El pinchazo

—Mire al frente.

Las manos sujetan la jeringa, dan unos golpecitos; dos burbujas adheridas a las paredes suben a la superficie. El dedo empuja apenas el émbolo y el resto del aire abandona la jeringa. La aguja de acero se inclina sobre la piel, demoran solo un instante en ceder las barreras de la epidermis; al mismo tiempo, el dedo empuja de nuevo, el pistón de goma se desliza sobre la superficie graduada mientras el líquido, apenas un poco más espeso que el agua, se infiltra en el centro de la aguja, atravesando el camino de acero y trasportando más que nada agua, y en el agua unos diminutos agregados como pelotas de trapo. Cada pelota de trapo se deshace con la corriente, que la arrastra por un líquido ya no tan claro, ya no tan suave. La pelota se sumerge en una nube roja que la golpea y la desarma. Cada gajo se deshoja en otros más diminutos aún, hasta desarmarse en un agregado de hilos sin color. Sin dar más tiempo, el líquido rojo trae en su cauce una infinitud de minúsculos objetos; algunos de ellos, muy rugosos y más rápidos, se zambullen entre los hilos y comienzan a devorarlos. Los primeros agregados se deshacen en una turbulencia que los atrapa. El líquido que los transporta, ahora, se espesa, unas placas se acumulan a su alrededor deteniendo el flujo, conformando una red de contención. Casi todas las pelotas de trapo, o lo que queda de ellas, son degradas antes de poder escapar de la cavidad muscular a la que arribaron y no logran cumplir ninguna función. Unos pocos hilos, desgajados de la primera pelota, alcanzan a estirar el camino entre las placas de coagulación para que objetos, todavía más diminutos, sigan su trayecto. Son una ráfaga de proyectiles, tres de ellos caen en las fauces de otras enzimas, cuatro quedan apresados en las redes de coagulación y son destripados sin piedad. Uno, apenas uno solo de ellos, es alcanzado por un brazo blanco y gelatinoso de una enorme célula dendrítica que lo atrapa; la pared gelatinosa lo envuelve y lo succiona a su interior.

Dentro de la envoltura gelatinosa, el pequeño objeto es minuciosamente inspeccionado y desarmado; parte por parte, hasta dejar cada fragmento unido a un anclaje. Cuando terminan su función, los fragmentos son separados, en una especie de danza, y surcan el interior de la célula hasta alcanzar de nuevo la superficie. Cada anclaje queda expuesto en la superficie gelatinosa, sujetando un diminuto fragmento retorcido, que había pertenecido, alguna vez, a la partícula extranjera. La célula dendrítica, un monstruo de mil brazos, que antes durmiera desde el momento de su concepción, se estira entre las fibras de músculos y paredes venosas; se hunde hacía el interior más profundo buscando de nuevo un torrente rojo de mucho caudal. Cuando lo encuentra, estira sus brazos, los hunde en las paredes venosas y espera. En la turbulencia de la sangre, millares de glóbulos rojos golpean los anclajes en la superficie de la célula, algunos se desprenden de su carga, otros resisten y se retuercen aún más. Entre los glóbulos rojos se aproxima una célula blanca, esférica; atraída por los brazos de la otra, en su superficie anidan millares de receptores infinitesimales que se acoplan a los anclajes de la otra, inspeccionando, buscando una pareja.

Pero nada sucede, y sigue su camino.

Tres, cuatro, diez, cien células esféricas más se acercan a la superficie gelatinosa de la otra, pero luego la ignoran y siguen su camino. Los anclajes en la superficie gelatinosa, con su carga, comienzan a degradarse; algunos vuelven al interior para ser reciclados, otros simplemente se extinguen, perdiendo su fragmento único. Entre todos ellos, uno logra hacer contacto, al fin, con otra célula esférica, el receptor encuentra algo que encaja y se aferra a él, resistiendo a la corriente que no cesa con cada pulso. Algo se enciende dentro de la célula esférica, una cascada de señales hormiguea en su interior, como una alarma de incendios. La célula esférica se expande, se agita y desde su seno son expulsadas infinidad de minúsculas partículas alteradas. Entonces la célula esférica crece, hasta doblar su tamaño y dividirse, como dos gotas de agua; una vez, y otra y otra y otra. Ahora son tantas células idénticas que es imposible contarlas.

Y todas quedan a la espera, preparadas para su próximo rival.

—Que pase el que sigue.

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