Guillermo Levy, autor de La Caída. De la ilusión al derrumbe de Cambiemos

“Cambiemos apuntó a ser mucho más que antikirchnerismo y terminó quedando solo en eso”

Es licenciado en Sociología y realizó estudios de posgrado en economía política. En su libro, que presenta a pocos días de cumplirse un año de las PASO, repasa el gobierno del expresidente Mauricio Macri y se pregunta por las condiciones económicas, políticas y culturales que terminaron con sus anhelos de reelección.
Imagen: Sandra Cartasso

“La presidencia de Mauricio Macri comenzó con una enorme carga de optimismo, que se potenció aún más con la victoria en las elecciones legislativas de medio término, en octubre de 2017”. Sin embargo dos meses después, dirá el autor, “el ciclo presidencial de Macri empezó a construir su fecha de vencimiento”. En La Caída. De la ilusión al derrumbe de Cambiemos (Editorial Marea, 2020), Guillermo Levy analiza la derrota de Cambiemos/Juntos por el Cambio y la forma en que se inserta esta experiencia en el marco de los casi cuarenta años de democracia. En diálogo con Página/12 Levy, docente de la carrera de Sociología en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), señala los límites externos e internos con los que se topó la coalición de gobierno y arroja sus hipótesis detrás de ese 40,44 por ciento del electorado que buscó su reelección. Además, las distintas formas que asume el progresismo en la Argentina de hoy y el gobierno del presidente Alberto Fernández (Frente de Todos), cuyos primeros meses transcurren en medio de la pandemia por el coronavirus.

--¿Por qué La Caída? ¿El título del libro refiere a Mauricio Macri como figura política o a Cambiemos como fuerza política?

--Hablo de caída y de fracaso. Las dos palabras son muy representativas y, sobre todo, la articulación entre las dos. Sí diría claramente una caída de Macri, aunque no diría un fracaso total de Cambiemos o de Juntos por el Cambio. Pero sí de una experiencia de poder, que no intentó ser una fuerza vinculada a una clase política novedosa sino una mediación entre la sociedad civil y el Estado, es decir, nunca se asumió propiamente como una clase política. Es la primera vez que en la Argentina llega al poder una fuerza política que no se asume como fuerza política estatal sino que se asume como la representación de una cantidad de demandas sociales cruzadas por un fuerte antiestatismo. Creo que Macri, como figura política preponderante en la Argentina, se acabó, lo que no quiere decir que no pueda ser candidato a diputado por la Capital en 2021 o que no pueda ser una figura que siga influenciando. Pero no vuelve a ser presidente ni una figura determinante en la política argentina. Algunos quieren situarlo como “el nuevo Cristina”, en el sentido de que con él no alcanza pero sin él tampoco. Me parece que es darle demasiado a un Macri que es la imagen de un fracaso y que solo queda como figura golpeada del antikirchnerismo más duro.

--Sin embargo, Cambiemos fue gobierno en 2015, sacó un buen caudal de votos en octubre pasado, y hoy el espacio está en carrera, a diferencia, por ejemplo, de lo que sucedió con la Alianza.

--Creo que la fuerza Juntos por el Cambio/Cambiemos tiene vigencia y representa una cantidad importante de demandas de la sociedad civil. Ese 40 por ciento de octubre último no es un capital inamovible pero tampoco fue solamente una coyuntura electoral. Me parece que el éxito de Cambiemos radicó en la sociedad civil, es decir, en la construcción de una marca que articuló a los que añoran la dictadura, hasta los que detestan la política o que tienen una mirada contraria a cualquier regulación estatal, y todo el progresismo antiperonista que no tiene una agenda reaccionaria pero que es profundamente antiperonista. Por primera vez en la historia argentina hubo una marca enorme y superefectiva desde la derecha para ganar elecciones. El gran fracaso radicó en el salto de la sociedad civil a la gestión estatal nacional. En términos institucionales, algunos podrían pensar que algunas cosas se hicieron bien, lo mismo con la reducción del déficit primario fiscal, y cuestiones vinculadas con la modernización de la gestión pública en algunas áreas, aunque fueron intentos que quedaron truncos, pero sacando esto, fue un fracaso en todas las líneas. En su momento tuvo algunas audacias políticas pero que no le granjearon políticamente demasiado, como fue mandar al Congreso la ley de la Interrupción Legal del Embarazo (ILE). Tal vez haya que rescatar que, desde el ‘83 hasta hoy, el voto antiperonista en la Argentina nunca bajó del 25 o 30 por ciento, y que ese es un piso que excede a cualquier coyuntura económica.

--De hecho Cambiemos superó ampliamente ese 25 o 30 por ciento.

