Tiene 29 años y obtuvo la distinción gracias a "La inquietud de la noche", su primera novela

Marieke Lucas Rijneveld, la primera persona “no binaria” en ganar el Premio Internacional Booker 2020

La joven estrella de la literatura holandesa vive en una granja lechera y no se define a sí misma como trans, sino como “en el medio”. Entre las escritoras que optaban por este prestigioso galardón estaba la argentina Gabriela Cabezón Cámara.

La nueva estrella de la literatura holandesa, que escribe desde una granja lechera en la que también trabaja, no se define a sí misma como trans, sino como “en el medio”. A los 29 años, Marieke Lucas Rijneveld, es la primera persona “no binaria” en ganar el Premio Internacional Booker 2020 con su primera novela “visceral y virtuosa” The Discomfort of Evening (publicada en España por el sello Temas de hoy del grupo Planeta como La inquietud de la noche), traducida al inglés por Michele Hutchison, con quien compartirá los 62 mil dólares del premio. También optaban por este prestigioso galardón la mexicana Fernanda Melchor, con Temporada de huracanes, y la argentina Gabriela Cabezón Cámara, con Las aventuras de la China Iron.

“Las vacas son unos animales maravillosos, dulces y sensibles. Me encanta estar con vacas. Presienten tu estado de ánimo. A veces me resulta más fácil tratar con vacas que con personas. Las cosas son más claras”, confiesa Rijneveld (Holanda, 20 de abril de 1991), que creció en una estricta comunidad religiosa en una zona rural de los Países Bajos. En La inquietud de la noche narra la historia de Jas, una niña holandesa que ha perdido a su hermano mayor en un accidente, después de que ella deseara su muerte: “Le pedí a Dios que se llevara a mi hermano Matthies en lugar de a mi conejo”. Como la protagonista de su novela, Rijneveld perdió a un hermano de doce años cuando ella tenía tres años. Al dolor de Jas por esa muerte “deseada” se suma el hecho de volverse adolescente. Jas, que se siente abandonada por su familia, intenta sobrevivir como puede: invoca a su hermano muerto en extraños rituales, se extravía en compulsivos juegos eróticos, se desahoga torturando animales y fantasea con Dios y “el otro lado” en la búsqueda de sí misma y de alguien que la rescate del desmoronamiento familiar. La novela condensa la lucha de una niña por comprender la muerte, nunca nombrada pero presente en el aire que se respira.

Rijneveld –que publicó su primer libro de poemas Kalfsvlies en 2015-- es la segunda ganadora más joven del Booker, después de la neozelandesa Eleanor Catton, que obtuvo el mismo premio en 2013, cuando tenía 28 años, por Las luminarias. Además de las novelas de Cabezón Cámara y Melchor, las otras finalistas fueron Tyll, del alemán Daniel Kehlmann, sobre un personaje legendario del folclore germano que viaja en el tiempo hasta las primeras décadas del siglo XX; The Memory Police, una “distopía totalitaria” de la japonesa Yoko Ogawa; y The Enlightenment of the Greengage Tree, una novela política de la iraní Shokoofeh Aza, exiliada en Australia. Desde 2016, el premio que se otorga a un libro de ficción de un autor extranjero traducido el inglés, compartido con el traductor, reconoció a La vegetariana, novela de la coreana Han Kang publicada en Argentina por la editorial Bajo la luna; A Horse Walks Into a Bar (Gran cabaret, en la traducción al español) del israelí David Grosmman; Los errantes, de la polaca y premio Nobel de Literatura 2018 Olga Tokarczuk y, en 2019, Celestial Bodies, de la omaní Jokha Alharthi. Ningún autor en lengua española ganó el Booker Internacional.

Aunque Rijneveld continúa trabajando en una granja lechera, ya no lo hace en la de sus padres. “La agricultura me mantiene en tierra. Las vacas son mis mejores amigas; me gusta limpiar los establos y palear la mierda”, dice Rijneveld, que se define como una persona “no binaria”. “De pequeño me sentía un niño, me vestía como un niño y me comportaba como un niño, pero los niños de esa edad siguen siendo neutrales en su género. En la adolescencia, cuando la separación se hizo clara, me vestí de niña y me convertí en niña, luego a los 20 volví con el niño que era en la escuela primaria”, revela a The Guardian. “Es difícil para mis padres entender que yo no soy la niña que ellos criaron. No está en la Biblia”. Lucas, el segundo nombre que sumó al que le pusieron sus padres cuando nació, tiene una explicación: era un amigo imaginario que tenía cuando era pequeña, en un tiempo en el que se sentía más como un niño que como una niña. La identidad continúa en movimiento, en transición. “Por ahora la respuesta es algo intermedio, de ahí el nombre Marieke Lucas, pero aún no sé dónde terminará mi búsqueda”.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