Los cuentos selectos de William Trevor

De la monumental obra cuentística del escritor irlandés William Trevor, los Cuentos selectos de la edición de Edhasa a cargo de Andrés Hax, presenta doce piezas demostrativas de su capacidad de observación y construcción de personajes anónimos sobre el trasfondo moral de una época, los años 50.

Hace doce años atrás, apareció la novela Verano y amor. Quienes la reseñaron se lamentaron por la falta de traducciones de William Trevor. Con el tiempo, apareció un segundo libro, Una relación perfecta, una muestra del talento del escritor irlandés para la forma breve. Y hace no mucho, hubo una tercera traducción, su novela histórica llamada La historia de Lucy Gaut, que recorre casi un siglo de su Irlanda natal, aunque el libro no llegó a las librerías argentinas. Ahora, el escritor y periodista Andrés Hax seleccionó doce cuentos de la monumental obra cuentística de Trevor (su última antología personal tiene más de mil quinientas páginas de producción sostenida), y en su prólogo, Hax también se lamenta por el poco acceso que tenemos a la obra de este escritor irlandés, fallecido el 20 de noviembre del 2016, a los 88 años de edad.

No es para menos. Antes de morir, el nombre de Trevor era moneda corriente en las shortlists para el premio Nobel, junto a su némesis canadiense, Alice Munro, quien finalmente lo obtuvo en el año 2013. Trevor ganó, sin embargo, todo tipo de premios literarios y fue finalista para el Man Booker en varias ocasiones. Ha sido comparado con el James Joyce de los cuentos de Dublineses, con Maupassant, V. Pritchett y por supuesto, con el padre de todos ellos, Anton Chejov. Su obra alcanza las diecinueve novelas y nouvelles, y diecisiete colecciones de cuentos, con cuatro antologías personales, y una última publicación de cuentos hallados. Aún así, hay poco traducido.

Antes de asumirse como un grafómano incorregible y melancólico, y antes de mudarse a Inglaterra (aunque nunca haya abandonado su identidad provinciana como irlandés), Trevor fue maestro de escuela y aprendiz de escultor. Se graduó en la Universidad de Trinity con un título en Historia. Se casó, tuvo un hijo, y como muchos matrimonios jóvenes de los años cuarenta, la plata no le alcanzaba. Al no rendirle el ingreso como profesor de primaria, decidió probar suerte en Inglaterra y consiguió trabajo en una Agencia de Publicidad. Trevor cuenta en la famosa entrevista de The Paris Review que cada día iba al trabajo con el miedo a que lo fueran a despedir (una de las últimas y extensas entrevistas que dio en vida, ya que se consideraba incapacitado para analizar racionalmente su propia escritura). Cada día, destapaba su máquina de escribir y, sin que se le cayera una idea o una frase de punchline, se dedicaba a observar.

¿Qué miraba? No mucho. Apenas los movimientos de sus compañeros en la oficina. Cómo hablaban, cómo se vestían, cómo gesticulaban. Empezó a imaginar historias, a desenvolver frases, a recurrir a su propia experiencia para ver cómo serían las vidas de esos treintañeros en los años cincuenta. Empezó a trabajar su mirada como si estuviera esculpiendo con las manos; a formar personajes consistentes. La primera novela de Trevor apareció en 1958 y se llamó A standard of behaviour (con los años, renegó de la novela, y si bien se rehusó a publicarla nuevamente lo cierto es que lo hizo en dos ocasiones). No fue hasta la aparición de The old boys con la que Trevor obtendría el prestigioso Hawthornden y cierto renombre entre la belicosa crítica inglesa de la época. Abandonó su trabajo como redactor y se dedicó a escribir. Tenía 36 años.

“Estoy muy interesado en la tristeza del destino, en esas cosas que simplemente le pasan a la gente” dijo Trevor en una de las pocas entrevistas que se pueden encontrar online. Y la sentencia funciona como una declaración de principios estéticos; los cuentos y relatos de Trevor, quien aseguró escribir novelas como si fueran compilaciones de cuentos, se apoyan en la observación de los caracteres. Las tramas, minúsculas y casi inexistentes, se desenvuelven gracias a las emociones contrariadas que Trevor ausculta con un ojo compasivo y perspicaz. Por esa razón, Trevor prefiere los ambientes cerrados a los largos viajes, los pueblos chicos a las grandes ciudades, las situaciones pequeñas a las complicaciones de una intriga.

En el cuento que abre el volumen, “El día del general”, un viejo militar de la guerra sale a la calle a buscar mujeres mientras que lentamente, a lo largo del día, en un pícaro tour de force, se va emborrachando y haciendo el ridículo frente a viejos amigos. En “Romances de oficina”, una chica llegada desde el interior consigue un trabajo en una empresa y se convierte en la presa fácil de un jefe para tener un amorío (el clima parece arrebatado de un capítulo de Mad Men, o mejor dicho, a la inversa). Hay cuentos aún más sencillos o apenas apoyados en una observación. Como el caso de el “El afinador de pianos” en el cual un hombre viejo y ciego se casa, luego de enviudar, con su primera novia a quien había dejado por su esposa anterior. O en “Después de la lluvia” en donde una chica recién separada decide tomarse unas vacaciones. Los personajes de Trevor no son marginales pero siempre están en un margen. Son viejos, chicos, adolescentes, mujeres solteras, hombres desesperados que acatan la norma moral y social de una época. Andrés Hax señala en su prólogo que tal vez, a un público moderno y millenial, las historias sobre hombres y mujeres inconformes de mediados del siglo XX puedan parecer viejas o demodé. ¿Qué puede tener de interés la historia de una chica que recibe una carta de un chico que le gusta? ¿O la historia sobre una infidelidad o sobre un viejo solo y olvidado?

Así como los escritores y poetas de las vanguardias estéticas, a mediados de la década del 20 durante el siglo pasado, se alejaban del naturalismo de Zola por verlo viejo y anticuado, y ponían el ojo y los sentidos en las innovaciones tecnológicas propiciadas por el cine, la fotografía y el automóvil para pensar una nueva forma de mímesis, es probable que, quienes hayan nacido a finales de la década de los noventa, vean en internet y en los soportes digitales una posible salida a una nueva forma de narrar. Es probable, también, que para esos futuros escritores, el naturalismo de William Trevor sea algo viejo y anticuado; que las historias de campo con pastores que pierden la fe o mujeres que niegan su deseo en un ambiente rural, les aporte muy poco. Pero nunca está de más suscribir a una vieja frase de Anthony Burgess: “Una literatura nueva siempre nace de la traducción de una literatura anterior”. Y la traducción tardía de estos doce Cuentos Selectos de uno de los mayores observadores de la vida cotidiana viene a mostrarnos, una vez más, que su empecinado naturalismo fue una forma sutil y secreta de hacer vanguardia.  

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