Cuarenta y cinco años, ya se sabe de qué hablamos, “Treinta y nueve metros” se titula un libro de Ernesto Espeche que recomiendo fervorosamente y me inspira para esta columna.

Espeche es mendocino, nació en 1973. Sus padres militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Nadie es arquetípico militante setentista, ellos tal vez lo eran menos. Médicos, católicos practicantes (se casaron en una parroquia). Viajaron a Tucumán para dar apoyo profesional cuando el operativo Independencia masacraba las filas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) durante el gobierno de Isabel Perón. El padre fue asesinado a poco de llegar mientras bajaba del monte. La mamá volvió a Mendoza, fue secuestrada, detenida, sigue desaparecida.

Ernesto, huérfano a los dos años, criado por la familia, armó su vida. Estudió Comunicación, se doctoró, es docente, investigador, periodista, dirigió Radio Nacional Mendoza durante los gobiernos kirchneristas. Militó en HIJOS, en el peronismo de su provincia, Ahora (entre otros menesteres porque el tipo es híper activo y polifacético) es concejal en la ciudad de Mendoza.

En su momento fue a “pincharse el dedo” para posibilitar investigaciones de ADN. Hace poco tiempo, relativamente, antropólogos forenses le contaron que habían dado en Tucumán restos de su padre, el hueso coxis. Oculto, por así decir, en el Pozo de Vargas, una fosa común de 39 metros de profundidad.

“Podés viajar cuando quieras. Ahí te esperan los peritos y el juez que tiene la causa. Ahí te espera tu papá” le dice el antropólogo.

Espeche va hacia allá con pareja e hijos chicos. Enhebra remembranzas, dialoga con seres vivos o fantasea conversaciones con otros que ya no están. Imposible espoilear ese libro tan arbóreo y bien escrito. Ni siquiera aspiro a resumirlo bien.

En un capítulo inolvidable, Ernesto conversa con una compañera de militancia del padre. Estaba con él cuando lo mataron, se exilió después y hasta ahora. Solo conocía su apodo, recién conoció el nombre cuando se identificaron los restos, décadas después. El diálogo con Ernesto, algo así como un reencuentro asombroso, reabre la historia, le agrega un jalón.

Ernesto suma voz y talento a la búsqueda de memoria, verdad y justicia. La lucha continúa ahora mismo, a menudo registra victorias parciales e indubitables. Por eso, año tras año, los 24 de marzo se parecen sin ser idénticos.

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Abreviemos lo re-conocido: la historia comenzó con Madres y Abuelas en soledad o en tremenda minoría. Se concretaron avances que fueron hitos: CONADEP, Juicio a las Juntas. Acontecieron dolorosos retrocesos en democracia: Punto final, Obediencia Debida, indultos, el 2x1 de la Corte Suprema. La resistencia, firme y obstinada, se mantuvo en todo el trayecto.

Las movilizaciones del 24 de marzo cobraron masividad creciente con un salto cuantitativo notable a partir de 1996. A las Viejas se sumaron les HIJOS con sus propias preguntas. vivencias y perspectivas. Ahora les hijes tienen, usualmente, muchos más años que madres y padres desaparecidos.

La construcción colectiva se expresa –sin agotar la lista- en la búsqueda y recuperación de nietos, en los juicios a los represores, en la identificación de restos de compañeres asesinados o desaparecidos. Como Carlos Espeche, el papá de Ernesto.

La creatividad popular se concreta en la ciencia que recupera identidades, en los intersticios del sistema legal cuando pareció que la impunidad ganaba la batalla (juicios por la Verdad, procesos abiertos y seguidos fuera de la Argentina), en cada movilización con consignas clásicas, eternas, nuevas.

El hallazgo en Pozo de Vargas corporiza una historia de vidas (con "s"final). El libro de Espeche abre cabezas, aviva inteligencias, algún día será leído por sus hijos, que conocerán mejor a su viejo y a los abuelos.

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Incurren en reduccionismo, de buena o mala fe, quienes desean cristalizar “todo lo pasó” en el informe de la CONADEP; en el Nunca Más, hasta en el Juicio a las Juntas. Los hechos que repasa “39 metros” trascienden y enriquecen esa narrativa.

La búsqueda en Pozo de Vargas despuntó en 2002. Durante el año siguiente, en uno de sus primeros viajes en tren el entonces presidente Néstor Kirchner hizo detener la formación para acercarse caminando al lugar, dejar unas flores, hacer un silencioso homenaje. Ese gesto preanuncia la reapertura de la ESMA, el relevo de la Corte menemista, la reapertura de los procesos, decidida por los tres poderes del Estado democrático.

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El padre era de izquierda. La madre, Mercedes Vega, provenía de una familia peronista. Cuentan que era bella, preciosas piernas. Que cantaba lindo en los fogones, se lucía interpretando “Zamba de mi esperanza”, A Ernesto le gustan temas de Divididos. Su prosa saluda influencias de las últimas décadas; John Berger, Sandor Marai… se nota que los leyó con provecho.

Puede ejercer el derecho humano de despedir a los restos del papá. La saga familiar se resignifica, Ernesto sabe más sobre sus viejos. Un caso más en que se concreta la, acaso, más notable construcción colectiva de la historia argentina. “39 metros” enriquece la colección de libros y películas, concretados en este siglo, que enriquecen la memoria colectiva.

Desde hace cosa de 25 años las marchas del 24 marzo congregan cuatro generaciones. La de Madres y Abuelas, la de sus hijos (quien les habla por ejemplo), la de los nietos y los bisnietos. Los nacidos después de 1983 hacen mayoría en las Plazas y en las calles. Los que no fueron víctimas, otro tanto. Coral es la evocación, cada año se suman nuevas voces.

Hoy las cuatro generaciones no se amucharán en el espacio público. Las Viejas, siempre defendiendo la vida, ya habían resuelto en 2020 privilegiar el cuidado. Se plantarán 30.000 árboles. Lo harán con distinto espíritu y diversas formas de alegría personas comunes de 90 años o de 5 pongalé, en bella escalerita. Hoy la memoria se pinta de verde. Los abrazos virtuales serán raros aunque tan fuertes como de costumbre.

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