--El macrismo apuntó a ser mucho más que antikirchnerismo, aunque terminó quedando solo en eso. Muchos de sus armadores apuntaron a que el espacio se transformara en una nueva fuerza hegemónica de una derecha moderna, de un capitalismo serio en la Argentina, pero no sucedió. Hoy, ese antiperonismo reciclado en antikirchnerismo es una fuerza electoral, política e ideológica que es independiente de que te suban la cuenta de luz un mil por ciento. Macri construyó su piso en esa minoría intensa. Es decir que hay un voto antiperonista que aglutina de diversos sectores: desde una derecha reaccionaria y neoliberal, hasta mucho progresismo antiperonista que no está en contra del aborto, que no reivindica la dictadura, que no tiene una agenda social reaccionaria, que no plantea que haya que bajar la edad de la imputabilidad, pero que es profundamente antiperonista. Y por eso hablo de diferentes progresismos y de la división fuerte del progresismo con el kirchnerismo.

--¿Cómo son esos distintos progresismos?

--En una parte de la clase media tenemos un progresismo que ve en el kirchnerismo la realización de las mejores banderas de la transición democrática en adelante, lo mejor del alfonsinismo, lo mejor de la renovación peronista, lo mejor de lo que intentó ser el Partido Intransigente, lo mejor de lo que intentó hacer el Frente Grande. Y para otro progresismo, el kirchnernismo es un menemismo dos; es la continuación del menemismo con discurso de derechos humanos. En ese sentido hay una barrera que se hizo enorme. Y entonces la mayoría de este progresismo hoy va a seguir votando seguramente por alguna opción que se rearme en torno a lo que fue Cambiemos o Juntos por el Cambio o alguna otra opción que se arme de algún progresismo no peronista pero no creo que vaya a apoyar a este gobierno.

--En el libro plantea que el macrismo tuvo puntos altos de confrontación con una “Argentina progresista”. ¿Cuáles son esos puntos?

--El tema derechos humanos quizá fue el único eje en el que el gobierno de Macri tuvo una actitud militante contra todo el legado de medio siglo de los organismos de Derechos Humanos en el país. Desde la discusión del número de desaparecidos a hablar del “curro de los Derechos Humanos”, a volver sobre la “teoría de los dos demonios”, a la reivindicación de la Gendarmería luego de la muerte de Santiago Maldonado o su protección frente al crimen de Rafael Nahuel o la puesta de modelo de policía a Chocobar. Creo que ahí Cambiemos vio que en ese andarivel crecía y lograba hacerse eco del punitivismo penal que en la Argentina tiene un consenso importante --que cruza “la grieta”-- y en el que muchos medios trabajan incansablemente hace décadas. De hecho no es casual que la ministra con mejor imagen de los cuatro años de gobierno sea Patricia Bullrich. Ahí Cambiemos puso sus cañones en una batalla en la que se sabía ganador desde el comienzo porque representaba construcciones de sentido común mayoritarias.

--Al analizar el contexto en el que Macri asumió, habla de un “optimismo que atravesó distintas miradas ideológicas y posiciones institucionales”. ¿En qué consistió ese optimismo?

--La idea de un cambio de ciclo, de un cambio de época, fue una construcción eficiente de los equipos de campaña de Cambiemos, que fue tomado por actores interesados pero también por otros que creyeron ver en Cambiemos el comienzo de un ciclo no peronista de crecimiento económico y fortaleza institucional. En los dos primeros años se puede ver un optimismo desbordante, una seguridad del fin del kirchnerismo, y una militancia periodística en exaltar todo acto del gobierno o toda manifestación del presidente y también de la exgobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, a la que se la ve como un hada buena arrasadora donde se vuelve casi imposible vislumbrar un fracaso tan rotundo tan poco tiempo después. Toda esta exaltación son dos años: desde el triunfo del ballotage del 22 de noviembre de 2015 hasta la crisis iniciada, a mi entender, en diciembre de 2017.

--El manejo de la inflación y la cuestión de la reforma jubilatoria minaron parte de ese respaldo al gobierno. ¿Qué otras políticas o medidas socavaron esa ilusión?

--El intento trunco por empezar a liberar represores, que se cae con la inmensa movilización del 10 de mayo del 2017 con más de 200 mil personas, o cualquier intento de expectativa de que el macrismo daría una amnistía o un indulto, el pañuelo celeste, hace que muchos se desilusionen con Cambiemos, más allá de que lo pudieran haber vuelto a votar en 2019 para que no vuelva a ganar el peronismo, o Cristina. Muchos de ellos tampoco le perdonan haber puesto en discusión el tema del aborto en la Argentina; como la derecha política no le perdonó al expresidente Raúl Alfonsín el Juicio a las Juntas. En diciembre de 2017, a dos meses del triunfo electoral de medio término, la reelección de Macri era algo prácticamente indiscutible, al menos después de la elección de octubre de 2017. En dos meses pasan dos hechos que al macrismo le van a pegar bastante duro. Por un lado, el fracaso político de la ley de reforma previsional; por otro, el cambio de la meta inflacionaria. En esos días, todo el equipo económico brinda una conferencia de prensa en la que dice que la inflación de 2018 no iba a ser de un 10 por ciento como pensaban sino de un 15. Ahí el gobierno mostró su debilidad e inmediatamente empezaron las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI). De pronto, a menos de dos años de asumir, el gobierno salía a pedir la escupidera del FMI para no caer en default. Creo que ahí comienza el derrumbe, sumado a otras cuestiones.

