Las premisas liberales que conforman una matriz que produce y conserva múltiples desigualdades

La igualdad como derecho humano

Los derechos humanos son procesos históricos de lucha por los bienes necesarios para la vida digna. En tanto procesos se inscriben en las desigualdades existentes y buscan empoderar a quienes las sufren para acompañar y potenciar sus luchas que, tarde o temprano deben tener su correlato normativo y la garantía del Estado que, como se sabe bien por estas tierras puede violar derechos pero también garantizarlos.
Para la ideología neoliberal toda intervención estatal en el mercado que limite, regule o redistribuya ingresos es nefasta.Para la ideología neoliberal toda intervención estatal en el mercado que limite, regule o redistribuya ingresos es nefasta.Para la ideología neoliberal toda intervención estatal en el mercado que limite, regule o redistribuya ingresos es nefasta.Para la ideología neoliberal toda intervención estatal en el mercado que limite, regule o redistribuya ingresos es nefasta.Para la ideología neoliberal toda intervención estatal en el mercado que limite, regule o redistribuya ingresos es nefasta.
Para la ideología neoliberal toda intervención estatal en el mercado que limite, regule o redistribuya ingresos es nefasta. 
Imagen: NA

El liberalismo económico desde sus inicios hasta sus actuales versiones neoliberales ha mostrado, en líneas generales, las mismas respuestas a las preguntas sobre la igualdad. Por qué existe una desigual distribución del ingreso y de la riqueza y qué debemos hacer frente a ella, han recibido en los últimos trescientos años respuestas similares.

A fines del siglo XVII John Locke uno de sus padres fundadores sentará las bases de los argumentos que nos acompañan hasta nuestros días. “Y así como los diferentes grados de laboriosidad permitían que los hombres adquiriesen posesiones en proporciones diferentes, así también la invención del dinero les dio la oportunidad de seguir conservando dichas posesiones y de aumentarlas”. De este modo, “(…) los hombres han acordado que la posesión de la tierra sea desproporcionada y desigual. Pues mediante tácito y voluntario consentimiento, han descubierto el modo en que un hombre puede poseer más tierra de la que es capaz de usar, recibiendo oro y plata a cambio de la tierra sobrante; oro y plata pueden ser acumulados sin causar daño a nadie.”

Primera premisa liberal: la desigualdad social es fruto de los desiguales esfuerzos que los seres humanos realizan y la acumulación de riqueza de unos no genera perjuicios a los demás.

Segunda premisa liberal: la desigualdad social lejos de ser un conflicto tiene como base el acuerdo social de dar a cada uno lo que le corresponde según su esfuerzo.

Casi cien años después, Adam Smith cerraría el argumento con su conocida metáfora. “No hemos de esperar que nuestra comida provenga de la benevolencia del carnicero, ni del cervecero, ni del panadero, sino de su propio interés. No apelamos a su humanitarismo sino a su amor propio ... en este caso, como en tantos otros, es guiado por una mano invisible para la consecución de un fin que no entraba en sus intenciones (…) Jamás he sabido que hagan mucho bien aquellos que simulan el propósito de comerciar por el bien común.”

Tercera premisa liberal: El egoísmo, el individualismo y la búsqueda del beneficio personal y la competencia que de ello se deriva, lejos de acrecentar la desigualdad social, a la larga y aún sin intención, conlleva necesariamente al bien común.

Extorsiones

Estas ideas escritas ya hace más de doscientos años han recibido a lo largo de la historia del pensamiento económico reformulaciones, sofisticaciones matemáticas y nuevas metáforas. Se podría hablar del necesario equilibrio entre la oferta y demanda, la asignación eficiente de recursos, las retribuciones a las productividades marginales de los agentes económicos, la necesaria igualdad social que trae todo desarrollo económico luego de provocar aumento de la desigualdad al comienzo (hipótesis de Kuznets), las teorías del capital humano, entre otras. 

Todas ellas por un camino u otro, proponen las mismas orientaciones de política pública: toda intervención estatal en el mercado que limite, regule o redistribuya ingresos es nefasta.

En estas premisas se basan todas las extorsiones que los gobiernos populares reciben cuando intentan, hasta incluso tímidamente como con el recientemente sancionado aporte extraordinario de las grandes fortunas (una contribución marginal y por única vez en el contexto de una crisis global provocada por la pandemia de la covid-19 a las doce mil personas más ricas del país), algún tipo de redistribución secundaria del ingreso y la riqueza vía impuestos progresivos y gasto social.

