Reacciones de la comunidad lgbttiq a las afirmaciones del Papa

Francisco y la Unión Civil: El Papa no da lo mismo

Analizando las palabras del Papa Francisco y las reacciones. Primera conclusión: La palabra del Papa es política. El resto, lealo aquí.

Curiosidades. Casi como una profecía laica, esta semana me cruzaron con dos afirmaciones que hoy me permiten leer las declaraciones de Francisco sobre la Unión Civil en una clave que molestará a propies y extrañes.

Revelación 1

Resulta que colaborando con el trabajo de un amigo cura en una parroquia de la poderosa Tercera Sección Electoral de la PBA le pregunté si sabía algo de cómo venía la elección del nuevo Obispo de Avellaneda-Lanús luego de la confusa renuncia por jubilación anticipada del Obispo Rubén Frassia. Y la respuesta de mi amigo padrecito no hizo más que confirmar lo esperado: “Lo decide Pancho ¡Cómo saberlo! Es jesuita.” Esta orden silenciosa, poderosa, erudita, mundial y rizomática es una de las pocas que actúa como contrapeso ante el fundamentalismo del Opus Dei, y no desde el progresismo, sino de un realismo que ya es mucho en el mundo de la Fe.

Revelación 2

Un día después del encuentro con mi amigo cura, me tocó evaluar un paper sobre las construcciones discursivas post conquista de derechos LGBTI+ en Argentina, donde se plantea la hipótesis de que existen distinciones en los modos de argumentación de las organizaciones de la diferencia sexo-genérica en nuestro país, en tanto algunas apelan a la historicidad y otras prefieren un discurso de tipo fundador y autocentrado en, para mi gusto, una creencia desmesurada en la potencia de las organizaciones . Valga como ejemplo la CHA, que siempre defendió el proyecto de Unión Civil desde su presentación en la Legislatura hasta avanzado el debate en torno al Matrimonio Igualitario, que fue un proyecto de la FALGBT al que luego adhirieron el resto de las organizaciones. En aquel entonces hubo debates que hoy están silenciados. Defensores/as de la “unión civil” consideraban al matrimonio como una institucionalidad civil caduca, mientras que otros/as consideraban que el no acceso para las personas LGBTI+ al “matrimonio” consistía en la consolidación de la desigualdad de acceso a los derechos. ¿Por qué tener que elegir entre ambas posturas si contienen un núcleo de verdad? Se podrá decir que la interpelación de lograr abrir la figura del matrimonio consistió en una ruptura más radical que la fundación de un campo de derechos que la creación de un nuevo instituto legal. Sin embargo, la historia no puede ser convidada de piedra en este debate, y es imposible negar que las discusiones sobre la unión civil en la Ciudad de Buenos Aires allá en los comienzos del 2000, aún con sus limitados efectos materiales, establecieron un umbral de debate sobre el que la noción de “matrimonio” comenzó a ser deconstruida y a poder ocupar el lugar dado a la unión civil en un reemplazo no líneal ni pacífico de significantes.

¿Dónde está Francisco?

El reconocimiento de la necesidad de una unión civil como instituto que otorgue los mismos derechos que el matrimonio, mantiene a Franciso en la ortodoxia de la doctrina católica, pero también lo inscribe en la teoría social del Vaticano II y su preocupación por los/as marginados/as. Con este reconocimiento de una exclusión que requiere ser subsanada, la romántica imagen del “pobre” al fin ya no será igual a varón y mujer cis en situación de exclusión socioeconómica como no se cansa de acotar la progresía de los/as teólogos/as de la Teología de la Liberación o de la Teología Popular que juegan por “izquierda” sin nosotras/os, of course. Acá Francisco jugó de 9 en un partido y en una cancha inclinada en su contra por la hegemonía neoliberal y amplió las figuras de la exclusión contra tanto reduccionista cristiano/a por más que se defina de progre, izquierdista o nacional/popular. Ahora, ésta toma de nota, que por ahora es una declaración (que siempre abren horizontes de exigibilidad) incluye entre los/as pobres y excluidos/a, el no reconocimiento de derechos a las personas LGBTI+. Se nos suma a los/as condenados/as por un sistema donde la diferencia es un modo de vivir la desigualad como pecado estructural.