--¿Como cuáles?

--Hay otras ilusiones que el macrismo articuló y que tienen que ver con un desgaste lógico de doce años de kirchnerismo, con una cantidad de errores que hubo en la última etapa también, con ataques desmesurados hacia los sectores medios, y con el muy buen armado acerca de las denuncias de corrupción --algunas ciertas y otras inventadas--, pero que tiene que ver con generar un clima de fin de ciclo y de hartazgo ético que ya se había construido también hacia el final del menemismo. Y cuestiones puntuales como la eliminación del impuesto a las Ganancias de los salarios. Mucha gente apoyó a Macri por esa promesa. Sin embargo, el macrismo aumentó la cantidad de asalariados que pagan este impuesto.

--¿Cómo es ese neoliberalismo con agenda social que observa con el macrismo?

--La agenda social no es prerrogativa del peronismo ni de la izquierda ni del progresismo. Las diversas derechas también pueden tenerla y la han tenido en la historia mundial. Cambiemos se nutre también de mucha militancia proveniente de la iglesia católica y de las iglesias evangélicas que tienen preocupación por la cuestión social y arraigo en sectores populares, por supuesto que con otro formato ideológico que se puede tener en un gobierno progresista. Cambiemos sabe desde el comienzo que un ajuste sin política social activa implica explosión social en un país como la Argentina. El Ministerio de Desarrollo Social tuvo más planes y beneficiarios que en la gestión anterior. La Argentina tiene muchos límites a un programa de ajuste que destruya condiciones de vida y de trabajo sin conflictividad. La derecha más neoliberal, que ya salió desde el primer momento a criticar el “gradualismo” de la primera etapa conducida por Alfonso Prat Gay, pedía que se echara a un millón de empleados públicos. Cambiemos no solo no es una alianza homogénea sino que ha logrado construir una certeza de hasta dónde se puede y hasta dónde no en este país.

--Además, la sociedad también impone sus límites.

--La resolución de la Corte Suprema del 2x1, que hubiese implicado empezar un proceso de liberación de represores, fue cortado de cuajo con una inmensa movilización en mayo de 2017. Así, en varios planos, los límites sociales y culturales construidos desde la transición democrática están vivos en diferentes grados y ponen límites a cualquier aventura de derecha económica dura o que vaya atrás de algunas conquista básicas de nuestra democracia recuperada en 1983. La caída del 20 por ciento del salario real de los docentes de la provincia de Buenos Aires le salió muy caro a Vidal, con el inmenso paro de Suteba. Esas muestras de fuerzas representan límites bien precisos.

--Si en tres años le agregara un capítulo al libro, ¿cómo imagina ese apartado adicional, seguramente dedicado a analizar el mandato de Alberto Fernández, y en el marco de los cuarenta años de democracia?

--Seguramente acerca de la dificultad del reformismo o quizá, ojalá no, la imposibilidad de un verdadero reformismo exitoso en la Argentina. Así como una hegemonía neoliberal en la Argentina o un ciclo largo neoliberal es difícil de sostenerse por los límites que trato de abordar en el libro, un reformismo que se proponga impulsar un desarrollo productivo con integración social, alentando actores y capacidades no explotadas, solucionar los problemas básicos de infraestructura, construir una institucionalidad estatal menos facciosa, garantizar una verdadera reforma impositiva progresiva, fortalecer un bloque regional, forzar a que la cúpula económica tenga una agenda más amplia que de fugar divisas y tener rentabilidades aseguradas, también es una tarea que tiene límites enormes.

--¿Entre ellos?

--Límites corporativos, límites institucionales en diversos poderes del Estado, límites internacionales, regionales, pero también límites sociales y culturales importantes. La oposición “bolsonarista” que se viene agitando contra Alberto y Cristina Fernández y la marcación de cancha que intentan hacer los sectores más concentrados del capital muestran también límites poderosísimos para el éxito de cualquier experiencia reformista sustentable. Las dificultades y tropiezos con Vicentin, la ofensiva que se armó cuando el presidente denunció a Techint por los 1400 despidos al comienzo de la cuarentena o la oposición tajante al intento de reforma judicial son algunas muestras de esto. El capitalismo serio e institucional que propuso Cambiemos fracasó sobre todo porque no produjo crecimiento, redujo el consumo, aumentó la pobreza, aniquiló trabajo de calidad y tampoco se fue con la bandera de la ética con la que se fue --no estoy afirmando si merecidamente o no-- Alfonsín. El fracaso o no de esta difícil experiencia del Frente de Todos depende de otras cosas, pero cuenta con enemigos mucho más poderosos que con los que se enfrentó Cambiemos. Aun así, propone un anclaje en la historia nacional mucho más potente que, de lograr algunos éxitos en la pospandemia, va a dejar por un buen tiempo, creo, a Juntos por el Cambio o en lo que esta coalición mute, fuera de la conducción del Estado.

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