"Otro Manhattan", un libro de cuentos para conocer a Donald Antrim 

Miembro de la escena literaria que estalló en los 90 con nombres como Chuk Palahniuk y David Foster Wallace, Donald Antrim no es conocido sin embargo en la Argentina. Con la edición de Chai de su libro Otro Manhattan, se puede empezar acceder a un narrador de cuentos y novelas breves que capta a la perfección la desesperación, a veces humorística y otras tan solo dramática, de unos personajes perdidos en la gran ciudad. 

Dos jóvenes enamorados se encuentran los fines de semana en departamentos prestados. Cada vez, inventan una nueva felicidad efímera, en una escenografía itinerante: cocinan, toman vino, juegan con los gatos o le dan de comer a los peces, se instalan en la cama desde donde imaginan que así también podría ser su vida. De hecho lo es, si descontamos que no están en condiciones de alquilar un departamento, que no tienen trabajo, que en realidad no son tan tan jóvenes y que tampoco es seguro que pudieran hacer durar esa armonía en compañía del otro, porque ambos vienen de historias demasiado tristes. Si bien se quieren por estar los dos un poco rotos, también se ocultan cosas, precisamente las más dolorosas, hay mucho que queda afuera de ese instante fotográfico. Esto ocurre en "Consuelo", el segundo cuento de Otro Manhattan, el extraordinario libro de cuentos de Donald Antrim que acaba de salir en español por Chai Editora. Pero también ocurre, de algún modo, en los demás cuentos. Cada uno de ellos es una suerte de escenografía provisoria, facetada, donde nos topamos con unos personajes que transitan instantes de excepción. Todos ellos poseen alguna avería, algún dolor: pacientes psiquiátricos en recuperación o en recaída, alcohólicos, artistas trabados, parejas resquebrajándose, hombres o mujeres cursando un duelo que no sana, ni va a sanar.

Por esas habitaciones nos paseamos en este, el primer libro de relatos de Donald Antrim. Nacido en Sarasota, Florida, en 1958, publicó hasta el momento: Elect Mr Robinson for a Better World, (1993), Los cien hermanos (1998, finalista del Premio PEN/Faulkner) y El verificador (2000) con la que cierra una trilogía de novelas breves y satíricas. En 1999, The New Yorker lo nombró entre los veinte mejores escritores menores de cuarenta años. Luego, en 2006, viró de género con un libro autobiográfico, The Afterlife: A Memoir. En 2013 obtuvo la Beca MacArthur, por su trabajo en ambos registros, ficción y no ficción. Pese a tales méritos, Antrim es un autor poco conocido en nuestro país. Este sería su primer arribo, con una muy buena traducción local en manos de Matías Battiston, en el marco de la colección dirigida por Federico Falco que viene acercándonos lo mejor de los escritores norteamericanos del último relevo. Antrim pertenece a una generación de narradores que asaltó el escenario literario norteamericano en los años noventa, junto a autores como Chuck Palahniuk y David Foster Wallace entre muchos otros y fue pensado en la órbita de narradores burlones, excéntricos y caóticos como Thomas Pynchon y Kurt Vonnegut.

Los siete relatos de Otro Manhattan aparecieron originalmente en el New Yorker entre 1999 y 2014 y fueron reunidos en un volumen que en su versión en inglés se llamó The Emerald Light in the Air (2014). Los recorre un aire de familia, por el carácter de sus personajes, pero también por la composición de cada cuento. Todas las historias se narran de un modo aparentemente desordenado, empiezan por el final, se retrotraen en el tiempo, avanzan por caminos laterales, vuelven a una escena sin importancia a buscar algo, un dato que permita comprender el estado actual de las cosas. Hay siempre un momento particular que aglutina el sentido y que se ubica generalmente en el inicio; todos sus arranques son muy poderosos y sus finales asordinados, como si no hubiera ninguna posible conclusión que sacar.

El primer cuento es llevado adelante por un bizarro profesor de teatro universitario, mientras ensaya con un grupo de jovencísimos actores una enigmática y pretensiosa versión de Sueño de una noche de verano de Shakespeare. Intercala punzantes comentarios sobre actuación o dramaturgia, con padecimientos sentimentales y desacuerdos con unos confundidos y excitados estudiantes a quienes, aunque por su actitud no lo parezca, lleva más de veinte años. Les dice cosas como: “Se piensan que van a vivir para siempre, chicos? ¿Se piensan que la vida es estar de vacaciones? ¿Se piensan que un día no van a estar más deprimidos? ¡Siempre van a estar deprimidos! ¡Por más sexo que tengan!”. El cuento que le sigue tiene la particularidad de estar protagonizado por un aspirante a poeta que decidió transcribir a cada momento sus emociones y pensamientos en un cuaderno, pero con la jerga del Imagismo norteamericano, por lo que en vez de decir, por ejemplo, “cuaderno de notas”, dice “estanque con barro”.  Además de esos escarceos con la lírica, intenta también convertirse en padre sustituto del hijo de su novia, pero termina pagándole tragos al padre del niño, en un bar de mala muerte, mientras el pequeño se queda dormido sobre la barra.

Todo este clima entre oscuro y divertido, estalla en el cuento que le da nombre a todo el volumen. En "Otro Manhattan" nos encontramos con una historia de matrimonios e infidelidades más o menos compartidas. El protagonista es un hombre que hace poco ha sido dado de alta de un tratamiento psiquiátrico. Esa noche él y su mujer van a cenar con un matrimonio amigo: él ha tenido un affaire con esa mujer, y su esposa, aún lo tiene con su marido. Todo podría parecer muy intenso, dinámico y gracioso, pero el hombre se encuentra bastante aturdido, hace un esfuerzo enorme por mantenerse a flote, con un resultado desesperado. En una búsqueda de complacer a su mujer va a comprarle un ramo de flores inmenso que luego no puede pagar. Tiene un brote en el mismo negocio, mientras su esposa, su amante y el marido de esta, beben sucesivos manhattans e intentan sostenerlo por teléfono. La imagen de él caminando por Nueva York hasta encontrarse con sus amigos, sin detenerse en los semáforos, mientras su gesto poético se torna ridículo, condensa el tono del libro. Las flores rotas, las espinas clavadas en el traje de alta costura, la noche arruinada, el taxi al hospital.

La tristeza y el humor continúan y se profundizan en los cuentos restantes. En el último volvemos a encontrarnos con un personaje masculino en la mediana edad, que nos lleva de la mano por las sucesivas digresiones de su mente. Acaba de separarse, quiere desprenderse de unos objetos de su ex, porque esa noche recibirá a una mujer en su casa. Lo que parecía simple –ir hasta el basurero municipal-- se torna imposible cuando se desate una tormenta y su auto quede varado en un río. Los rayos rebotando en el capot, un porro y una familia pobre a la que va a ayudar, no son suficientes elementos para propiciar la epifanía. Atascado como su auto, mientras el mundo fluye como un río ensanchado por la lluvia.

La prosa de Antrim es elegante, vigorosa y trasunta una sensibilidad profunda sobre las experiencias de la vida en una ciudad que nunca se detiene. Sin embargo, sus personajes naufragan en ese incesante movimiento, en derivas que salen mal. Los gestos entusiastas no alcanzan para traer una esperanza que resulte duradera. Pero todo lo que se narra es de algún modo momentáneo. Los picos de excitación, o las bajadas rotundas. Dejan un resabio amargo y risueño a la vez, porque sabemos que esos dolores, esas emociones, también pasarán.  

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