Basta, muchaches

Lo que resulta irritante son varias cosas. Por un lado esa insistencia religiosa de considerar el matrimonio, como sacramento entre los católicos o bendición entre los/as protestantes, como potestad religiosa que depende para su dación de “pruebas” teológicas, doctrinales, científicas y/o bíblicas (menos para la Iglesia Evangélica Valdense que por decisión sinodal reconoce la bendición matrimonial a personas LGBTI+). Valga como ejemplo las declaraciones de un pastor metodista que llegó a decir que si las personas LGBTI+ queríamos bendición matrimonial deberíamos probar, antes, la “naturalidad e inevitabilidad” de la orientación sexual y la identidad de género, todo como si su peformance de macho pastor fuera científicamente corroborable. Las discusiones son interminables, tanto como las de si ser LGBTI+ es un hecho biológico, cultural u oposicional. Debate en el que se triunfa cuando se lo abandona por improcedente, ya que quien pregunta se erige como el/la etnólogo/a de una razón que cree poder dar fundamentos que nunca son más que la fundación por la fuerza de un régimen de normalidad. Es decir, que la teología siga siendo un género de fantasía como en el “Nombre de la Rosa” vaya, pase, joda y convoque a debates a quienes nos denominamos cristianes. Pero que las iglesias pretendan legislar, con esas lecturas literales y decontextualizadas de un libro escrito en condiciones concretas por más de una mano, más allá de sus seguidores es inconcebible; aún sin negarle el derecho a opinar como tenemos todos/as en una democracia. Todavía recuerdo una anécdota del Parlamento uruguayo cuando el pope de la jerarquía católica entró y declaró ante el grupo de diputados/as que “estaba feliz de estar en esta casa de Dios”, y una diputada de la Vertiente Artiguista, integrante del Frente Amplio le retrucó, Obispo, esta es la “casa de las leyes”. No da lo mismo que Papa reconozca o no una forma de unión que otorga derechos en épocas de un capitalismo de brutal desposesión. Como no da lo mismo que aún las iglesias crean que pueden avanzar sobre los planes de buena vida de ciudadanos que no practican su mismo discipulado y que recordemos todavía no acepta a las mujeres en igualdad de condiciones cuando cada vez queda más claro que María Magdalena fue la discípula amada de Jesús, el Cristo. Y que sigue haciendo la vista gorda frente a millones de mujeres que mueren por aborto clandestino.

Y también irrita, por izquierda, considerar que esta declaración del Papa “es más de lo mismo” ¿Por qué? ¡Porque no da lo mismo! Y sino pregúntenle al legislador troskista Gabriel Solano que en el 2016 preguntó por redes como poder ver los partidos de futbol que fueron de acceso público gracias a “Futbol para todos/as” hasta el 2015, y recibió una catarata de respuestas de “Googlea son lo mismo”. Las barricadas no siempre son revolucionarias ni necesariamente progresistas, por el contrario, a veces son un grano en el terreno donde los derechos no se conquistan de una vez y para siempre (si no pensemos en la toma de La Bastilla, la Revolución Soviética, las revoluciones antiimperialista del Tercer Mundo), sino en caminos sinuosos de avances, caídas y nuevas luchas; con acuerdos menos declamativos. La proliferación de los discursos del odio que se resumen a un terraplanismo neuronal severo que ponen nuestras luchas como un nano organismo en un chip de 5G de supuesta inyección obligatoria debería hacernos más tácticos, más estratégicos, en momento donde lo Otro es absolutamente monstruoso y no viene por nosotros/as con los modales de la modernidad, sino el de una pretendida expansión fascista donde nuestra tortura serán les otres, con minúscula pasando lisa y llanamente del autoritarismo al facismo, que es cuando tu vecino/a es quien tendrá el garrote en un distopía que hará sombra a Netflix et al.


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