Opinión

Soledad Acuña: el desprecio como política de gobierno

Las declaraciones de Soledad Acuña en diálogo con Fernando Iglesias mostraron, como señalamos días atrás, el fracaso categórico de su gestión. Dijimos que su forma de describir el sistema educativo que gobierna representa una renuncia de hecho a su cargo.

Hoy es necesario significar su carta abierta, luego de la cual dio una conferencia de prensa ratificando sus dichos. En su descargo reduce las valoraciones (edad y trayectorias previas) a la presunta incontrastabilidad de las estadísticas. No hemos discutido aún los números. Pero incluso si los datos fueran confiables, lo deleznable es su valoración, y su posición absurdamente neutral frente a los guarismos que presenta.

A ese “52% de los estudiantes de formación docente que tiene trayectorias previas” lo valoró como un rotundo fracaso. Lo que refuerza la concepción virginal y arcaica de la vocación docente, donde además el magisterio es una carrera de segunda, destinado a estudiantes a lxs que no les da el piné para carreras “serias”.

Al “50% que trabaja mientras estudia” lo presentó como una marca de pobreza y de un "capital cultural" deficiente que poco puede aportar a la enseñanza. Desconoce la historia del sistema educativo argentino donde, entre las Escuelas Normales y la gratuidad universitaria, educarse formalmente es una de las pocas posibilidades relativamente seguras de aspirar al ascenso social en nuestro país. Desconoce también -y repudia- ese corazón plebeyo de la escuela argentina.

Podemos deducir sin muchos rodeos que los docentes le damos asco. Esta aseveración puede sonar exagerada, y aunque los análisis deben superar las adjetivaciones de este tipo, el asco de la ministra es un dato de la realidad.

Varios funcionarios reconocen que lo dicho por Acuña es una representación fiel de sus ideas. No se puede condenar el pensamiento ajeno -el artículo 19 de la Constitución es sagrado para quienes escriben-, el problema es cuando estas ideas, concretamente, guían una gestión de gobierno. No terminamos de dimensionar la gravedad de que, desde el Estado, se lancen este tipo de imputaciones. En la Ciudad de Buenos Aires hemos naturalizado el maltrato, después de 13 años de acción ininterrumpida.

Hay un aspecto más en las declaraciones de Acuña: busca deslegitimar a sus dirigidos ante la opinión pública -y recibió una ola de repudio por eso, antes de que se desviara el foco hacia su propia biografía escolar-, y en ese mismo acto se deslegitima a sí misma como titular del ministerio de educación porteño. Mientras que en la carta realiza una valoración que pone en valor su gestión.

Cabe preguntarse, en este punto: ¿Cómo espera obtener resultados alguien que se refiere así a sus dirigidos? ¿Existe en algún manual de management una recomendación que diga que impedir que los empleados trabajen es una buena forma de generar transformaciones?

Más allá de las particularidades de cómo se instrumentan realmente los cambios en los sistemas educativos, esa doble deslegitimación -hacia los demás y, por ende, hacia sí misma-, hace casi imposible acordar en algún punto de la extensa agenda educativa.

Es probable que Acuña no tenga estas preocupaciones, porque su accionar se ha parecido más a una campaña electoral permanente que a gobernar la educación porteña. Sí es una preocupación para nosotrxs, lxs docentes, y para nuestrxs alumnxs y sus familias: no se puede trabajar, ni estudiar, con semejante ruido.

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