Ataque a la propiedad privada, destrucción de la seguridad jurídica, desincentivo a la inversión, subsidio a la vagancia o la que la o el lector haya escuchado en los medios de comunicación o en una discusión familiar, servirá como “argumento” para que la “mano invisible” se empiece a ver.

Desigualdad

No es menor mencionar que las premisas liberales, lejos de ser letra muerta y discusión académica de los claustros universitarios, se amalgaman con las prácticas sociales y han construido a lo largo de la historia una hegemonía, es decir, una saturación de las conciencias, transformando incluso en fervientes defensores a quienes son sus principales víctimas.

El problema de la desigualdad no puede reducirse a un tema de estructura tributaria o de presupuesto público. Las relaciones de poder que el capitalismo naturaliza y consolida siempre llevarán la discusión a lógica “de la sábana corta” y con mayor o menor sutiliza las “restricciones macroeconómicas” harán inviable cualquier acción distributiva significativa.

Aunque suene paradójico, el problema de la desigualdad económica no es un tema básicamente económico. Es la punta de un iceberg que tiene por debajo de su línea de flotación un entramado históricamente construido de múltiples de desigualdades que, lejos de estar dispersas, conforman una matriz que las produce y la conserva.

Esa estructura que muchos caracterizan como capitalista, blanca y patriarcal y que, mirada desde el sur, se debería también decir colonial, tiene base material y simbólica. Tiene base material porque opera en el mundo de la producción, distribución y apropiación del excedente económico y configura relaciones de poder, y posee base simbólica porque opera en la producción, distribución y apropiación del conocimiento y en la construcción de las representaciones sociales.

Trabajos de la mujer

Cuando se es mujer, no blanca, pobre y se vive en Latinoamérica, la vida se hace muy difícil. Por la injusta distribución sexual del trabajo se le asignan y se asumen todas las tareas del cuidado que una minoría de mujeres no pobres pueden delegar en otras mujeres pobres. 

Dicho trabajo no remunerado representa un verdadero subsidio a la tasa de ganancia capitalista que, bajo otras lógicas, debería asumir (y pagar) como parte del costo por disponer de fuerza de trabajo para la producción. Sin el trabajo reproductivo y no remunerado que en su mayoría realizan las mujeres y que representa aproximadamente el 25 por ciento del PIB no podría llevarse a cabo las tareas productivas. 

¿Pueden imaginarse qué sucedería si durante una semana las mujeres que realizan las tareas del cuidado no las hiciesen? ¿Podrían quienes realizan los trabajos remunerados (en su mayoría hombres) seguir haciéndolos del mismo modo?

Por ello resulta necesario para sostener la injusta distribución sexual del trabajo construir representaciones e imaginarios sociales que lo invisibilicen y lo naturalicen. Pero la cuestión no termina aquí. Un historia de conquista, saqueo y colonización y posterior inscripción en la división internacional del trabajo hacen, entre otras circunstancias, que la vida por estos pagos no sea homologable a la de otros lares. Desde este lugar es necesario leer a las regiones más desiguales del planeta.

Sistema

Los derechos humanos son procesos históricos de lucha por los bienes necesarios para la vida digna. En tanto procesos se inscriben en las desigualdades existentes y buscan empoderar a quienes las sufren para acompañar y potenciar sus luchas que, tarde o temprano deben tener su correlato normativo y la garantía del Estado que, como se sabe bien por estas tierras puede violar derechos pero también garantizarlos.

Como menciona Ranciere “La igualdad no es un fin a conseguir, sino un punto de partida. Quién justifica su propia explicación en nombre de la igualdad desde una situación desigualitaria la coloca de hecho en un lugar inalcanzable. La igualdad nunca viene después, como un resultado a alcanzar. Ella debe estar siempre delante”. 

Los seres humanos somos iguales en derechos como punto de partida no de llegada. Es la igualdad la que exige e interpela a los Estados, que nunca son neutrales, a enunciar y garantizar lo que enuncian. Y lo harán, en tanto y cuando se luche por los derechos humanos por la simple razón de que tenemos que vivir y para eso hacen falta condiciones materiales concretas para que todas y todos accedan a los bienes necesarios para la existencia, muchas de ellas hoy, inexistentes.

Siguiendo a Ranciere, es una cuestión de política: se trata de saber si un sistema (…) tiene como presupuesto una desigualdad a “reducir” o una igualdad para verificar. En tanto lucha por la vida digna, la igualdad será un derecho humano o no será.

* Docente ISFD Nº41. UNLZ FCS (CEMU). [email protected]

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