Alberto Ospital, hijo de inmigrantes vascos, al frente de una pyme lechera
“Muchos tamberos siguen entregando la leche porque si se van, no se la pagan”
Hace 41 años que está al frente de una empresa en el barrio de Boedo que fabrica un exquisito dulce de leche. Con él trabajan sus hijos. Por su origen vasco acompaña las actividades de la colectividad vasca, que celebró en estos días sus 140 años de residencia en nuestro país.
Imagen: Bernardino Avila

–¿Cuál es la herencia cultural de la cultura vasca en usted?

–Digo que soy vasco, mi señora habla euskera, representamos a Euskal Herria (el país Vasco), yo soy hijo de vascos y tal es así que me veo reflejado en el trabajo y en la honestidad, cuando tenía nueve años empecé a trabajar. Había un lechero del mismo corralón y yo iba a hacer el reparto con él.

–¿Tenía cierto prestigio emigrar de la tierra europea hacia otros lugares?

–Mi padre se sentía muy cómodo cuando vino a pesar de que no hablaban el idioma, decía que hablaba “la castilla” en vez de castellano, tuvo la mala suerte de morir joven a los 41 años,también era lechero, en invierno luego de una gran lluvia se empapó y se enfermó de los pulmones y en ese tiempo no existía la penicilina. Con mis hermanos nos quedamos a cargo de todo. Aquí la colectividad vasca se estableció en Jujuy, en la provincia de Buenos Aires en Lavallol, Olavarría y en Urdinarrain, en la provincia de Entre Ríos llevando adelante la actividad agrícola, ganadería y pesca y celebraban el 14 de Julio día de Revolución Francesa. Una prima hermana me dijo que ella se sentía francesa, no es como los vascos que sufrieron las consecuencias de la guerra aunque los franceses también estuvieron castigados por la Primera y Segunda Guerra Mundial. Mi padre había ahorrado unos pesos y habló con un hermano que había estado en la Guerra del 14 que había perdido un brazo y se pusieron de acuerdo en irse para Europa, había vendido el local de venta de leche en el centro y se declaró la guerra y fue imposible ir y así seguimos con nuestra actividad aquí.

–Y le tocó presenciar cambios importantes en nuestro país ¿Cómo repercutieron en su vida?

–Siempre fui radical, vivía en el barrio de Caballito, se reunían, no eran tan perseguidos como los comunistas pero cuando se hacían mitines políticos en el Parque Rivadavia, había gente que se dedicaba a tomar la patente de los coches. Me acuerdo que tenía un compañero de pelota paleta que era comunista, un día íbamos caminando por la Avenida Juan Bautista Alberdi y casi en la esquina con Senillosa había una fábrica de cartones y empezó a escribir en una pared: “Así como el cerdo no puede mirar al cielo así tampoco podrán con la causa del comu…” y apareció el auto de la policía…nos salvamos por poco (risas).

–Usted trabajó desde chico en tambos sobre la calle Urquiza. ¿Tenía vacas?

–Había un tambito frente al Hospital Ramos Mejía y tenía cuatro vacas y mi madre ordeñaba las vacas y venía la gente que trabajaba en el hospital a comprarle. La actividad del lechero era con un carro y un caballo y eso hacía mi padre y esa actividad la tuve yo hasta 1960. Traían la leche de la zona de Gral. Rodríguez y llevábamos la leche a domicilio primero, recibíamos la leche en camión luego en tren al mediodía y salíamos a venderla, en verano la guardábamos en cámaras frigoríficas. El lechero tenía una disciplina y en las zonas de casas se manejaban con el horario del lechero, a la mañana bien temprano a la hora del colegio. Las vecinas decían: “Llegó el lechero” y había que saludar, los chicos se ponían el guardapolvos y a salir para el cole. Los primeras empresas fueron la Vascongada y La Martona. Después estaba Santa Brígida, Tandil, Latatai, tenían botellas con boca más ancha con tapa de cartón y más adelante la botella verde con la tapa de aluminio. En el 1960 vino la pasteurización obligatoria y los lecheros de la Sociedad de Cooperativas de Lecheros Unidos teníamos la sede sobre el puente de la Avenida San Martín había una torre alta que decía “Sclu”.

–Usted se enteró ya de grande del padecimiento de los vascos ¿De qué manera?

–Cuando uno de mis hijos tenía diez años, el papá de uno de sus compañeros empezó a hablar en vasco con mi suegro y a raíz de eso comencé a ir a Laurabat en Avenida Belgrano al 1100 y comencé a ir a las fiestas, hace treinta años que estoy yendo a esa institución.

–¿La causa de la Independencia vasca se mantuvo viva en especial en tiempos de Franco?

