “europea” Argentina, decodificaron lo ocurrido en el famoso encuentro a partir del abundante material epistolar existente antes y después de Guayaquil entre San Martín y Bolívar y entre sus colaboradores. 

De este modo, desde lo documentado en las cartas, se reconstruyó lo dicho en un diálogo que tuvo tres momentos: desde el “soleado viernes 26” al mediodía como consigna García Hamilton, el mismo viernes 26 por la tarde y el sábado 27 al atardecer. De este modo se construyeron las figuras de los próceres como figuras contrapuestas: Bolívar, de estatura baja y orgulloso, que no miraba de frente, condescendiente con los soldados a quienes les permitía licencias impensables dentro de los reglamentos del ejército y un José de San Martín demasiado militar, excesivamente firme en la disciplina y muy directo en sus dichos. 

Tal vez, como lo señalara el muy sagaz Domingo Faustino Sarmiento, San Martín se comportó siempre como un europeo “extraviado en un continente que nunca comprendió” y Bolívar como un jefe latinoamericano de gran carisma popular. Por cierto, estas observaciones poseen sus reales asideros; pero no dejan de responder una construcción de los personajes, como ya dijimos, dentro de determinadas coordenadas e intereses ideológicos y de poder.

La entrevista (lo muestran los hechos), fracasó ya que el Protector del Perú no consiguió para el ejército de Chile y el Perú que comandaba la asistencia de hombres y armas para continuar con la guerra, ni tampoco pudo ver realizada su propuesta de unión de los ejércitos: el del sur, bajo sus órdenes y el del norte, bajo las órdenes del venezolano. 

Buenos Aires se había desentendido del Ejército de los Andes (desde que el gobierno porteño pretendiera que San Martín no cruzara los Andes para ir a Chile y que retornara a Buenos Aires dado que esta ciudad necesitaba fuerzas militares para enfrentar a los caudillos del litoral). El accionar de los corsos, los mendocinos y los patriotas chilenos, costearon la campaña por mar desde Valparaíso a las costas peruanas de Pisco y el Callao. Buenos Aires (salvo honrosas excepciones) no aportó nada de dinero. El apoyo logístico provino de las provincias del norte argentino (Salta y Jujuy) que “cuidaron las espaldas” del Ejército de los Andes mediante las guerra de guerrillas que lideró el general Martín Miguel de Güemes. Ante tan grave situación, el Libertador de Chile y Protector del Perú tuvo que recurrir al triunfante general venezolano que venía victorioso luego de las batallas de Pichincha y Carabobo

Bolívar ya había anexado prácticamente Guayaquil a la Gran Colombia. Pero no hubo acuerdo, a pesar de que el mismo San Martín ofreció ponerse bajo las órdenes de Bolívar. El venezolano no aceptó. Creemos que no por razones personales muy ciertas; ya que admiraba profundamente el genio militar del libertador del sur, sino, porque, a causa de la lealtad de San Martín hacia su patria, la Argentina, la injerencia de Buenos Aires y su poderío mercantil y económico y los intereses de una clase burguesa creciente, serían un gran obstáculo para terminar la campaña libertadora. 

San Martín bajo sus órdenes implicaba un problema en la unidad del ejército. Los enemigos y traidores hubieran aprovechado las diferencias entre los jefes. No hubo acuerdo y los ejércitos no pudieron unirse, Bolívar terminó la campaña libertadora de Sud América en 1824 con las batallas de Junín y Ayacucho, secundado por el Mariscal Antonio José de Sucre, que moriría asesinado cobardemente; una estocada que hirió el corazón del Libertador de la Gran Colombia.

Ante la reticencia de Simón Bolívar, San Martín tenía un solo camino: alejarse del ejército y la campaña libertadora. Pero alertó a Bolívar de lo que vendría: la desintegración y las guerras civiles.

Luego de Guayaquil sobrevinieron los desencuentros, la fragmentación, la desgracia. Los granaderos y Lavalle fueron perdiendo algún protagonismo, el coronel Federico Brandsen, el heroico francés, oficial del ejército napoleónico, fue hecho prisionero en Lima junto a su familia por malentendidos con Bolívar, tornó al Río de la Plata y fue muerto en Ituzaingó, Federico Crámer, otro gran oficial francés, veterano de Waterloo, fue muerto en Chascomús a causa de los refriegas internas de la Argentina, el Mariscal Antonio de Sucre pereció asesinado, Lavalle terminó perseguido y acribillado en Jujuy, Pringles y Bouchard asesinados, Toribio Luzuriaga se suicidó con su uniforme de Mariscal del Perú, Antonio Álvarez de Arenales murió exiliado en Bolivia, O´Higgins asilado en Lima, el mismo Bolívar finalizó sus días ocho años después de Guayaquil a causa de su enfermedad pulmonar y sufrió la ingratitud mientras huía por el Magdalena en la soledad y la pobreza…