–Es un país y algún día puede llegar a concretarse ese sueño, lo que pasa es que no lo dejan. El gobierno español en ese entonces lo que hizo fue un concubinato con Mussolini y Hitler, fue una masacre, por eso quedó tanto odio de la gente que quedó allá. En ese tiempo no les dejaban hablar el idioma vasco, los chicos en la escuela aprendían sólo el español y después de la muerte de Franco empezaron a liberar las cosas, ahora nos tienen sometidos pero nos hace mucha falta la independencia. También está el San Fermín que es una fiesta fabulosa, hay que presenciarlo.

–¿Por qué es tan necesaria la Independencia?

–El país vasco le rinde al gobierno español utilidades. Creo que en el poder central están medios resignados, cuando ocurra no se podrá detener. El PBI que tienen los vascos no lo tiene ningún país de Europa la base es la industria metalúrgica, las fábricas de barcos y el turismo por la belleza geográfica de Bilbao, San Sebastián y toda la costa.

  –Cuál es la situación de las pymes partir de las políticas económicas del macrismo.

–Confié en él pero estoy sintiendo las consecuencias, lo que me duele que es el de abajo deja todo acá, los productos alimenticios subieron una barbaridad, yo tenía veinte mil pesos de luz por mes y ahora pago ochenta mil. Lo mío es una pyme sólida porque se maneja en familia, compramos una caldera que gasta diez mil kilos de leña por día en la fábrica de Lobos, la fábrica la compramos hace 41 años. El fabricante recibe la leche del tambero y le paga a los treinta, sesenta días.  Cuando compramos la fábrica nos costaba mucho trabajo conseguir la leche y había un compañero de mi mujer que era tambero que la gente lo reconocía como un líder. Se me ocurrió visitar al que tenía el monopolio de la leche, fui a ver a los tamberos con este muchacho y así empezó a funcionar la fábrica.

  –Cerraron centenares de tambos en estos quince meses ¿cómo repercute en su nivel de actividad?

–Así no es redituable, el tambero cobraba 2.50 o 2.80 el litro de leche en un año subió el cien por ciento la leche y para el público, una vez que cerraste el tambo no podés recuperarlo más, si tuviste que vender las vacas olvidate, muchos tamberos siguen entregando la leche porque todavía les deben dinero y si se van no se las pagan. En estos momentos no se cuida la industria veo que a colegas míos que no le va bien. En nuestra pyme la parte contable la manejan mis dos hijos y dos personas más, sueldos muy grandes no hay. El gobierno se equivoca si no le da más a la gente. Si no paran la subida de precios va a ocurrir lo mismo que en el 2001.

–¿Cómo le afectó en ese momento de colapso económico y político?

—-Tuve una reunión de acreedores. Se vendía pero se pagaba a los 90 días y yo también hacía cheques a tres meses, llegó un momento que cayó todo. Un abogado amigo me dijo: “Presentate que no te van a pedir la quiebra, tantos años que no tuviste problemas con nadie” y en cinco años pagamos todas las deudas, se hizo la fábrica de dulces a nuevo, a este tipo de fábrica no se le ocurre a nadie ponerla.

–Usted trabaja desde muy chico está acostumbrado al esfuerzo.

–Yo salía una hora y media antes del colegio para ayudar a mi hermano en Caballito y los profesores me dejaban salir porque tenía que trabajar, yo hacía reparto con mi hermano hasta las siete de la mañana, me ponía el guardapolvos e iba al colegio. Los vascos se reunían por costumbre con colegas y me acuerdo que a las siete y media de la mañana en Valle y Doblas se juntaban tres o cuatro lecheros, el caballo estaba solo parado ahí, los lecheros se paraban a tomar la copa. Cuando mi padre se enfermó la copa la tomábamos nosotros y me tomaba café y grapa “Valle Viejo” de 53 grados, me iba a casa me ponía el uniforme blanco y al colegio. El maestro en sexto grado me escribió una nota :”Así como buen alumno Alberto Ospital, con los mayores deseos que triunfe en la vida y con los mejores deseos de que le ponga menos agua a la leche” la tengo en el cuadernillo. Cuando se inauguró el monumento a Simón Bolívar en el Parque Rivadavia fuimos con los compañeros del colegio en el año 1941. La zona era tranquila se podía cruzar Rosario desde el Parque hasta la vereda, no había tanto tránsito.

En la calle Rosario había una pileta circular con patos y no se los comía nadie. Y sobre la calle Doblas había un puente y debajo un lago con cisnes y nadie tocaba nada, el vigilante de la esquina era siempre el mismo con horario de seis horas. Me acuerdo que después de hacer el reparto de leche jugábamos a la pelota en la cuadra, no había vehículos, había carros y Avenida la Plata desde Rivadavia hasta Asamblea tenía una glorieta en el centro, había una plazoleta ancha toda con palmeras era una hermosura.