Las cartas

Decenas de cartas entre Bolívar y San Martín y sus colaboradores y camaradas, analizadas una y otra vez por los historiadores, contribuyen a la reconstrucción de un encuentro del que verdaderamente nunca habrá certezas pues fue totalmente privado. Se tejieron cientos de interpretaciones a partir de las epístolas.

Pero, como siempre, la ficción de un escritor vino a iluminar acerca de los territorios de la historia, oscurecidos por el tiempo y las conjeturas. En este caso fue Jorge Luis Borges en su cuento “Guayaquil” en el libro El informe de Brodie, de 1970. Uno de los personajes, un historiador extranjero arrojado del Tercer Reich, el doctor Zimmermann, le dice al narrador-personaje con evidentes notas del autor, que las cartas que se han encontrado de Simón Bolívar en un país del Caribe, no necesariamente podrían ser apócrifas, sino que lo que se encuentra en ellas puede resultar falso, ya que podrían haber sido escritas para engañar al destinatario (o para que su emisor, el mismo Bolívar, se engañara a sí mismo). Dimensión de la carta: el otro, y el mismo, el otro interlocutor, desdoblado, incierto, emisor y destinatario sujetos a la impostura de la palabra…

Gran verdad: las cartas no son introspección, ni siquiera confesión o muestra de conciencia, son una apelación al otro (el receptor) y como tal están teñidas de un lógico interés comunicativo. Las cartas pueden mentir y deformar, según a quien van dirigidas. No son prueba fehaciente de verdad, aunque puedan iluminar aspectos oscuros de la verdad, siempre incompleta por otra parte. Deducir la historia del material epistolar, cuando éste es solamente un instrumento de investigación, resulta un tanto ingenuo cuando no una estrategia de mostración y ocultamiento regida por ideologías e intereses.

Por las cartas entre Bolívar y San Martín, sabemos que hubo regalos entre ellos, algo corriente en las normas de cortesía de la época. San Martín le regaló al venezolano una escopeta, dos pistolas y un caballo de paso, dignos presentes de un militar. Bolívar en cambio le regaló algo más personal, un retrato en miniatura que el general argentino conservó hasta su muerte, un presente de gran amistad y aprecio.

En la colección de cartas que Arturo Capdevila recupera, podemos descubrir, junto a las famosos cartas a Tomás Guido, Estanislao López, José Artigas, Juan Bautista Bustos, Juan Lavalle, Juan Manuel de Rosas, Bernardo de O`Higgins, Guillermo Miller, Rudecindo Alvarado (a quien elije para terminar su campaña y por el que siente particular afecto), algunas misivas que enmarcan y explican las situaciones en distintos momentos y hasta donde se corrigen impresiones como las que experimentó con Bolívar de quien resalta (en otra carta a Guido) su rectitud y se queja de la “chismografía” del continente que intenta dividir y no unir.

San Martín y Bolívar no se conocían personalmente y solamente se vieron durante esos dos días de aquel mes julio. Nunca más volvieron a encontrarse y, salvo, una o dos cartas, no se escribieron tampoco. San Martín conservó siempre el retrato de Bolívar como muestra de su admiración por el general venezolano.

El historicismo liberal mitrista trató siempre de resaltar el antagonismo entre los dos héroes. Plantó la dicotomía sanmartinianos versus bolivarianos, con una clara intención divisionista: separar a la Argentina de los países sudamericanos. En realidad no hubo antagonismos ni falta de empatía, todo deducido por la correspondencia, siempre condicionada por el receptor, como vimos. Hubo, sí, una situación concreta: Bolívar advirtió que aceptar la unión de los ejércitos, inclusive con la subordinación de San Martín a su mando, implicaba un desfasaje, puesto que el Protector del Perú, permanecería siempre leal al Río de la Plata y por lo tanto a Buenos Aires, que ya definitivamente había dado la espalda al continente.

Desde entonces, la ciudad del Plata mirará a Europa, y luego a los Estados Unidos, y desdeñará a Sud América, evitándose de esa manera la conformación de una verdadera y poderosa Patria Grande.

*Liliana Bellone. Premio Casa de las Américas de Cuba en novela, 1993

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