–¿Pasaban los tranvías?

–El tranvía 27.También pasaba el 84 acá sobre la calle Venezuela que después se tapó la vía con el pavimento que era de empedrado. La vía era alta y uno iba con el carro del lechero y tenía que empujar para pasar los rieles. Antes de trabajar con mi padre aprendí el oficio con un lechero que se llamaba Felipe pero mi padre trabajaba desde La Plata hasta Carabobo y yo soy socio vitalicio de San Lorenzo número 951 (muestra el carnet) y ya hay más de setenta mil. El padre de mi esposa y mi padre eran de un pueblo vasco uno de la parte de España y el otro de Francia, los dos lecheros y vinieron acá y en el año 1951, cuando muere Evita nos vienen a visitar Nora Beatriz (que ahora después fue mi mujer) y un hermano porque se habían enteradio que mi papá había fallecido. Fuimos en tren a Lobos a la fábrica donde ellos trabajaban, los vascos no pedimos la mano pero allí empezó el noviazgo. Que los hijos hayan estudiado es “culpa” de ella.

–¿Cuando llega al país vasco que siente usted?

–Con los años que tengo ya hice cuatro viajes y me siento muy identificado con lo vasco, de estar en la casa de ellos, de mis padres, son casas de trescientos años. Y la primera vez que fui recuerdo haberme acostado en la cama de mi abuela que no la conocí pero es parte de mi vida. El hecho de que mis padres vinieran a la Argentina en 1928 fue un hecho de valentía, no eran tan fácil como hacerlo ahora.

–¿Lo imaginaba distinto el lugar, le contaban anécdotas de sus padres vecinos o familiares que los habían conocido?

–No, lo imaginaba tal cual, me fui interiorizando por hablar con gente amiga. Mis abuelos trabajaban en el campo, se dedicaban a la crianza de ovejas, producían quesos, y con el tiempo llegué a hacer lo mismo acá, por parte de la familia de mi madre tienen una producción muy importante de crianza de cerdos. Me quedé maravillado de la forma intensiva en que trabajan. Ellos los alimentan con suero de leche y otros derivados que le ponen y tienen a todos los animales puestos en corrales, siempre queda un corral libre y ahí se coloca la primera tanda, después se hace limpieza del segundo y así la vuelta completa y van rotando.

–¿Cuando habló con la gente del tema de la lucha por la causa de la Independencia aún seguía vigente?

–Fui por primera vez en el año 1990 y en la parte de España sí y en Iparralde que es el sur de Francia no tanto, en la parte de España la gente aún está dolida por la actitud del franquismo y lo que ocurrió en la guerra civil, la gente quedó muy golpeada, pero la lucha callejera fue muy fuerte, comenzó antes del 36 cuando se comenzó a reprimir. Habían prohibido hablar en euskera, era una lucha muy reservada y a la vez activa antes de morir Franco, Carrero Blanco (N de la R: Ministro de Interior) voló por los aires. El problema de los vascos es que cuando le quitaron los fueros en 1850, se sintieron tocados porque fue un acuerdo entre España, Francia y otras monarquías. Siempre fue sometido. al pueblo vasco no lo dejan levantar cabeza, no les conviene y nunca reconocieron la actitud del Estado durante la guerra civil, la masacre de Guernica y otras tantas cosas, no reconocieron el daño que hicieron. Otros países se metieron y pidieron perdón como Italia y Alemania pero ellos no lo quieren reconocer y eso es lo que más da bronca. Los vascos que viven aquí la mayoría vinieron a causa de la guerra civil siempre que nos reunimos pedimos por la independencia del país vasco, allá los tienen medio sometidos, hace unos años quitaron en San Fermín el chupinazo y la bandera vasca. Allá se canta un tema de los milicianos cuando bajaban de la montaña e iban al frente a luchar, acá lo cantamos en las clases de euskera: “Salimos al Frente en la lucha contra el nazismo” (intenta recordar) era una lucha cuerpo a cuerpo, eran sangrientas y las secuelas la siente más el vasco español.

–El trabajo a usted le ocupaba todo el día y su mujer estimuló el estudio en sus hijos.

–El éxito de mis hijos es gracias a mi mujer, ella los estimuló en el estudio porque yo trabajaba todo el día, en esos años me levantaba a las seis de la mañana y ella los llevaba a la escuela pero como no los disfruté de chicos los disfruto de grandes porque están todos trabajando conmigo.